El silencio de las campanas: Los Exconxuraos de Llanera CAPÍTULO XLV. La sequía
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CAPÍTULO XLV. La sequía

CAPÍTULO XLV. La sequía

Las cosechas de aquel año fueron magras en las once parroquias, y la reserva común que Elvira había fundado años atrás, ya reducida desde el fin del entredicho a un fondo modesto de previsión, resultó insuficiente para sostener a todas las familias que aquel verano se vieron en apuros.

—Es más fácil unir a un concejo contra un comendero injusto que contra una nube que no llueve —le confesó Xuan Fernández a Pelayo, ya los dos hombres de cierta edad, durante una asamblea convocada para discutir cómo repartir lo poco que había—.

Cuando el enemigo tiene cara, todos sabemos hacia dónde mirar.

Cuando el enemigo es la propia tierra que no da fruto, cada uno empieza a mirar solo hacia su propio granero.

Hubo, en efecto, tensiones aquel verano que recordaron a algunos, con inquietud, las peores fricciones del entredicho: vecinos que se negaban a compartir grano con parroquias que consideraban menos necesitadas, alguna disputa por el uso de los pastos comunales que a punto estuvo de llegar a las manos, y una sensación general, extendida por todo el concejo, de que la unidad forjada durante cuatro años de silencio podía resultar, después de todo, más frágil de lo que a todos les gustaba creer.

Fue Elvira, ya con el pelo entrecano pero con la misma cabeza fría de siempre, quien propuso la solución que finalmente sostuvo al concejo aquel año difícil: no repartir el grano por igual entre todas las parroquias, sino por necesidad real, calculada casa por casa con el mismo cuidado meticuloso con que ella había llevado, años atrás, las cuentas de la resistencia entera.

—No es la primera vez que este concejo tiene que repartir lo poco que hay entre quienes más lo necesitan —les recordó a los hombres buenos reunidos en Posada—.

Lo hicimos durante el entredicho, cuando el enemigo tenía cara de comendero.

Podemos hacerlo ahora, cuando el enemigo tiene cara de cielo seco.

No hemos olvidado cómo, aunque algunos, este verano, parezcan haberlo olvidado.

El reparto calculado por Elvira, aunque no evitó del todo las estrecheces de aquel año, sí evitó que ninguna familia pasara verdadera hambre, y sirvió, según diría después Pelayo en más de una ocasión, para demostrar algo que ni el propio entredicho había logrado demostrar del todo: que la unidad de Llanera no dependía de tener un enemigo común al que resistir, sino de algo más profundo, aprendido a fuerza de cuatro años de silencio, que el concejo podía convocar en sí mismo cuando hacía falta, viniera el peligro de donde viniera.

Marina, ya convertida en una mujer de mediana edad y respetada en todo el concejo por la firmeza con que llevaba, junto a Elvira, las cuentas de la reserva común, fue quien recorrió parroquia por parroquia, aquel verano de sequía, explicando casa por casa por qué el reparto no sería igual para todos, y encajando, sin perder la paciencia, las quejas de más de un vecino que se sentía perjudicado.

—Ya lo hicimos difícil una vez, con el entredicho, y salió bien porque nadie se guardó nada para sí mismo —le decía a quien protestaba, con una autoridad tranquila que ya nada tenía que ver con la muchacha asustada que había perdido su vaca años atrás—.

Esto no es distinto. Solo que esta vez el enemigo no tiene cara de comendero, tiene cara de cielo seco, y contra eso no sirve la rabia, solo la cabeza fría que Elvira nos enseñó a tener.

«No hemos olvidado cómo, aunque algunos, este verano, parezcan haberlo olvidado»