El silencio de las campanas: Los Exconxuraos de Llanera CAPÍTULO L. Los nietos
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CAPÍTULO L. Los nietos

CAPÍTULO L. Los nietos

El mayor de los tres, que llevaba por nombre Xuan en memoria del personero que su abuelo había servido con tanta lealtad, era ya jurado del concejo, y solía ser él quien, cada verano, abría la ronda de relatos que precedía a la comida común.

Aquel año, sin embargo, fue su prima Osenda —nombrada así por la Osenda original, ya que la costumbre de honrar a los fundadores de la fiesta con el propio nombre se había ido extendiendo entre las familias del concejo— quien tomó la palabra primero.

—Mi abuela contaba que lo peor no fue el hambre, ni el frío, ni siquiera enterrar a los suyos sin cura —dijo, dirigiéndose sobre todo a los niños sentados en corro, que ya conocían la historia de memoria pero que volvían a pedirla cada año como quien pide una canción sabida—.

Lo peor, decía, fue no saber cuánto iba a durar.

Un año se aguanta. Dos, con más esfuerzo.

Pero no saber si serían dos o diez, eso era lo que de verdad ponía a prueba a la gente.

—¿Y cómo lo aguantaron, entonces? —preguntó uno de los niños, el mismo que preguntaba lo mismo cada verano, como si la respuesta pudiera cambiar.

—Aguantando juntos —respondió Xuan, el jurado, con la misma fórmula que su propio padre le había enseñado a repetir—.

Mi abuelo Pelayo decía que un concejo no es la tierra, ni la iglesia, ni siquiera el señor que lo gobierna.

Es la gente que decide seguir contando los unos con los otros cuando ya no les queda ninguna otra razón para hacerlo.

El tercero de los primos, Bermudo —nombrado por el Bermudo de Cayés cuyo nieto había terminado por casarse, dos generaciones después, con una nieta de Bras y Sancha, entrelazando definitivamente las dos familias que el entredicho había unido primero en la penitencia y después en la costura compartida—, sacó entonces del zurrón un objeto que los niños ya reconocían: una copia, en pergamino más reciente, del documento notarial que Xuan Fernández había hecho redactar cincuenta años atrás, con los nombres de los agravios sufridos por cada casería del concejo.

—Esto es lo que queda por escrito —dijo, desenrollándolo con el mismo cuidado ritual con que se hacía cada año—.

Los nombres de los que sufrieron, para que nadie los olvide.

Pero lo que no está escrito aquí, y que también hay que contar, es que después de sufrirlo, se perdonaron entre ellos, se casaron entre ellos, criaron a sus hijos entre ellos.

El papel guarda los agravios. La fiesta guarda el perdón. Hacen falta las dos cosas.

Los tres primos, y detrás de ellos sus propios hijos, pasaron aquella tarde el pergamino de mano en mano, leyendo en voz alta —los que sabían leer— los nombres de Ables, de Bonielles, de Villardeveyo, de Ferroñes, de Cayés, de Rondiella, de Santa Cruz, de las once parroquias enteras, mientras las campanas de San Julián, a lo lejos, marcaban la hora de vísperas con la misma naturalidad indiferente con que llevaban marcándola todos los domingos desde hacía casi cincuenta años.

Una de las hijas de Osenda —la prima, no la fundadora—, que apenas tenía diez años y escuchaba aquel relato por primera vez con suficiente edad para retenerlo del todo, preguntó, ya al final de la tarde, si ella también algún día tendría que contarlo a sus propios hijos, como le tocaba ahora a su madre contarlo a ella.

—Sí —le respondió su madre, sin dudarlo—. Y no porque nadie te lo mande, sino porque el día que dejemos de contarlo, el silencio que costó tanto romper volverá, de otra manera, a instalarse sobre este concejo. No el silencio de las campanas esta vez, sino el silencio, todavía peor, del olvido.

La niña asintió, seria, con la solemnidad particular de quien acaba de recibir un encargo que no termina de comprender del todo pero que sabe, de algún modo, que va a cumplir.

«El papel guarda los agravios. La fiesta guarda el perdón»