El silencio de las campanas: Los Exconxuraos de Llanera CAPÍTULO LI. La memoria que queda
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CAPÍTULO LI. La memoria que queda

CAPÍTULO LI. La memoria que queda

No queda constancia de que aquel escribano llegara a escribir nada más extenso que un resumen para los propios libros del concejo.

Pero la costumbre de contar la historia cada verano bajo el roble de Posada —adaptada, embellecida, simplificada con el paso de las generaciones, como ocurre inevitablemente con toda memoria oral que se transmite durante siglos— sobrevivió, con distintos nombres y distintas formas, hasta llegar, mucho después, a convertirse en la fiesta que Asturias entera reconoce hoy con el nombre de los Exconxuraos de Llanera.

De Pelayo y de Elvira, de Xuan Fernández y de don Rodrigo, de Bermudo y de Marina, de Bras y de Sancha, de Osenda y de tantos otros vecinos de las once parroquias cuyos nombres el pergamino conservó y esta novela ha intentado devolver al relato, no queda hoy más rastro directo que ese documento notarial, custodiado en el archivo diocesano, y esa fiesta de verano que cada año reúne, sin que la mayoría de sus participantes lo sepan con precisión, a los descendientes lejanos de quienes un día decidieron que ningún agravio, por grande que fuera, merecía destruir del todo un concejo que había decidido, contra toda lógica de poder, seguir aguantando juntos.

Las campanas de las once parroquias de Llanera siguen sonando hoy cada domingo, sin que casi nadie, salvo quien haya leído hasta aquí, se detenga a pensar que hubo un tiempo, hace más de seiscientos años, en que dejaron de hacerlo durante cuatro años enteros, y que ese silencio, y no el repique que lo sucedió, es lo que de verdad sostiene, todavía, la memoria del concejo.

«El silencio que de verdad sostiene la memoria del concejo»