El silencio de las campanas: Los Exconxuraos de Llanera CAPÍTULO XLVI. La madre de Elvira
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CAPÍTULO XLVI. La madre de Elvira

CAPÍTULO XLVI. La madre de Elvira

Fue una muerte tranquila, sin la urgencia trágica de la de Tarasia años atrás, y quizá por eso mismo esta historia no le ha dedicado hasta ahora el espacio que merece: Froilana había sostenido, con su hija, la taberna de San Cucao durante los peores años del entredicho, había sobrevivido al ataque nocturno que destrozó el mostrador de su difunto marido, y había visto, con una paciencia que Elvira reconocía haber heredado en buena parte de ella, cómo su hija se convertía, año tras año, en una de las columnas de la resistencia de todo el concejo.

—Nunca te dije, mientras pasaba, lo orgullosa que estaba de ti —le confesó a Elvira, en sus últimos días, con la voz ya débil pero la mente todavía clara—.

Pensé que decírtelo te distraería de lo que tenías que hacer.

Ahora que ya no hay distracción posible, quiero que lo sepas: cada decisión que tomaste, cada noche que pasaste calculando cómo sostener a este concejo, la vi, y me llenó de un orgullo que no supe cómo expresarte a tiempo.

—Lo sabía, madre, aunque no me lo dijeras —respondió Elvira, sosteniéndole la mano—. Una hija sabe estas cosas sin que hagan falta palabras, sobre todo si la madre es tan parecida a ella como sois vos.

Froilana murió pocos días después, con extremaunción, con don Rodrigo a su cabecera, con Elvira y Pelayo y la pequeña Tarasia —que apenas tenía dos años y no guardaría memoria alguna de aquella abuela— reunidos alrededor de su lecho, y fue enterrada en el camposanto de San Cucao con toda la ceremonia que el entredicho le había negado, años atrás, a la propia Tarasia de Lugo.

—Al menos a vos os ha tocado la muerte fácil, madre —le dijo Elvira, ante la tumba recién cerrada, con una mezcla de dolor y de gratitud que no intentó disimular—.

La que a mi suegra le fue negada. Que descanséis las dos, cada una en su tierra, sabiendo que ninguna de las dos murió en vano lo que tuvo que sufrir para llegar hasta aquí.

Aquella noche, ya en la taberna vacía de clientes, Pelayo encontró a Elvira sentada sola tras el mostrador que su suegro había construido y que ahora, con la muerte de Froilana, pasaba a pertenecerle enteramente a ella, sin nadie por encima.

No lloraba; miraba, simplemente, la madera gastada por décadas de manos apoyadas en ella, como si tratara de reconocer en sus vetas algo de las dos mujeres que la habían cuidado antes que ella.

—Ahora esta taberna es tuya del todo —le dijo Pelayo, sentándose a su lado sin decir nada más durante un rato—. Como este concejo, en cierto modo, también lo es un poco: lo sostuviste cuando hacía falta, y nadie te lo puede quitar ya.

—No quiero que sea mía del todo, Pelayo —respondió ella, apoyando por fin la cabeza en su hombro—.

Quiero que sea nuestra, como lo fue de mi madre y de mi suegro antes que nuestra.

Las cosas que se sostienen solas, sin nadie más, acaban cayendo.

Eso también lo aprendí durante el entredicho, y no pienso olvidarlo ahora que ya no hace falta resistir nada.

«Una hija sabe estas cosas sin que hagan falta palabras»