Capítulo I
I
En la estación de trenes de Hendaya, Ángel Sanz Briz se aferró a su esposa no para ahuyentar el frío de finales de enero, sino para que su piel, las yemas de sus dedos y hasta sus costillas memorizasen el tacto exacto del cuerpo amado.
La abrazó con la intensidad de los acercamientos en su noche de bodas o del primer encuentro en aquella fiesta, tras la guerra de España, en la que él quedó prendado de ella.
Desde que habían contraído matrimonio no se habían separado. Su destino en Budapest, como secretario de segunda en la embajada, les había servido de luna de miel.
Mientras se apartaba, sin un ápice de vergüenza ante el público inesperado, ni por la presencia de su suegro, le dio un beso en la mejilla a la niña de meses que Adela sostenía en brazos.
—Cómo te voy a echar de menos, Ángel —susurró la mujer con la voz abotargada por el cansancio y el luto prematuro por esa separación—. ¿Qué voy a hacer yo sin ti?
El joven diplomático sacudió la cabeza. Con el pañuelo, que tomó del bolsillo de su chaleco, le secó las lágrimas.
—Más bien dirás que qué voy a hacer yo sin vosotras. Y más en aquella casa tan grande, que se me va a caer encima.
Los rizos de Adela, del color del carbón, cortados a la altura de la mandíbula, aportaban cierta severidad a su rostro ovalado, elegante, de mejillas redondeadas y ojos dulces, de cervatillo, bajo unas cejas finas de estrella de cine.
Ella se había fijado en aquel hombre alto, de porte atlético, nada más verlo entrar en el salón de fiestas; sin embargo, como suele ocurrir, había sido él quien se había enamorado con más intensidad.
—Escribidme en cuanto lleguéis a Madrid —se adelantó Ángel, antes de que ella pudiese añadir nada más y, tras leer su expresión, agregó—: Sabes que esta es la decisión correcta, aunque nos duela.
—Bajó la voz—. Los rumores de una posible ocupación alemana ya no pueden ignorarse, y es preferible que Adelita y tú os pongáis a salvo antes de que sea demasiado tarde.
Si ocupan Hungría y atacan la ciudad…, jamás podría perdonarme el pecado de haberos puesto en riesgo a la niña y a ti.
—Con el pulgar, le acarició el pómulo, que volvía a humedecerse por las lágrimas—.
Sobre todo, con lo delicada que has estado estas últimas semanas…
Adela forzó una sonrisa.
—Pero si solo han sido un par de mareos, exagerado… —Se llevó una mano al vientre—. Aunque a ver si puedo darte buenas noticias en las próximas cartas.
Una sonrisa grande, luminosa, cuajó de arrugas joviales el rostro redondo de Sanz Briz.
—Pues qué feliz me harías, Adela, qué feliz. Y más tranquilo que me quedo con la decisión tan difícil que hemos tomado.
Antes de que ella pudiese agregar algo más, o de que sus propios deseos lo traicionasen, se volvió hacia su suegro, que ya se había hecho cargo del abultado equipaje de Adela y de la niña.
La nueva vida que habían empezado con ilusión dos años atrás se interrumpía abruptamente por los fantasmas de la guerra.
—Muchas gracias por venir a recogerlas —le dijo—. Se lleva usted lo que más quiero en el mundo.
El suegro, cuya complexión deportiva camuflaba los años que ya calzaba, le dio una palmada en la espalda.
—Y lo que yo más quiero también, Ángel, lo que yo más quiero también. Mucho cuidado en el viaje de vuelta, ¿eh?
—Sí, descuide. Aprovecharé para tomar algo en el vagón restaurante…, para leer la prensa y ver qué se rumorea.
—Que no creo que sea nada bueno.
—No, me temo que no…, pero en plazas muy malas toreé también en nuestra guerra. Con fe y trabajo…, pronto nos reuniremos todos otra vez.
Se lo repitió a sí mismo como un eco, como una oración.
En aquella estación, en la que cuatro años atrás se habían reunido el caudillo y Hitler para negociar la entrada de España en el conflicto armado, dejaba atrás a lo más valioso que tenía.
Lo que le esperaba a él, tras las largas horas de viaje en tren, era la incertidumbre más oscura.
Según se comentaba, el regente Horthy tenía la intención de firmar la paz de manera independiente con los aliados occidentales.
Eso los alemanes no lo iban a permitir ni a perdonar.
En enero de 1943, Ádám Farkas de Batthyány estaba seguro de que iba a morir.
Recibir una herida en el Frente del Este suponía una sentencia; si había afectado al cráneo, de muerte para casi todos, pero no para él.
Según le habían comunicado cada uno de los doctores que lo habían tratado, había resultado afortunado, dentro de su mala suerte, ya que el recorrido de la bala había sido amable con él: como guiada por un ángel de la guarda, únicamente le había dejado secuelas en el habla y la coordinación.
La nieve, gólem blanco causante de tantas bajas, había hecho lo demás: el frío había prevenido la inflamación del órgano vital que encapsulaba todo cuanto era.
Había tardado casi tres meses en pronunciar palabra.
La boca y la garganta eran incapaces de hacer el esfuerzo necesario para convertir en sonidos los significados que aún fluían libres en su mente; más adelante, esos sonidos por los que sudó y se frustró quisieron resistirse a formar grupos, ideas, frases que otro ser humano pudiese comprender.
Tras un año de terapia, el habla había regresado, pero él era incapaz de reconocer aquella voz (pastosa, casi adormilada, que arrastraba las palabras) como suya propia.
Del Don se había llevado consigo un timbre amodorrado, una cojera de la que no se desharía jamás y suficientes recuerdos que lo acecharían cuantas noches albergase su futuro.
El frío. Los bolches. Los refuerzos que no llegaban.
Los suministros que tuvieron que quemar antes de que el enemigo se apoderase de ellos.
Los alemanes que los utilizaban como carne de cañón.
El correo que se retrasaba o se extraviaba.
El hambre, que corroía desde dentro hasta que ya solo podía pensar en una cosa: aquel vacío cada vez más grande que demandaba ser atendido a toda costa.
Tenía aún clavada la traición del comandante Jány.
Desoyendo toda recomendación, el hombre con el que se había reunido en Alekséyevka había prohibido repliegues como los efectuados por sus aliados alemanes e italianos.
Ante la masacre anunciada de las tropas, proclamó que el Segundo Ejército había perdido su honor; calificó de cobardes a aquellos soldados que en otra época habrían bautizado como mártires, y a los oficiales les dio la orden última de disparar a cualquiera que desobedeciese la máxima velada de defender la posición hasta la última bala.
Tras dos años en Rusia y uno de hospital en hospital, a Ádám ya le quedaban muy pocas cosas que lo ligasen a su yo de 1941: sus ideas, que en el ejército había tenido que guardar bajo llave, el sentido del humor que se resistía a morir y no mucho más.
La mayoría de sus amigos habían emigrado, se habían exiliado o habían caído en el mismo frente infértil que lo había escupido a él.
Su carrera había muerto en el Don, de la resistencia antigermana que antaño se reunía en el palacio de su prima Klára no sabía nada, y hasta el reflejo que le devolvía el espejo le resultaba extraño.
Cuando los médicos le dijeron que el cerebro era un órgano delicado y que siempre correría el riesgo de sufrir una hemorragia o un ataque convulsivo fatal, se resignó. Su vida en Budapest, en enero de 1944, valía exactamente lo mismo que en Vorónezh: muy poco.
En la última parada de su largo viaje hacia la libertad (el hospital de la capital en el que le harían un último reconocimiento hasta darle el alta definitiva), las sábanas eran ásperas, y la radio, que mantenía con el volumen al mínimo para ahuyentar las migrañas, solo retransmitía las noticias de una guerra que ya a todos les habría gustado poder olvidar.
La cacofonía de sonidos era idéntica a la de todos los centros en los que había estado ingresado, y en el aire flotaba el olor de los medicamentos que camuflaba mal el de unos cigarrillos de una marca que no reconocía.
—¿Han llamado ya a mi familia?
—Estoy aquí, Ádám. Madre y padre también llegarán pronto.
Aún tardó un par de segundos en identificar aquella voz como la de su hermana. Era más seca de lo que la recordaba, más de mujer y menos de adolescente.
Con mano titubeante logró retirar la toalla que le cubría los ojos para que la claridad del día no le molestase. Sonrió.
—¿Y desde cuándo fumas tú, reina de Saba?
—Desde nunca. Quedé para comer con Pál Széchenyi y su amigo János Messik. Es un tipo fenomenal, ese Messik, pero le da al vicio como si tuviese acciones en una tabacalera.
—¡Pál S.! Madre estará contenta.
—No le mencioné su presencia. Ya sabes lo mucho que me gusta empezar las mañanas discutiendo, así que le dije que había recibido una invitación del teniente primero János Messik y que, naturalmente, la había aceptado porque considero que tiene una conversación muy interesante.
—¿Y qué dijo ella?
Erika le devolvió la sonrisa.
—Que así empezó nuestra prima Katinka Andrássy cuando su marido le pidió relaciones y que mírala ahora, en el exilio. Por supuesto, le respondí que estaba siendo injusta. La pobre Katinka ya cojeaba del pie izquierdo mucho antes de casarse.
Estaba sentada en la butaca junto a la camilla, lo suficientemente cerca para que Ádám notase el calorcito que emanaba de su cuerpo, pero sin que llegara a producirse el contacto físico.
La rigidez de la postura y la confección exquisita del uniforme de enfermera que llevaba daban testimonio de su clase tanto como los rasgos aristocráticos de un rostro que, al contrario que la voz, no había cambiado apenas desde la última vez que la vio.
Tan solo las líneas afiladas de los pómulos y la mandíbula revelaban el tiempo que los había separado.
Con un movimiento vago, poco preciso, Ádám le tomó la mano. Fría al tacto, la palma que él apretaba estaba cuajada de callos poco usuales en su clase social, que delataban su afición a la esgrima.
—Dime —la apremió, con extrema suavidad—, ¿así es como se recibe en Budapest a los hombres que regresan de la muerte? ¿Tanto miedo da mi aspecto?
—No, claro que no. Es que…
Erika se llevó el puño que tenía libre a la boca, como si quisiese amordazar un sentimiento que se negaba a dejar salir.
—No quería despertarte, y también me preocupaba hacerte daño.
—¿Y yo? ¿Te hago daño a ti?
La respuesta de ella fue física, no verbal.
Lo estrechó con fuerza. Mediante el olfato, trataba de regresar al hogar de la infancia, antes incluso del ingreso de Ádám en la academia de cadetes, cuando volvía del internado todos los viernes y los pasillos de Villa Batthyány se llenaban de la cacofonía de tres voces: Erika, Tibor y Ádám.
—Una vez sí que te hice daño sin proponérmelo, ¿te acuerdas?
Mientras hablaba, Ádám pellizcaba la cicatriz que le bajaba por la muñeca.
Erika rio.
—Sí, durante la fiesta nacional me tiraste a la piscina de la villa de Balatonfüred con la ropa puesta, pero calculaste mal y me abrí la muñeca al golpearme con el bordillo.
Jonatán me hizo las curas a escondidas para que padre no te colgase —dijo.
Luego añadió, mientras se separaba de él—: Tengo las cartas que te escribió desde Haifa.
Su hermano Sándor me las entregó cuando supimos que volvías a casa.
Un estremecimiento contrajo la expresión de Ádám.
—¿Sabe…?
—Lo sabe todo. Sándor le ha mantenido informado.
Está bien. Vive…, no me acuerdo de la palabra exacta, pero es una especie de comuna agrícola.
Adquirió tierras… ¿Recuerdas lo que nos decías cuando visitábamos a la familia en el campo?
, que aquella era la vida de verdad, la de los campesinos.
La vida sencilla. Alimentarse del fruto directo de tu trabajo, estar en contacto con la naturaleza…
Ádám, que se había recostado de nuevo, asintió.
—Me acuerdo.
—Creo que ese es el tipo de vida que lleva. Se casó el año pasado.
—¿De verdad?
—Eso me dijo su madre.
—Me alegro por él. —Desvió la mirada—. Siempre fue el mejor de los dos.
La lata en la que Erika conservaba las cartas de Jonatán había guardado, en su día, té de violetas. Cuando la abrió para entregarle a Ádám los sobres, los resquicios de aquel aroma floral lo atravesaron.
Con mano temblorosa tomó una de las misivas.
Reconoció al instante la letra afilada y desordenada, el trazo firme que en los años de escuela le había valido muchas reprimendas, cuando, inevitablemente, la pluma acababa por traspasar el papel.
Las ordenó de manera cronológica. Al llegar a la última, que alzó contra la luz, como si tratase de convencerse de que era real, frunció el cejo.
—¿No habéis recibido nada más desde marzo del año pasado?
—No… Sándor Rozenfeld dice que a ellos también les llegan noticias suyas a cuentagotas. La censura…, y Gran Bretaña es nuestro enemigo, claro.
—Claro —accedió él mientras depositaba el fajo sobre la camilla.
Se acostó de nuevo, como exhausto tras un esfuerzo titánico, y volvió a colocarse la toalla sobre los ojos.
—Las leeré mañana, cuando haya más luz —aclaró—. Mientras tanto, ¿podrás escribir una carta si te la dicto? La caligrafía todavía me cuesta y no quiero que Jonatán se preocupe.
—Sí, lo que tú me pidas. ¿Algo más?
—Sí. Entrégasela a Sándor cuanto antes, para que pueda mandársela, y… creo recordar que trabaja de talabartero, ¿no?
—Sí, en un taller en la calle Váci.
Ádám forzó una sonrisa ojerosa.
—Bien, porque tengo un encargo para él. Ahora que me han dado de baja con honores, tendré que ayudar a padre en la fábrica. Voy a necesitar un maletín, granate, a poder ser, con mis iniciales grabadas. Sabes cómo imitar mi firma, ¿verdad?
Un movimiento quedo, casi imperceptible, que Ádám supo leer a la perfección.
—Buena chica. Firma un cheque por mí, entonces, y que Sándor escriba la cantidad que le parezca más conveniente. Dile que me pasaré a recogerlo en su casa directamente en cuanto lo haya terminado y me den el alta, que será…
—En un par de días. Una semana, máximo. En cuanto el equipo médico haya dado el visto bueno.