Capítulo III
III
A los veintiún años, las similitudes físicas entre Sándor Rozenfeld y su hermano mayor se apreciaban, sobre todo, en la penumbra.
La nariz de puente griego, espolvoreada de unas pecas que parecían bailar con el movimiento.
Los ojos grandes, redondeados, que solo se sesgaban al tratar de reprimir una carcajada.
Los labios gruesos que apenas lograban contener la enormidad de su sonrisa.
Ante la ausencia de luz, los mechones castaños de Sándor casi desaparecían; si fijaba la vista en los lugares correctos, a Ádám le daba la impresión de estar de nuevo, después de tantos años, ante su mejor amigo.
Él, cuya vida valía tan poco, se había pasado las dos jornadas anteriores poniendo sus asuntos en orden.
Enseguida había asumido la gerencia de la fábrica.
Con la misma resolución se había sentado delante de su padre para hablarle de tú a tú de lo que había visto en Vorónezh, primero, y de lo que se proponía hacer con la vida que le había sido devuelta, después.
Para poner las cartas sobre la mesa, y que la verdadera razón de ser de aquella cita saliese a la luz, Ádám encendió la radio sin previo permiso de su anfitrión.
Haciendo caso omiso de los dolores que lo agarrotaban, subió el volumen.
Debido al frío, tanto las ventanas como la puerta acristalada que conducía al balcón estaban cerradas; solo los jilgueros, en sus jaulas de pie, podían oírlos.
—Los trabajos forzados son, para muchos, una sentencia de muerte —prosiguió—. No hace falta que te lo diga y tampoco cuánto lamento la muerte de tu padre. Era un hombre bueno, honrado, y merecía más dignidad de la que supo darle este país.
Sándor se volvió hacia la ventana. La luz dorada del atardecer, que entraba a chorretones desde la plaza, le iluminaba el perfil.
—Gracias. Mira, sé que quieres mucho a Jonatán.
Mi madre, en particular, te agradece el capote que le echaste en su día.
—Silbó a uno de los pájaros, que se adormilaba y, sin volverse, continuó—: Ahora mismo, solo nos permiten enviar y recibir cartas de veinticinco líneas por medio de la Cruz Roja.
La misiva tuya que me dio Erika para mi hermano…
, bueno, conozco a algunas personas que pueden establecer contacto con el Mandato por otros medios, si es muy importante para ti.
Ádám lo señaló con la punta de su cigarrillo.
—Sionistas.
—Tienen sus trucos para hacer llegar la correspondencia.
—No te preocupes por la carta. No era nada urgente, solo… me angustia pensar que pueda estar preocupado por mí. Si en una de esas veinticinco líneas podéis mencionar mi estado de salud…
—Claro. —Se llevó la taza a los labios—.
No te prometo gran cosa. Incluso a través de la Cruz Roja nos está costando mucho recibir noticias suyas.
Nuestros tíos dicen que está bien, pero…
la vida en el kibutz es distinta. Es dura.
La mayor parte del día no tienen electricidad. Ni siquiera disponen de baño propio.
Ádám alzó las cejas.
—¿Tu hermano se las apaña sin baño? Me sorprende en él, que se atrincheraba en el nuestro del internado.
Una vez tuve que ir a una cita con la ropa de deporte porque el muy canalla no salía.
Estamos hablando de un hombre que tiene mesa fija en al menos tres cafeterías distintas de la ciudad y que manda todas sus camisas a la tintorería.
—Entonces supongo que ha cambiado las copas y los manuales de lingüística por la hoz y la caña de pescar.
Salió de las revoluciones de cafetería para ir derechito a la comuna socialista.
—Se echó hacia atrás en la silla, como azotado por la ironía de sus circunstancias—.
Ya ves que, para catar la vida del obrero, no le habría hecho falta irse muy lejos.
Ádám desvió la mirada. No lo guiaba la vergüenza, sino una rabia que no sabía cómo canalizar.
Jamás le habría permitido a otro hombre hablar de Jonatán con el desdén y casi la burla de los que Sándor hacía gala; en esa ocasión, sin embargo, debía conceder que quizá la suya era la mano ejecutora de aquella ruptura.
El pánico por conservar la vida de su amigo, mientras su propio tiempo se agotaba, lo había empujado a organizar su escape sin preocuparse por el hermano que dejaba atrás.
Para eludir la culpa, señaló con un gesto la tira de fotomatón que alguien (con toda probabilidad, la señora Rozenfeld) había colocado sobre el retrato de graduación de Jonatán.
—¿Esa es la mujer?
—Sí.
Ádám hizo el amago de tomar la instantánea.
—¿Puedo?
—Por favor.
Sándor se la entregó en mano. Nada especial destacaba en ella; podría ser de una de sus muchas noches de borrachera, tras haber escogido a la joven favorita del local (Ádám, con entusiasmo; Jonatán, tras un momento de deliberación).
El aspecto de su mejor amigo no distaba del que presentaba en el último retrato que le había mandado: la tez bronceada, que contrastaba con el brillo níveo de los prominentes dientes; el cabello rizado, aclarado por el sol.
La mujer sentada sobre sus muslos era portadora de cierta belleza anodina y salvaje, tenía una melena negra, ondulada, que enmarcaba como una nube oscura el rostro alargado y cuajado de pecas.
La suya era una cara que llamaba la atención no por la sensualidad que desprendía, sino por la dureza inusual de los rasgos.
Al estudiarla, lo invadió un sentimiento pegajoso, lacerante e inútil.
La vida de Jonatán, que había protegido con tanto recelo, continuaba sin él y por derroteros que jamás habría sospechado.
Lo conocía íntimamente, hasta la médula.
En Budapest, podía adelantarse a sus frases e incluso habría sido capaz de distinguir su presencia en una multitud a oscuras.
Estaban hechos de una misma materia, que ahora le resultaba intraducible.
—Nunca me habría imaginado que llegaría el día en que viese a tu hermano con una alianza en el dedo —repuso mientras le devolvía la instantánea a Sándor.
—Bueno, ya te imaginarás el tipo de boda que habrá tenido. —Estrechó los ojos—. Vive en una tienda de campaña y esto es lo más parecido que tenemos a un retrato de boda.
—Tu hermano vive en una tienda de campaña —repitió Ádám—. Tu hermano, que tenía problemas con el brasero de nuestra villa en el campo y que se aburría de las chicas antes de la tercera cita, está casado y vive en una tienda de campaña.
Sándor afiló los labios.
—Todos hemos cambiado. Tres años es mucho tiempo.
—Sí —concedió Ádám—. Una cantidad de tiempo horrorosa. Bueno, me consuelo con saber que está a salvo, pese a todo, y que tú ahora también lo estarás.
Enlazó aquella promesa con el empujón que le propinó al folio en blanco.
—Quiero que escribas los nombres y las direcciones de cinco muchachos que estén próximos a recibir una citación como tú —le dijo—.
Ya tenemos a los alemanes pisándonos los talones.
Mi padre se ha visto en la obligación de presentarles sus respetos, y su cartera, con más frecuencia de lo que le gustaría, solo para mantener en plantilla a los judíos que ya trabajan para nosotros.
De momento, os podemos meter a cinco o seis de aprendices.
Después, ya veremos. Debemos ir con pies de plomo para no poner en riesgo a nadie.
Sándor dejó a un lado la fotografía y sostuvo la hoja entre dos dedos.
La estudió con cuidado, como si pudiese leer significados ocultos al ojo humano en los bordes, en los distintos tonos de blanco que la conformaban.
La mano que tenía libre, aún enrojecida por haber agarrado la taza de achicoria, tembló.
—Me estás pidiendo que elija entre mis amigos, entre mis vecinos… ¿Qué soy, Dios, para decidir a quién mandarán a trabajos forzados y quién gozará de libertad?
Ádám se pasó una mano por el pelo, que le quedó húmedo de sudor.
—Escribe…, escribe los nombres de los muchachos con los que estés más unido. O los de aquellos que no tengan otros medios para alejarse de su destino.
Sándor dejó caer la pluma sobre el papel. El instante de duda se materializó en una mancha de tinta que se extendía como un tumor.
—¿Lo haces porque te importamos los judíos? —inquirió—. ¿O por tu amistad con Jonatán?
—Lo hago porque no quiero que acabes desactivando minas en Ucrania o algo peor.
Sé cómo es. Intenté mejorar la situación de los trabajadores forzados en la retaguardia, me creas o no.
Ahora…, estas son las herramientas de que dispongo —resopló—.
Y, sí, es por tu hermano. Y por ti, Tibor te apreciaba.
¿Cómo iba a permitir que a su amigo lo enviasen al frente en el que él murió, pero sin armas y sin ropa adecuada para el invierno?
Sándor alzó la barbilla. Los ojos, acuosos y enrojecidos, jamás le habían brillado tan melosos.
—Lo que viste en Vorónezh te perturbó más porque te hizo pensar en Jonatán y en mí.
Ahora quieres que escriba los nombres de cinco amigos para que puedas librarlos de los trabajos forzados.
¿Pero quién va a luchar por los que no tienen a nadie?
¿Quién va a escribir sus nombres? —Apartó la hoja de un manotazo—.
Sé que crees que el batallón disciplinario es una sentencia de muerte.
Ádám se acercó más a él.
—No lo creo, lo sé. Lo he visto.
—Y, aun así, los húngaros tenemos suerte. Al otro lado de la frontera se están llevando a los judíos a lagers alemanes. Sé lo que está pasando. —Arqueó las comisuras—. Yo también tengo mis trucos.
Ádám suspiró.
—No hay ninguna garantía de que eso no vaya a pasar aquí también.
Por eso mismo, deja que te ayude. Quiero extender la protección que ofrece la fábrica al mayor número de personas posible, pero debemos ser inteligentes.
Los alemanes no pueden sospechar. Me doy cuenta de que la posición en la que te estoy poniendo es injusta, si pudiese elegir por ti, lo haría.