CAPÍTULO XLVII. El último invierno de Xuan Fernández
CAPÍTULO XLVII. El último invierno de Xuan Fernández
Pelayo, ya él mismo un hombre mayor con nietos propios, estuvo a su lado en sus últimos días, tal como Xuan había estado, décadas atrás, junto a un Pelayo mucho más joven en cada asamblea decisiva de la resistencia.
—Me habéis enseñado más de lo que yo mismo pude aprender solo, Xuan Fernández —le dijo Pelayo, sentado junto al lecho del anciano personero, en una casa de Villardeveyo que Aldara, ya también fallecida años atrás, había mantenido cálida hasta el final—.
Cuando llegasteis a describir, en aquel mercado de hace tantos años, a un hombre que hacía falta para llevar la palabra del concejo hasta tierras lejanas, no sabía que estabais describiendo también, sin saberlo, al hombre en que yo mismo acabaría convirtiéndome, en parte gracias a vos.
Xuan, con la voz ya reducida a un hilo pero la mente todavía lúcida, sonrió débilmente.
—Ese es el mejor legado que un hombre viejo puede dejar, Pelayo —dijo—.
No las palabras que dijo, sino las personas en quienes esas palabras, con el tiempo, se convirtieron.
Vos habéis sido, estos veintidós años, mejor personero de lo que yo fui nunca, aunque nunca hayáis llevado el cargo formalmente.
Eso lo sé, y lo he visto, y me marcho tranquilo sabiéndolo.
Murió pocos días después, en paz, con toda su familia alrededor y con las campanas de Villardeveyo, según pidió expresamente, doblando por él la tarde de su entierro con el mismo repique lento y solemne que él mismo había ayudado a devolverle a todo el concejo, veintidós años atrás.
Al funeral acudió Llanera entera, once parroquias completas, en un cortejo que a Pelayo, mientras caminaba tras el féretro, le recordó, con una punzada de memoria que le apretó el pecho, al cortejo penitencial que aquel mismo concejo había formado, descalzo, camino de Oviedo, hacía ya más de dos décadas.
Entre los presentes, muchos jóvenes que nunca habían conocido a Xuan Fernández más que como el anciano callado que se sentaba cada verano en un rincón discreto de la fiesta del prado de Posada, escuchando sin corregir apenas los relatos deformados de una historia que él mismo había vivido, se sorprendieron al oír, aquel día, el relato completo de lo que aquel hombre pequeño y encorvado había significado en su día para todo el concejo: el que había convocado la primera asamblea, el que había llevado la voz de Llanera hasta un cabildo entero, el que había firmado, con mano firme, el documento que sus propios nietos guardaban todavía, copiado y recopiado, en el arca de la iglesia.
Un joven de Ferroñes, nieto del propio Pero de la Portiella, comentó a su padre, camino de vuelta del funeral, que hasta ese mismo día no había entendido de verdad por qué tanto vecino de tantas parroquias distintas trataba a aquel anciano con un respeto que nunca le había visto dedicar a nadie más.
—Ahora ya lo sabes —le respondió su padre—, y ahora te toca a ti contárselo a tus propios hijos, cuando llegue el momento, para que tampoco ellos lo olviden.
—Se ha ido el último de los que hablaron aquel día en el prado de Posada —le dijo Pelayo a Elvira, esa misma noche, ya los dos ancianos también, sentados juntos frente al fuego de la casa que compartían desde hacía más de veinte años—.
Ahora nos toca a nosotros ser la memoria que quede, hasta que también a nosotros nos toque ceder el lugar a quien venga después.
—Y cuando nos toque —respondió Elvira, apretándole la mano con la misma firmeza de siempre, aunque ya con los dedos más delgados de la vejez—, que sea también con las campanas sonando, y con la certeza de que alguien, después de nosotros, va a seguir contando esta historia con el mismo cuidado con que Xuan Fernández cuidó cada palabra que dijo en nuestro nombre.
«Ahora nos toca a nosotros ser la memoria que quede»