Capítulo II
II
—Este es el recorrido de la bala, ¿ves? —le explicaba Erika, y con el dedo trazaba un camino invisible sobre la radiografía que alzaba contra la ventana—. Un pequeño milagro, incluso para un ateo como tú. Un milímetro de diferencia y las secuelas podrían haber resultado desastrosas.
A Ádám su propio cráneo se le presentaba como un recipiente abombado en el que flotaba, cual cuerpo celestial, una única bala con forma de lágrima.
—Pues mira qué recuerdo me he traído de Rusia. Al parecer, no interesaba entregármelo en mano.
Su hermana sacudió la cabeza. Tras haber solicitado no recibir visitas, él la había hecho llamar a primera hora de la mañana, aludiendo a los dolores que no remitían.
Los asuntos que quería tratar con ella requerían intimidad.
Cuando partió al frente, ella apenas salía de la adolescencia, sin embargo, a los veintidós años ya cumplidos, se había convertido para él en el primer punto de contacto con el viejo grupo de los martes.
—Habría supuesto un riesgo injustificable —le explicaba ella—.
Teniendo en cuenta que no hay peligro de infección…
, retirarte la bala habría sido homicida y estúpido.
Habría podido producirte una hemorragia y dejarte secuelas irreversibles.
Podrías haber perdido el habla por completo, la movilidad o la vida entera. El cerebro es un órgano delicado.
Ádám le sonrió.
—Eso me han dicho. Tampoco creo que a mí me hubiese gustado tenerla en mis manos. ¿Te imaginas descubrir que el plomo que creías enemigo pertenecía en realidad a una bala húngara?
Con esa pregunta, el rostro de Erika, de líneas suaves, se tornó serio. Ádám no quiso torturarla con la incertidumbre.
—Mis recuerdos de ese día son borrosos, así que podrían formar parte de una pesadilla febril.
Si las imágenes que conservo son ciertas…
, desobedecí las órdenes del comandante Jány y organicé a mis hombres para la retirada.
La batalla estaba perdida independientemente de nuestros esfuerzos, pero sus vidas aún podían conservarse.
Entonces recibí el disparo. No sé si fue un soldado de ideas exaltadas o un superior que siguió las directrices del comandante de castigar con la vida los intentos de repliegue.
No importa. Ese hombre o está muerto o se arrepintió lo suficiente para asegurarse de que me evacuasen a casa cuando la mayoría de los oficiales en mi situación perecieron en hospitales de campaña o en el propio campo de batalla.
—Suspiró—. Te agradezco la radiografía, pero no te he pedido que vinieras como mi enfermera.
—¿Qué? ¿Quieres regañarme? Sé que antes de partir me encomendaste que destrozase mi reputación, pero entre el hospital y las clases de esgrima lo mejor que puedo hacer es asistir a las veladas de literatas del Café Centrál y darle coba al teniente primero Messik.
La mirada de Ádám se enterneció.
—Tranquila, mujer, que no te reprocho nada.
Mira, he aprovechado este año que he estado convaleciente para pensar.
Si estoy aquí, no quiero que sea en vano.
—Pese a las jaquecas, le subió el volumen a la radio, que emitía el habitual concierto de música clásica—.
Llevo mucho tiempo fuera. Cuéntame…, cuéntame todo lo que ha pasado en mi ausencia.
Un arqueamiento de ceja como punto y aparte. Los ojos sesgados de Erika se posaron, durante un instante brevísimo, en la puerta cerrada de la habitación.
—¿Por dónde quieres que empiece? —inquirió en voz muy baja.
—Por el principio. ¿Y los compañeros del grupo de los martes? ¿Y el Comité de Refugiados?
—Sobreviviendo, como pueden.
Comenzó, pues, por el principio, por la reducción de las actividades del grupo de salvación de polacos tras la muerte de Klára y la declaración de la guerra a Gran Bretaña.
En la cuerda floja en la que se sostenía Hungría, los viajes a la frontera se espaciaron cada vez más en el tiempo hasta casi desaparecer.
En 1944, las responsabilidades de la organización se centraban sobre todo en amparar a los refugiados que llevaban años en el país.
—Las mujeres somos las que más nos estamos involucrando —afirmó—.
¿Quién sospecharía de la caridad de las aristócratas?
Las fiestas que organizo, por ejemplo. Con una mano recaudo fondos para las tropas y, con la otra, para mantener a flote los hospitales polacos.
Éva Bársony, la prima política de madre, también se está significando mucho.
Las noticias del grupo de los martes no resultaban alentadoras. Erika le habló del exilio: el literal, físico, y el figurado de aquellos intelectuales que habían optado por esconderse en cuanto su ideología les valió una citación para realizar trabajos forzados.
—Tu amigo Iván Boldizsár sobrevivió al Don y al tifus que contrajo allí, pero no te imaginas cómo vive —prosiguió—.
Dudo que nadie, ni siquiera él, pueda describirte como afortunado por tus lesiones, pero por deferencia a ellas te han concedido la baja con honores.
Él, al ingresar en el hospital de Esztergom…
[5] tenía miedo de que lo mandasen de vuelta al frente en cuanto se recuperase, de modo que huyó.
Ahora anda medio escondido, asustado hasta de su sombra, contando los días para el armisticio…
Ádám resopló.
—Ojalá pudiese ayudarlo. Si todavía tuviese influencia en el ejército, lo haría. Es un buen amigo, agradecí poder conversar con él cuando estuve en la retaguardia. ¿Estás en contacto?
Erika bajó la cabeza.
—No. Todo lo que sé es por Pál Széchenyi y János Messik.
—Dos amistades que atesorar, entonces. Por lo que veo, no solo has heredado los vicios de Klára, también las virtudes.
Erika tomó aire. Con el mismo esfuerzo se repantigó en la silla, cualquier recuerdo de la clase a la que pertenecían y de la educación que recibieron quedó olvidado en pos de la intimidad que los envolvía.
—Hay una librería francesa en la calle Váci —dijo ella—. No muy lejos de la talabartería donde trabaja Sándor Rozenfeld, de hecho. Es un buen sitio para retomar el contacto con los amigos de Klára.
—Lo tendré en cuenta. ¿Fuiste ayer a hacer el encargo que te pedí, entonces?
—Sí. Se niega a cobrarte más de lo que le cobraría a cualquier otro cliente. Le insistí en que se lo pensase y escribiese la cifra que creyese conveniente, pero la idea casi lo ofendió.
—No sé por qué no me sorprende. Mira, a Sándor lo quiero como a un hermano.
Me recuerda a Jonatán a su edad. Cree en las personas, es afable y templado en unos años en los que serlo es la peor condena de todas, y tiene tanta fe en el mundo que no es capaz de ver los peligros que se ciernen sobre nosotros y sobre su pueblo.
—Eso último podría describir a cualquiera. De todas maneras, Sándor ha cambiado mucho desde que te fuiste.
Una arruga se dibujó en la frente de Ádám, que, debido a la medicación, se perlaba de sudor.
—¿Qué quieres decir?
—No creo que conserve esa fe en el mundo, lo cual, por otro lado, es perfectamente comprensible. Su padre no regresó del frente.
—No lo sabía. ¿Cuándo ocurrió?
—Más o menos por las mismas fechas en las que te hirieron —repuso ella, con la cabeza también gacha, como si se avergonzase de un crimen que le era ajeno—. Por eso no te lo comunicamos.
—¿Un accidente?
—Eso decía en el informe militar.
—Un accidente mientras cumplía con sus deberes en el batallón disciplinario —precisó él y, sin dar oportunidad a una respuesta, se llevó la mano a los ojos—.
En fin, quizá es mejor que no lo haya sabido.
Le habría escrito unas líneas al respecto a Jonatán, y a mí, de estar en su lugar, no me habría apetecido leerlas.
Me imagino que Sándor piensa, correctamente, que el accidente no fue tal.
—Esa es la impresión que me dio, sí. ¿No se equivoca, entonces? ¿Los batallones disciplinarios…?
—No quiero hablar de lo que vi —la interrumpió Ádám—. Pero no, no se equivoca. ¿Te acuerdas de tu antiguo instructor de esgrima?
Erika contuvo la respiración.
—Sí, por supuesto. Lo… mandaron a trabajos forzados al empezar la guerra.
—Coincidí con él en Vorónezh, en la retaguardia.
—Ádám contrajo el gesto—. El trato que recibía un hombre de su categoría, un campeón olímpico…
, ni te imaginas el tipo de abusos y torturas que sufrían los demás judíos.
—Sacudió la cabeza, como si quisiese borrar físicamente los recuerdos que lo acechaban—.
Es por eso por lo que quiero ofrecerle a Sándor un contrato de trabajo en la fábrica.
El coque es un material indispensable para la industria militar.
Con esa exención, no podrán llamarlo a filas.
La situación de los judíos en el frente es de bárbaros.
Alguien tiene que hacer algo para ayudarlos.
Los hombros de Erika cayeron con el peso combinado de la camaradería y la comprensión.
—Estoy de acuerdo, pero que sepas que padre y tú no seréis los únicos en hacer algo.
No te lo vas a creer, pero… he mantenido una conversación muy larga con padre al respecto, ya sabes cómo es, necesita un segundo al mando.
Tras la muerte de Tibor y con tu convalecencia…
, hablamos mucho, y de tú a tú. Madre está que trina, dice que me trata como si fuese otro hijo varón.
—Nada ha cambiado. Siempre fuiste la favorita de padre. —Forzó una sonrisa triste—. ¿Recuerdas cómo te llamábamos Tibor y yo? «La Generala». Si hubieses sido un chico, habrías alcanzado el rango de capitán antes que yo.
—Eso no importa —resopló—. En fin, me ha contado, con la mayor confidencialidad, que la embajada española está al tanto del trato que reciben los judíos en Europa y envía religiosamente informes a Madrid quejándose de la situación.
Ádám emitió un sonidito explosivo por la nariz.
—¿La embajada española?, pero si será un nido de fascistas.
—No creas. El secretario de segunda es un buen tipo; congenio más con su mujer, claro, pero él es agradable. Su superior y padre se llevan bastante bien, por lo que sé, es el que está haciendo más presión sobre el ministerio y el que informa a Madrid de las leyes antijudías que se han promulgado.
Ádám separó los labios para decir algo, pero ella fue más rápida.
—A Madrid le conviene alejarse de los alemanes, sobre todo ahora que España es neutral y el Eje está perdiendo la guerra. Mira, cuando te den el alta puedo organizar una fiesta de bienvenida. Será la excusa perfecta para que hables con los dos.
Una única arruga se dibujó en la frente de Ádám.
—Confío en tu juicio, pero no sé. Se habrán pasado a la neutralidad, pero los españoles desplegaron tropas voluntarias en el frente del Este.
Combatían en la Wehrmacht, con sus uniformes y sus armas, mientras nosotros nos congelábamos de frío en Vorónezh con harapos y los cacharros que usaban nuestros viejos en la Gran Guerra.
—Soy consciente de ello. A mí tampoco me gustan sus políticas, pero de todas las embajadas neutrales, la española es quizá la que más respeta nuestro país. Y ya sabes que no están las cosas para rechazar manos tendidas.