El silencio de los justos Capítulo III #2
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Capítulo III #2

Ádám rio. Nikotex . Él no prefería esa marca por su sabor, sino por el menor contenido en nicotina, lo que acallaba las protestas de sus hermanos cuando se encendía uno…

Erika, la autora del regalo, desconocía ese detalle, quizá nunca llegaría a saberlo.

En deferencia a aquella ternura, que parecía imposible en un lugar como ese, y a la ingenuidad de su compañero, se guardó la cajetilla de nuevo.

—Cómo sois los periodistas, amigo mío. Espero que aproveches tu merecido permiso para escribir sobre mí en el Pester Lloyd .

Boldizsár, ocupado en liar los pitillos, evitaba mirarlo. Al tenderle el primero, los iris oleosos estaban fijos en la mano y no en el hombre al que pertenecía.

—Eso mismo haré, puesto que ni escribo necrológicas ni ambiciono hacerlo nunca.

Historias de guerra, en cambio… —Prendió la cerilla con la que encendió el cigarrillo de Ádám primero y el suyo después.

Tras la primera calada, su rostro se tornó serio—.

Eres más joven que yo. Ahora que estamos entre amigos de Budapest, olvidémonos por un instante de que eres mi superior y acepta el consejo que voy a darte.

Si te ofrecen un traslado a retaguardia…

, tómalo. Somos hombres de materia e intelecto y sabemos que no hay nada al otro lado.

Perder para siempre todo lo que eres, todo lo que has pensado y sentido… , no merece la pena.

La sonrisa de Ádám no mermó.

—¿Y vivir toda la vida sabiendo que mi apellido y mi clase me apartaron de las garras del infierno, cuando hombres mejores que yo fueron sacrificados en una guerra que no les importaba nada? Podría ser peor. Supongo que has visto las condiciones en las que tienen a los trabajadores forzados.

—Intento no pensar en ello a menudo, pero sí. Entre nosotros, es inhumano.

—Es una vergüenza para el uniforme que portamos —precisó Ádám—.

A los húngaros indeseables, que no tienen derecho a armas ni a vestir los colores nacionales, los envían al frente en mangas de camisa para efectuar, en teoría, tareas auxiliares.

Lo que he visto, sin embargo, es un puñado de oficiales fanáticos que los torturan hasta dejarlos lisiados y deformes.

O hasta matarlos. ¿Por qué? Porque son judíos o serbios o comunistas.

—Tomó con dos dedos la barbilla del sargento y se la levantó—.

Opositores políticos. Lo que nos diferencia de ellos es la clase y el cuidado que tuvimos de no militar en ningún partido.

Iván Boldizsár tragó saliva. Aunque estaban solos en aquella cabaña insonorizada por las paredes de nieve, bajó la voz.

—El partido comunista nunca aceptaría a un hombre como tú, aunque se lo pidieses de rodillas.

Ahora tú estás aquí y ellos ahí, o peor.

Ya sabes lo que dicen: empieza pronto y acabarás muy alto.

—Acompañó su afirmación con un gesto: el de la soga invisible alrededor del cuello.

Después, como espantado por la imagen que había creado, agregó—: El trato que reciben es despiadado, estoy de acuerdo. Un crimen con todas las letras.

Un asentimiento corto. Ádám tiró las colillas sobre el cenicero que había improvisado con papeles viejos y añadió:

—Por eso necesitaba la máquina de escribir.

También yo parto mañana, a Alekséyevka, al cuartel general.

El alto mando quiere que me reúna con el comandante Jány para entregarle un informe sobre las condiciones de las tropas.

Confidencialmente, y leyendo entre líneas, están presionando a los alemanes para que nos proporcionen los suministros prometidos.

He aprovechado para denunciar también los abusos que se infligen a los batallones disciplinarios.

Si esos hombres están aquí para desactivar minas, construir fortines y cavar trincheras, no veo en qué nos beneficia torturarlos hasta que queden inútiles mientras los bolches nos masacran a diez kilómetros.

—Parece que tu apellido aún tiene cierto peso —aseveró Boldizsár—. Si te requieren en persona…, me imagino que te recomendarán para un puesto en el Ministerio de Defensa. Si me permites que te dé de nuevo el mismo consejo…

Ádám extendió los brazos e inclinó el pecho hacia delante, como quien lo muestra a su ejecutor.

—Te lo permito. La respuesta, sin embargo, es la misma, y lamento decepcionarte.

Quizá recibir un mensaje de ultratumba sea lo que el comandante Jány necesite para comprender la gravedad de nuestra situación.

Los alemanes nos están haciendo tragar mierda por un tubo.

Su fe en el heroísmo legendario de los magiares flaquea, pero lo cierto es que ni los hunos de Atila podrían detener esta derrota.

Si la patria todavía nos tiene en su estima, la única opción es un repliegue que, en vista de la alternativa, no resultaría deshonroso.

Si, en cambio, lo que quieren de nosotros es en efecto ganar tiempo para los alemanes… , estás hablando con un hombre muerto.

La cara de Boldizsár se contrajo al leer un segundo significado en aquella profecía.

—Esa muerte anunciada penderá sobre la conciencia del comandante Jány todos los días de su vida.

Ante ese certero análisis, Ádám alzó el vaso de vodka.

—Hurra.