El silencio de los justos
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Prólogo
Rayaba el alba (un amanecer rosa y blanco que hacía refulgir la nieve que cubría la calle Eötvös), un coche iría a buscarlo pronto y él pensaba en sus hijas.
Adelita, nacida en aquella misma ciudad cuando los ecos del conflicto aún no ensombrecían la dulce ilusión de un matrimonio de recién casados, y Paloma, su Paloma, que había venido al mundo con los fríos madrileños del otoño y cuya piel todavía no había recibido las caricias del padre.
De no haber sido por ellas, quizá en la naturaleza comedida, siempre diplomática, de Ángel habría brotado un deje de temeridad.
Un acto de humanidad que por momentos hacía flaquear su decisión.
Nada importaba. Aunque España había abandonado la no beligerancia en favor de la neutralidad, Sanz Briz sabía que para los soviéticos el suyo era un país fascista, enemigo, que para más inri había desplegado tropas voluntarias que combatieron en la Wehrmacht en el Frente del Este.
El claxon del automóvil disipó sus pesadas ensoñaciones.
Tomó el maletín, cuidadosamente preparado la tarde anterior.
Sobre la mesa había dejado firmados unos documentos en blanco para que ese trazo personalísimo sobre el papel pudiese seguir protegiendo, en su ausencia, a aquellos judíos que cada mañana hacían cola frente a la embajada.
Un paso más, firme. La puerta, que se cerró tras él, lo estremeció.