CAPÍTULO XLIX. El último repique
CAPÍTULO XLIX. El último repique
—Fuiste, desde el primer día que entraste en mi taberna con las botas gastadas de tanto camino, el hombre más impulsivo y más honesto que he conocido nunca —le dijo Elvira, en sus últimas horas, con la voz quebrada pero sin dejar que las lágrimas le impidieran hablar—.
El concejo entero te debe más de lo que la mayoría sabrá nunca, y yo te debo más todavía.
Gracias por no haber dejado nunca, en cuarenta años, de jugarte el cuello por un principio, aunque a mí me costara tantas canas.
—Y tú, Elvira —respondió él, ya con la voz apenas un susurro—, gracias por haberme enseñado a medir las palabras sin dejar nunca de decirlas. Sin tu cabeza fría, mi fuego se habría consumido solo, sin llegar a calentar a nadie más que a mí mismo.
Las campanas de San Julián doblaron por Pelayo aquella misma tarde, y el concejo entero de Llanera, una vez más, se congregó para despedir a uno de los suyos, con el mismo respeto con que había despedido, años atrás, a Xuan Fernández y a don Rodrigo.
Entre los presentes en el entierro, uno de los nietos más pequeños de Pelayo, que apenas contaba seis años y no llegaba a comprender del todo la solemnidad de lo que ocurría, le preguntó a su madre, Tarasia, por qué tanta gente lloraba por un abuelo que, según le habían contado, había vivido una vida larga y buena.
—Porque una vida larga y buena, cuando termina, también se llora, hijo —le respondió Tarasia, tomándolo de la mano mientras el cortejo avanzaba hacia el camposanto de San Julián—.
No se llora solo lo que se pierde de repente y sin aviso.
Se llora también lo que se ha tenido la suerte de tener durante mucho tiempo, precisamente porque se sabe, mejor que nadie, todo lo que se pierde con ello.
El niño no respondió, pero guardó aquella respuesta, como guardaría con los años tantas otras cosas de su familia, sin saber todavía que un día sería él mismo quien tendría que explicársela a sus propios hijos.
Elvira le sobrevivió cuatro años más, sostenida por sus hijos, por sus nietos, y por la taberna de San Cucao, que nunca dejó de regentar hasta que las fuerzas se lo impidieron del todo, y murió, en paz, en el verano de 1447, exactamente en la época del año en que cada verano se celebraba la fiesta del prado de Posada, de modo que su propio funeral se mezcló, sin que nadie lo hubiera planeado así, con la reunión festiva que Osenda había fundado tantos años atrás.
—Es como ella hubiera querido —comentó Tarasia, su hija, ya mujer de mediana edad, viendo cómo el luto y la celebración convivían aquel día en el mismo prado—. Nunca separó del todo el dolor de la esperanza. Decía siempre que las dos cosas cabían juntas, si se sabía sostenerlas bien.
Las campanas de las once parroquias de Llanera repicaron aquella tarde, como repicaban cada domingo desde hacía treinta y cinco años, sin que ya nadie, salvo los más ancianos del concejo, recordara con precisión cómo había sido un domingo sin ellas.
Pero en algún lugar de cada casería, en la memoria transmitida de padres a hijos que Osenda había querido preservar con su fiesta de verano, seguía viva la certeza que Pelayo había formulado, muchos años atrás, sentado a la puerta de su casa con su primera hija dormida en brazos de su madre: que un concejo que se sostiene unido puede aguantar hasta que deja de aguantar, y que, cuando por fin deja de aguantar, las campanas siempre, tarde o temprano, vuelven a sonar.
Esta historia empezó con un repique de 1408, el último antes de cuatro años de silencio.
Termina, treinta y nueve años después, con otro repique distinto: no el de una absolución, ni el de una boda, sino el sencillo, cotidiano, imprescindible repique de un domingo cualquiera, en un concejo que ya no necesita recordar cada día lo que le costó volver a merecerlo, pero que tampoco lo olvida del todo, gracias a quienes, verano tras verano, siguen contando esta historia bajo el mismo roble, en el mismo prado, con las mismas campanas de fondo.
«Las campanas siempre, tarde o temprano, vuelven a sonar»