El silencio de las campanas: Los Exconxuraos de Llanera CAPÍTULO XLVIII. Don Rodrigo
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CAPÍTULO XLVIII. Don Rodrigo

CAPÍTULO XLVIII. Don Rodrigo

Nunca dejó de oficiar, cada verano, la homilía de la fiesta del prado de Posada, ni de recordar, cada vez con menos necesidad de dramatismo y más con la serenidad de quien cuenta una historia ya digerida, los cuatro años en que había tenido que elegir entre la obediencia debida a su obispo y la fidelidad debida a su gente.

Fue él mismo quien, en sus últimos años, empezó a instruir a un joven cura recién llegado de Oviedo, destinado a sucederle en la parroquia, en los pormenores de aquella historia que el propio don Rodrigo consideraba, más que ninguna otra enseñanza teológica, la lección central de su vida como sacerdote.

—Un día tendréis que elegir, hijo, entre lo que le debéis a la institución que os ha ordenado y lo que le debéis a la gente concreta que os confía sus vidas —le dijo al joven cura, pocos meses antes de morir—.

Espero, por vuestro bien, que vuestra elección nunca sea tan dura como la que a mí me tocó vivir.

Pero si algún día lo es, recordad que Dios, en mi experiencia, siempre ha estado más cerca de la gente concreta que de la institución abstracta, por mucho que la institución diga hablar en su nombre.

El joven cura, que se llamaba Ordoño y que había llegado a San Julián con la cabeza llena de la formación rígida del cabildo ovetense, confesó más tarde, ya él mismo entrado en años, que aquellas conversaciones con don Rodrigo le habían costado más entender que ningún tratado de teología que hubiera estudiado en Oviedo.

—Me hablaba de un entredicho como quien habla de una prueba superada, no de una herida —recordaría Ordoño, décadas después, a sus propios feligreses—.

Y solo con los años entendí que la serenidad con que me lo contaba no era indiferencia, sino la paz de un hombre que había hecho, en su momento, lo correcto, y que había tenido veintitantos años para comprobar que no se había equivocado.

Fue Ordoño, precisamente, quien conservó con más cuidado, ya como párroco titular de San Julián, el pergamino firmado en el prado de Posada, y quien empezó la costumbre, todavía viva generaciones después, de leerlo en voz alta ante los vecinos reunidos cada vez que se cumplía un nuevo aniversario redondo de la absolución.

Pelayo y Elvira, ya ellos mismos muy ancianos, asistieron al funeral de don Rodrigo con el mismo dolor sereno con que habían asistido, años atrás, al de Xuan Fernández: el dolor de quien despide no a un desconocido, sino a una parte de la propia historia que se marcha con cada muerte, dejando el peso de recordarla sobre hombros cada vez menos numerosos.

—Ya solo quedamos nosotros dos, de los que estuvimos allí desde el principio —le dijo Pelayo a Elvira, esa misma noche—. Xuan, don Rodrigo... uno a uno se nos van yendo los que sostuvieron esto con nosotros.

—Y uno a uno nos iremos también nosotros, Pelayo, cuando toque —respondió Elvira, sin ninguna tristeza especial en la voz, solo la misma aceptación serena con que había afrontado cada prueba de su vida—.

Lo importante no es cuánto dure cada uno de nosotros sosteniendo la memoria.

Es que la memoria misma no se detenga cuando nosotros nos detengamos.

Y de eso, gracias a Osenda y a la fiesta que empezó, ya no tenemos que preocuparnos tanto como antes.

«Dios siempre ha estado más cerca de la gente concreta que de la institución abstracta»