Capítulo II
II
El cortejo fúnebre avanzaba a paso firme por la calle Alkótmany.
La luz inclinada de aquella primavera insurrecta se reflejaba con violencia en las ropas negras de los vecinos y los uniformes de los oficiales que acompañaban el féretro de Pál Teleki.
Cuatro días antes, el primer ministro, ante la decisión imposible de permitir que los alemanes cruzasen el país para ocupar Yugoslavia o negarse a ello y enfrentarse a los que eran sus aliados, se había quitado la vida en su habitación del palacio Sándor.
La nota de suicidio, que muy pocos en aquel enjambre de personas de luto habían leído, rezaba: «Por cobardía hemos mancillado el honor de Hungría.
Nos hemos aliado con sabandijas y nos convertiremos en verdugos.
Una nación tirada a la basura. No pude evitarlo. Soy culpable».
El nerviosismo de las gentes contrastaba con el paso aún sereno de Miklós Horthy, regente de aquel país sin rey, que siguió caminando detrás del féretro con su porte majestuoso y sus rasgos severos, como si la posibilidad de un bombardeo no tuviese la potestad de alterarlo.
Un poco más atrás, en el tumulto de aristócratas que daban el último adiós al conde Teleki, Ádám Farkas de Batthyány aprovechó la confusión de la alarma antiaérea para inclinarse ante su prima Klára y susurrarle al oído:
—¿Vas a abandonar el país?
Klára bajó los párpados. En la cuarentena, la delicadeza de las facciones, matizada por los rizos castaños, cortados al estilo Bob, y los sesgados ojos azules, resultaba tan arrebatadora como lo había sido en la primera juventud.
—Sí. El regente me ha comunicado, en total confidencia, que estoy en el punto de mira de los alemanes.
Solo he retrasado el viaje para rendir los últimos respetos a nuestro primer ministro.
—Miró al joven a través de la rejilla de la boina negra—.
Quizá tú debieras hacer lo mismo. Es lo que les estoy recomendando a todos los que asistíais a mis reuniones de los martes.
Ádám rechazó su sugerencia con un movimiento rápido de la cabeza.
Unos rasgos oscuros, casi hoscos, pero dotados de cierta belleza noble que hacía acto de aparición cuando su dueño requería algo de los demás, traicionaban sus veintiún años.
Con el pelo negro engominado, la tez morena y los ojos castaños y penetrantes, no habría desentonado en el grupito que conformaban los representantes de la legación española.
—Yo no lo tengo tan fácil, Kaja. [2] Si intento salir del país, tendré que enfrentarme a un tribunal militar por deserción. A quien sí estoy ayudando a emigrar es a Jonatán.
—Si no quiere acabar como su padre, debería hacerlo.
Y tú habrías de reconsiderar tu postura.
El regente respeta el apellido de tu madre y yo, que lo conozco bien, podría interceder por ti.
Si solicitas que te den de baja…, con tu apellido y tu formación, podrían reubicarte. Quizá serías útil en Gran Bretaña.
—¿La Gran Bretaña que nos va a declarar la guerra? Sería un acto de cobardía. No puedo abandonar a mis hermanos de armas. Creo en ellos aunque no crea en este gobierno.
La mujer le sonrió del modo dócil y casi parco de quienes no se ven capaces de doblegar el ímpetu de la juventud. Mientras marchaban, con el ruido agudo de la sirena aún marcando el ritmo, le dirigió un último reproche:
—Más te vale que ni se intuyan las ideas que tienes. Con lo feliz que vas a hacer tú un día a una mujer cuando se te ocurra sentar la cabeza…
—Pero si solo tengo ojos para ti, condenada…