Capítulo I
I
En el palacio Andrássy, todas las noches se habían convertido en las de los martes.
Ese día de la semana, elegido sin estrategia alguna por la aristócrata Klára Andrássy tras su regreso del frente de España, se había alargado infinitamente con los avances de la guerra.
Las reuniones, en las que los jóvenes progresistas de la capital voceaban sus convicciones antinazis entre los sándwiches y las tazas de té, habían migrado del día asignado de la misma manera que la presencia radiante y sugerente de Klára había mutado en una expresión agria.
La noticia que esperaban, y que había transformado esa noche de jueves en un martes anticipado, había llegado con el paso firme y el porte atlético de Ádám Farkas de Batthyány, primo segundo de la anfitriona.
Al entrar en la sala, el joven apenas detuvo su mirada en ella, con quien lo unía la ideología, aun cuando los separaba la diferencia de edad: los cuarenta y tres años de experiencia de ella frente a la rabiosa juventud de los veintiún de él.
Sus ojos, de un castaño rojizo, muy distinto también del pálido azul de los de Klára, cayeron instintivamente sobre el hombre que fingía leer en el sillón del fondo.
Simulaba que leía porque no había pasado la página en la hora y media que llevaban de reunión.
No había participado tampoco en las conversaciones, y solo cambió de postura al introducir el índice entre las páginas de la novela; Ádám la reconoció de inmediato.
En cualquier habitación, su mirada recaía de manera inconsciente sobre Jonatán: en los rizos caoba, que solo bajo el sol del verano brillaban rojizos; en los iris grises, que parecían rehuir el color, y en la constelación de pecas sobre el puente griego de la nariz.
A fuerza de haber estudiado juntos en el internado, estaban hechos de la misma materia, Ádám y Jonatán tenían el mismo sentido del humor y empleaban las mismas expresiones, escuchaban la misma música y, sí, leían los mismos libros.
— Los hermanos Karamázov — susurró Ádám, sin detenerse a leer el lomo, y se dejó caer sobre el reposabrazos—. Eres igualito que ese tipo, ese Mitya, siempre besuqueando al personal cuando te emborrachas.
Jonatán arqueó una ceja.
—¿Acaso te he besado a ti?
No se volvió hacia su amigo de inmediato, sino que observó un instante más al resto de los compañeros.
En murmullos cada vez más quedos, matizaban los preparativos del próximo viaje a Polonia, que no sabían si podrían realizar.
Desde la ocupación alemana del país vecino, aquellos miembros privilegiados de la sociedad húngara se habían dirigido en coche hasta la frontera para rescatar a los opositores políticos que buscaban asilo.
El papel de Jonatán en tales misiones era sencillo: él, tan judío como muchos de los refugiados, pero perteneciente a un país en el que su estirpe todavía no pagaba el hecho de serlo con la deportación, se limitaba a conseguirles hospedaje en el Eötvös Collegium, la residencia de la universidad en la que estaba doctorándose en Lingüística.
Ádám, con un oído también puesto en la marchita discusión, no le siguió la broma. En su lugar, se inclinó más ante él y le comunicó la noticia antes que a los demás.
—Los alemanes han cruzado la frontera. —Acompañó la aseveración con un movimiento rápido para acortar aún más la distancia que separaba ambos cuerpos, a fin de que la intimidad arropara la tragedia anunciada—.
El ministro de Asuntos Exteriores se lo acaba de comunicar al primer ministro.
La ocupación de Yugoslavia es inminente.
Se lo dijo como un secreto, como una confesión.
Sin moverse más que para estirar la espalda, aguardó el momento preciso para irrumpir en el debate antes de compartir con el resto de los compañeros la condena que se cernía sobre ellos.
Utilizó idénticas palabras para ello, pero, al no estar ya empañadas por la familiaridad de la amistad, sonaron clínicas, analíticas, más propias del uniforme militar que vestía que del hombre que Jonatán sabía que se escondía bajo él, que leía sus mismos libros y escuchaba su misma música.
Hubo un estremecimiento colectivo. En el tablero de ajedrez en el que se había convertido Europa, la siguiente jugada supondría una soga al cuello. Sabían que, por su traición, Gran Bretaña no tardaría en declararles la guerra.
En la noche más larga, el firmamento cuajado de estrellas caía sobre ellos como un manto.
Sin ganas ni paciencia para escuchar el parte de una guerra que les mordía los talones, Jonatán y Ádám salieron al balcón del palacio, que se abría ante las aguas azul cobalto del Danubio.
Buscaban la intimidad del tabaco compartido y de la terraza que los mantenía próximos a la reunión que continuaba en el interior, aunque no participaran de ella.
Al otro lado, el Parlamento, aún iluminado, se alzaba dorado como un gran dios ciego, mudo e indiferente.
En más de un sentido, Ádám Farkas de Batthyány llevaba toda la vida esperando la guerra.
Eran viejos amigos, le gustaba pensar; tenía con ella una relación de segunda mano, transmitida de padre a hijo a través de anécdotas y de noches en vela.
Las noticias del combate emocionaban a Ádám, lo estimulaban con sus giros y sus bordes afilados.
Cuando este tocó a su puerta, él ya tenía una soga al cuello.
Y podía llamar esa soga por su nombre: Jonatán Rozenfeld, su mejor amigo, con quien lo unió el hastío del internado primero, y todo lo demás mucho después.
Por él, Ádám habría caminado descalzo sobre el fuego y hasta de tragarse las cenizas habría sido capaz; en cambio, le tendió el cheque en blanco que acababa de firmar.
Quizá, en el Budapest que se asomaba al precipicio del conflicto armado, no había tanta diferencia entre lo uno y lo otro.
—Escribe la cifra que te pidan los británicos para emigrar y sal de aquí antes de que te llegue una citación —le dijo.
Cuanto Jonatán sabía sobre la guerra lo había leído en los libros: Atenas y Esparta, Aquiles y Héctor. Él era místico en la misma medida en la que Ádám era corpóreo. Por un instante efímero que se estaba agotando, sus vidas habían convergido.
—No sé —masculló—. Deja que me lo piense.
Por hacer algo, tamborileó los dedos en la baranda de forja del balcón, en la que había apoyado (no sin cierta temeridad) la última copa de vino.
—¿El qué? El primer ministro nos ha vendido. Cuando entremos en guerra, cosa que ocurrirá más pronto que tarde, nos movilizarán a todos, incluidos los judíos de los batallones disciplinarios. Pero tú tienes una escapatoria.
Al abrir la pitillera de plata, sus dedos rozaron la muñeca de Jonatán. Con el inesperado contacto humano, la copa se escurrió, cayó y se hizo pedazos sobre los adoquines del muelle Bem.
Ádám fue incapaz de contener una carcajada sacrílega.
—Tienes suerte de que no pasara nadie por debajo en este momento, de lo contrario, no solo tendría que sacarte del país, sino también encubrir tu crimen.
El pequeño estruendo que causaron los cristales rotos reverberó en la inmensidad de la noche y apenas logró amordazar el debate acalorado que les llegaba desde el otro lado de la puerta acristalada.
Como Jonatán no contestó, Ádám le colocó un cigarrillo entre el anular y el corazón.
—El último, ¿lo compartimos? No sería la primera vez.
—Ni la última —rio su amigo. Con la primera calada, el humo y la verdad se le atragantaron—. O sí. Dios mío. A mi padre lo destinaron a la frontera. Supongo que no se quedará allí mucho más tiempo.
Ádám no le respondió de inmediato. Observó el reflejo añil de la madrugada en el tabique recto de la nariz de su amigo y en los ojos que brillaban, húmedos a causa de las lágrimas que por orgullo y terquedad se negaban a brotar.
En ese momento, por primera vez, los veintiún años le parecieron muy pocos.
—Puede que no —concedió, y tomó el pitillo que Jonatán le ofrecía—.
Mira, me duele tener que despedirme de ti, pero…
es algo que habría ocurrido de todos modos.
Acabo de graduarme como oficial, me mandarán al meollo antes que a nadie.
Y tú…, a los judíos de tu edad ya los han empezado a llamar a trabajos forzados, no hace falta que te dé unas noticias que conoces mejor que yo.
Tus tíos llevan bastante tiempo en el Mandato. Tienes una oportunidad.
Se detuvo para crear un anillo de humo antes de devolverle el cigarrillo a Jonatán. Un momento brevísimo, incapaz de contener el pavor que los atravesaba.
—Eres el mejor amigo que tengo en el mundo y te aprecio —insistió—. Sería un desperdicio sin motivo que acabases en un batallón disciplinario cuando podías haber salvado la vida y adquirido la libertad. No te lo pienses.
Jonatán le dio un toquecito a la punta del cigarrillo antes de responder. Con el viento, la ceniza flotó un instante en el aire y desapareció en la inmensidad oscura del Danubio.
— Et tu, Brutus? ¿Tu vida no será un desperdicio sin motivo? Has hecho méritos en la academia de oficiales, y tu familia… Si de verdad entramos en guerra, puedes pedir el traslado al Ministerio de Defensa.
Ádám le dirigió una leve sonrisa, tintada del granate del vino agrio de la reunión.
—Tu fe en mí resulta enternecedora. Ya me conoces, ¿no te acuerdas de todas las veces que tuviste que sacarme las castañas del fuego en el instituto? O, más recientemente, en todas esas partidas de cartas que me negaba a terminar. Bien mirado, ese dinero que te doy es tan tuyo como mío.
Jonatán se demoró en contestarle. Su rostro moreno se contrajo con un último escalofrío.
—Sé serio —le pidió.
—Tú ya lo eres por los dos, Mitya Karamázov. No te preocupes por mí.
Aprovechó que su camarada le devolvía el cigarrillo para alargar, aunque fuese solo por unos segundos, la ternura de aquella caricia improvisada.
Conocía tan bien aquella piel que podría haber leído en braille los años que la atravesaban: los partidos de fútbol que habían compartido en la infancia primero, las borracheras en la adolescencia después y, por último, aquellos permisos de la Academia Militar en los que el jazz del Cotton Club amortiguaba las voces de ambos al tratar de ponerse al día sobre sus respectivas vidas.
Ádám no veía diferencias significativas entre ambos, ni siquiera en ese momento.
Para evitar pensar en ello, alzó la vista al firmamento, cuajado de estrellas.
—Parece que los ángeles están fumando tanto como nosotros.
—¿Cómo?
—Mira —prosiguió Ádám, al tiempo que le levantaba la barbilla con dos dedos—. La noche es clarísima. No me digas que todas esas estrellas no parecen las colillas de los cigarrillos de los ángeles.
El muchacho sacudió la cabeza, pero no mutó su postura. Todavía miraba aquel punto que Ádám le señalaba.
—Creo que el vino se te ha subido a la cabeza.
—Tú piensa que, allá arriba, quizá hay centenares de chicos como nosotros apurando los últimos pitillos mientras nos ven a nosotros fumar.
También nosotros estamos fumando y observando el vacío, y a lo mejor allá abajo hay otra civilización, invisible a nuestros ojos, de muchachos que fuman y conversan.
Su voz, grave, fue disminuyendo de volumen hasta confundirse con las discusiones ahogadas al otro lado de la puerta.
Tras volverse, extendió la mano para que Jonatán la tomase.
Este la observó, quedo, un momento más, como si quisiese grabarse en la memoria la disposición de cada vena y cada lunar de su piel.
—Nos volveremos a encontrar, camarada.
Jonatán no aceptó la mano. En su lugar, se inclinó ante el cuerpo de su amigo, más bajo que el suyo y también más fuerte, y lo abrazó.
—Cuando el mundo sea libre —le prometió.
Solo Dios sabía qué otras primaveras les aguardaban.
Para evitar sentir un luto prematuro y porque la ciudad era todavía una fiesta, se refugiaron en el Cabaret Arizona.
Con su plataforma giratoria, el humillo del tabaco que hacía lagrimear los ojos, la música swing y la belleza de las mujeres de Budapest, el Arizona los trasladó por un momento al otoño de sus dieciocho años, el de 1937.
El primer año de universidad de Jonatán y el ingreso de Ádám en la Academia de Oficiales Ludovika.
La partida de Klára Andrássy, santa patrona de la sensualidad a sus ojos adolescentes, al frente de España.
Las noches de jarana que se convertían en amaneceres de pitillo compartido en la isla Margarita, el punto en el que los caminos de Ádám, que vivía en el lado Buda de la ciudad, y Jonatán, que residía en Pest, se separaban.
En ese abril agónico se despertaron en una postura idéntica a la de aquel año.
En la habitación de Ádám en Villa Batthyány, uno tumbado en la cama (con frecuencia, el anfitrión llegaba demasiado borracho para tener grandes arranques de generosidad) y el otro recostado en el diván contra la estantería.
Se despertaron de golpe, no con la luz rosada del amanecer, sino con el ruido de unos nudillos que llamaban a la puerta.
Un chirrido. El pomo giró y en el umbral, con la disposición de quien no acostumbra a aguardar a que le den permiso antes de hacer acto de presencia, emergió la figura esbelta de Erika Farkas de Batthyány.
En la primavera de sus diecinueve años, la hija menor de la familia era casi un reflejo de la juventud de su prima Klára.
Había heredado de ella la barbilla picuda, la nariz fina, de puente recto, las cejas arqueadas y los labios bien definidos; aparte de la edad, solo se distinguían por los ojos, que en Erika refulgían de un verde luminoso, sin mezcla alguna de marrón.
Esa mañana, por costumbre o por urgencia, no reaccionó al ver el cuerpo de Jonatán, que se desperezaba en el diván, ni el pecho descubierto de su hermano, pues la instrucción militar lo obligaba a quitarse y doblar el uniforme incluso bajo los efectos de la bebida.
Tomó aire. Con voz clara, que no se rompió con la emoción, anunció:
—El primer ministro ha muerto.