El silencio de los justos Capítulo III #2
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Capítulo III #2

Sándor ya no lo miraba. Los ojos estaban fijos en su sobretodo, que, debido al frío de enero y a la familiaridad que aún los unía, no se había quitado al entrar. Aunque carecía de las insignias cuyo rango anterior le había obligado a portar, el corte y la calidad aún desvelaban su origen militar.

—Ayudaste a mi hermano a emigrar al Mandato.

Ahora quieres ayudarme a mí al conseguirme una exención —repuso.

La gracilidad de la sala de armas que una vez caracterizó sus movimientos había sido reemplazada por una alerta casi animal que lo empujó a bajar la voz—.

Al otro lado de la frontera hay familias como la nuestra que están siendo deportadas por los mismos aliados que abandonaron a tu ejército en la nieve de Rusia.

Ádám apretó los labios, hierático. Se aproximaba a la conversación que Sándor quería iniciar, como habría hecho ante un combate de esgrima.

Su talento para ese deporte noble era relativo, quedaba confinado a cuanto le habían enseñado en la academia de oficiales, pero a fuerza de haberse criado con Erika y con Tibor era capaz de interpretar los elementos que lo caracterizaban.

Cada palabra de Sándor parecía calculada, estratégica, y formaba parte de una maniobra mucho mayor.

—¿Cómo quieres que acepte que me salves mientras en Eslovaquia deportan a chicos como yo? —insistía—. Familias enteras. ¡Niños! ¿Valen menos sus vidas porque no son húngaros? ¿Porque no tienen una amistad como la que te une a mi hermano?

Ádám tomó aire. Ante el efecto de los analgésicos que se disipaba, notaba su propio cuerpo y las prendas que lo cubrían como algo muy pesado de lo que le habría gustado poder deshacerse.

—¿Qué me quieres pedir, Sándor?

—Dijiste que, en la retaguardia, intentaste mejorar la situación de los trabajadores forzados.

—No quiero hablar de ello, y mucho menos contigo, pero sí.

—Ahora vienes para protegerme no solo a mí, sino también a otros cinco muchachos que yo crea convenientes.

—¿Qué quieres?

Sándor apartó las dos tazas, cuyos contenidos ya se templaban, de modo que las distancias entre ambos se redujesen aún más. Con esa aproximación, Ádám casi podía encontrar, en aquel rostro crispado y prematuramente envejecido, al muchacho que conocía.

—¿Recuerdas a los refugiados polacos que mi hermano y tú ayudabais a meter en el país, antes de la guerra?

Las pupilas, febriles debido al apasionado discurso, estaban fijas en Ádám. Una conversación silenciosa, digna de unos nuevos camaradas que tenían mucho que esconder y más aún que callar.

—¿En qué andas metido?

—Estamos ayudando a judíos eslovacos a cruzar la frontera.

—¿Quiénes?

— Jalutzim , la resistencia judía.

Ádám ladeó la cabeza.

—Los sionistas que mentaste antes, imagino.

—¿Es que eso importa, cuando están masacrando a nuestro pueblo en el país de al lado?

—Chascó la lengua—. Mira, Ádám, aquí la mayoría se obliga a creer que lo que está pasando en el resto de Europa no nos va a suceder a nosotros.

Los jalutzim somos de otra opinión, y tú la compartes, por lo que veo.

Para concederse más tiempo antes de responder, Ádám se sacó la pitillera del bolsillo. Sándor interrumpió sus gestos, vagos y lentos debido a las lesiones en el Don, al prenderle el nuevo cigarrillo que tenía entre los dientes.

—No nos está siendo fácil —le explicaba—. Los papeles falsos ya se cobran a sesenta pengős, y no contamos con la ayuda que los británicos os ofrecían a vosotros. La situación es desesperada. Los alemanes están más nerviosos que nunca y el tipo de permisos que hacen falta para salir del país…

—Necesitáis salvoconductos —lo cortó Ádám—. Mi padre cruza la frontera a menudo, sobre todo desde que los alemanes están metiendo la zarpa en la industria húngara. Es un suicidio.

Sándor le tomó la mano, un acercamiento poco común entre hombres de su clase, pero la severidad de la conversación lo permitía.

—No para un hombre como tú. Un veterano condecorado del Don viajaría en primera clase, donde los controles son más laxos.

Con tu uniforme y tus heridas… nadie se atrevería a dudar de ti.

Serías el caballo de Troya perfecto. No puedo aceptar la ayuda que me ofreces si no tengo la conciencia tranquila.

He de saber que he hecho todo lo posible para…

Ádám le mostró la palma en un movimiento impaciente, casi colérico, y le impidió continuar.

Sus ojos estaban volcados de nuevo en las fotografías del aparador: el retrato de la graduación, tan próximo al recuerdo de Jonatán que guardaba, y la tira de fotomatón que le mostraba ese nuevo rostro que todavía no había tenido la oportunidad de observar de cerca.

—¿Qué clase de favor crees que le haces a tu hermano, al ponerte en peligro de esta manera? Le prometí que velaría por tu seguridad.

—Eso fue hace años. Ahora él está en el Mandato, eligió la tienda de campaña, la mujer y la comuna.

Si su nueva vida se le hace demasiado dura, puede volver a Haifa con los tíos y, cuando acabe la guerra, regresar a casa a ver cuánto ha sobrevivido del mundo que dejó atrás.

Yo estoy atrapado aquí, la exención que me ofreces puede salvarme la vida, pero no va a arrancarme ni de la situación en la que vivo ni de la angustia que siento al conocer el destino que le depara a mi pueblo.

No me pidas que piense en Jonatán y me sienta culpable de mis decisiones.

Quizá él se arrepienta de las suyas, pero yo no de las mías.

Ádám apartó el puño.

—Comprendo tu enfado, pero te equivocas de hombre.

Tu hermano no eligió emigrar, yo lo convencí.

Debí haber hecho más para conseguir papeles para ti también, pero eso ya no puedo cambiarlo.

Te ayudaré en lo que necesites y, a cambio, tú aceptarás el contrato de trabajo que te ofrezco.

Volveré mañana con el papeleo y los permisos pertinentes; tú me entregarás entonces esos cinco nombres que te pido.

Sobre lo demás…, veremos en qué os puedo ser útil.