El silencio de los justos Capítulo III
4%

Capítulo III

III

El capitán Ádám Farkas de Batthyány introdujo la mano que tenía libre en uno de los mitones de lana que había recibido de casa, y prosiguió la carta que tenía empezada.

Las noches en Rusia llegaban como una emboscada.

La luz anaranjada de aquel ocaso gélido entraba por las ventanas de la cabaña en la que se encontraba; de haber podido mirarse en un espejo, habría dictaminado que aquella última claridad no resultaba amable con él, pues iluminaba la dureza de sus rasgos y revelaba los estragos de las condiciones en el frente, que lo hacían parecer mucho mayor que sus casi veintitrés años.

Debido al sistema de rotaciones, llevaba dos semanas en la retaguardia, tiempo más que suficiente para sentir en los huesos y en la boca del estómago la ansiedad de las trincheras.

Lo que había visto, en aquel periodo de inactividad, no le había gustado.

Si tomar la mano de un reemplazo mientras agonizaba era la bala, ser testigo de la crueldad de su propio ejército constituía la mano que apretaba el gatillo.

El frente eran los hombres que tenía a su cargo, obreros y aldeanos a los que les había tocado el peor número en la lotería mortal de la guerra.

Asediados por la gangrena, sus estómagos se encogían de hambre sin que sus mentes comprendiesen qué hacían allí, en el fin del mundo y de la humanidad, ni por qué el resto de sus compatriotas vivía como si Budapest fuese un jolgorio.

La retaguardia eran los oficiales que, cansados de morder el polvo, torturaban a los judíos y a los opositores de los batallones disciplinarios, en busca de un único consuelo: a ellos podía haberlos abandonado la patria, pero, al menos, conservaban cierta dignidad de la que desnudaban a los trabajadores forzados.

Óblast de Vorónezh,

21 de octubre de 1942

Querido compañero:

Espero que puedas perdonarme la caligrafía.

En Rusia el invierno llega temprano y ni siquiera la ropa de abrigo que nos tejen las mujeres húngaras es capaz de paliarlo.

Pienso en ti constantemente y en las playas de arena tan blanca del Mandato.

Podría usar la máquina de escribir que me ha prestado el sargento Boldizsár (Iván, ¿lo recuerdas de las reuniones de los martes?), pero entonces, al acariciar el papel, tus dedos no tocarían nada que hubiese trazado mi pluma.

Escribo consciente de que, quizá, esta sea la última carta mía que recibas.

Pronto me movilizarán de nuevo y, aunque no puedo darte detalles, la esperanza que tengo en mi supervivencia es relativa.

Te confieso esta certeza, que les he ocultado a los míos, porque te respeto y sé que mereces saber la verdad.

Me han ofrecido un permiso por Navidad, que he rechazado, así como la posibilidad de trasladarme de manera definitiva a la retaguardia. Espero que puedas perdonarme.

Tengo más de cien hombres a mi cargo. A los reemplazos nos los traen con cuatro semanas de entrenamiento a las espaldas, sin armas y sin ropa de abrigo, pues se espera que los soldados que se repliegan les cedan las suyas.

Hablan de la Navidad como si fuese la segunda venida de Cristo, puesto que saben que no la catarán.

¿Cómo puedo aceptar una salvación que se me ofrece por mi apellido o por mi clase, cuando ellos están entregando su juventud y su talento a cambio de la tierra yerma de Rusia, que no les importa nada?

No odian a los soviéticos, quienes, según nos enseñan, son el enemigo que nos aborrece.

Solo los altos cargos, que desconocen el olor a pólvora, podredumbre y sangre seca de las trincheras, hablan de cruzadas contra el bolchevismo; para los obreros y los campesinos que dan su vida por esa patria que parece que nos ha olvidado, ese odio no significa nada.

Puesto que yo no puedo compartir mi gloria con ellos, ellos tendrán que compartir su ataúd conmigo.

Jonatán, eres el mejor amigo que tengo en el mundo y te quiero más que a nadie.

Cuando mi hermano murió, me devoró un sentimiento ponzoñoso, lacerante, que no he compartido jamás con nadie.

Fui consciente de que aquel dolor que me consumía, mayor que cualquier otro, habría palidecido frente al que me habría azotado si hubieras sido tú.

Creo que fueron los árabes los que hicieron la distinción entre «hermanos de leche», amamantados por la misma mujer que los trajo al mundo, y «hermanos de sangre», unidos por una alianza mucho más fuerte que la arbitrariedad de la naturaleza.

En mi experiencia, esta teoría es correcta.

Te quiero como aún no he querido a ninguna mujer y daría mi mano derecha por tu seguridad.

En una carta te preguntabas si yo era el salvador de tu vida o de tu libertad.

Tras pasar el suficiente tiempo en la retaguardia, y sin poder ahondar más sobre esto, te aseguro que, sí, soy el responsable de tu vida.

Aunque la mía llegase a los cien años, jamás haría nada más valioso con ella.

Si me voy, lo haré con esa tranquilidad.

¿Quieres más pruebas? Aquí me he topado, por casualidad, con el antiguo tutor de esgrima de mis hermanos.

Un campeón olímpico, que hace años apareció en las portadas de todos los periódicos y que hoy desactiva minas con las manos desnudas sobre la nieve, como el resto de los judíos del batallón disciplinario.

Al verlo, traté de mantener el rostro impasible, cuando, en realidad, me invadió un susto repentino, como el que cualquiera experimentaría tras observar a un condenado a muerte o a un enfermo contagioso grave.

Me resultó casi sacrílego encontrar a un hombre de su categoría en el escalafón más bajo del infierno.

¡Pero qué digo! El infierno no existe y Vorónezh sí.

No te angusties por mí. No siento miedo alguno.

Me ha hecho falta despojarme de todo para darme cuenta de que no tengo necesidad de nada.

Mi vida, que a algunos les parecerá muy pequeña, ha sido una fiesta, y sabes que siempre he sabido cuándo llega el momento de irse.

Que seas muy feliz, Jonatán, que leas muchos libros, que aprendas tantos idiomas que tu lengua materna recele de ellos. Siempre fuiste mejor hombre que yo.

Tuyo,

capitán A. F ARKAS DE B ATTHYÁNY

El golpe en la puerta, ahogado debido al pasadizo de nieve, lo sorprendió en mitad de un movimiento, al ir a tomar el sobre para guardar la misiva. Se aclaró la garganta, seguro de que el autor de aquel ruido era también el dueño de la máquina de escribir.

—Iván, amigo mío —dijo—, pasa.

Mientras garabateaba la dirección, el sargento Iván Boldizsár entró. Más alto y también más delgado que Ádám (un detalle que quedaba oculto bajo las gruesas capas de ropa del uniforme), demoró un par de segundos en sacudirse la nieve de las botas y del sobretodo.

En el corazón de Rusia, cada acto era pausado, casi ritual, y requería una fuerza hercúlea. Al tomar asiento frente a su anfitrión, señaló la botella abierta de vodka que yacía sobre la mesa.

—¿Puedo?

—Por favor —respondió Ádám mientras retiraba el informe que había mecanografiado aquella misma mañana—. Vienes a recuperar tu máquina de escribir, supongo.

Iván Boldizsár esbozó una sonrisa. Tenía un rostro redondo, casi simple, de mejillas amoratadas por el frío y una nariz pequeña cuya piel, quemada por el sol, empezaba a escamarse. Los ojos, rasgados y brillantes, casi desaparecían bajo unas arrugas prematuras.

—Y a despedirme de ti, compañero. Me han concedido un permiso de Navidad anticipado. Parto mañana. En unas semanas estaré caminando de nuevo por las calles de Budapest. Según los rumores, a ti te ofrecieron algo parecido y lo rechazaste.

—Parece que los rumores, por una vez, son ciertos.

—Para entrar en calor, se sirvió también un vaso de vodka—.

No soportaba la idea de volver a casa sabiendo que no iba a ser definitivo.

Que mis padres y mi hermana me abrazasen locos de alegría y, unas semanas después, tener que despedirme de ellos de nuevo. Habría sido cruel.

Ante la crítica velada, el sargento alzó las cejas poco pobladas, que se confundían con el moreno impostado de aquel invierno que se les había echado encima.

Ádám, lejos de disculparse, resopló. Se había sacado la última cajetilla de tabaco del bolsillo y peleaba con los dedos adormilados para abrirla.

—En tu caso, es distinto. Tienes una mujer y un hijo que te esperan y estás destinado aquí, en suministros.

Vorónezh no es la cumbre de la diversión para nadie, pero en la retaguardia estáis más seguros.

Nosotros… —Chascó la lengua—. Va a ser una masacre.

Tenemos menos de cien mil hombres para defender una línea de doscientos kilómetros.

La contraofensiva soviética es inminente.

Cuando llegue…, vamos a pintar la nieve de Rusia del rojo de nuestra sangre. Sin provisiones…

—Confidencialmente, dudo que recibamos más antes de enero.

—Los bolches no van a esperar a enero. Esto es un sacrificio, Iván. Para nada y a cambio de nada, excepto tiempo para los alemanes. Hungría nos ha desechado.

Boldizsár bajó la cabeza.

—Eso dicen también mis hombres. Eso pienso yo, cuando me abandono a la desesperanza. Pero cavilar demasiado sobre ese asunto solo puede llevar a la locura, condesito.

Ádám arqueó las comisuras ante aquel apodo, relegado en un rincón tan recóndito de su cerebro que ya casi lo había olvidado. Sin mutar el gesto, le tendió a su camarada uno de los dos últimos cigarrillos Nikotex que Erika le había mandado por su santo.

Al observarlo, suspendido entre dos dedos, el sargento se echó hacia atrás. Después, con un movimiento brusco de las manos, lo rechazó.

—Regalar tus últimos cigarrillos es un acto de derrota que no voy a permitirte —dijo mientras tanteaba su uniforme hasta dar con la lata en la que guardaba el tabaco y el papel de liar—. Resérvalos para cuando vuelvas a casa. Uno para ti y otro para la pobre chica a la que conquistes.