El silencio de las campanas: Los Exconxuraos de Llanera CAPÍTULO XLIV. Tarasia, la hija
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CAPÍTULO XLIV. Tarasia, la hija

CAPÍTULO XLIV. Tarasia, la hija

Tarasia, la hija mayor de Pelayo y Elvira, llamada así en memoria de la abuela que nunca llegó a conocer, creció escuchando la historia de los cuatro años de silencio de tantas bocas distintas —su padre, su madre, su tía Osenda, el propio don Rodrigo desde el púlpito en las homilías que cada verano dedicaba a la fiesta del prado de Posada— que, ya de niña, era capaz de recitar de memoria buena parte de los hitos: la vaca de Bermudo, la asamblea que votó resistir, el apresamiento de Martín en Villardeveyo, la excomunión, los cuatro inviernos, la muerte del obispo, la procesión descalza, las campanas de San Salvador.

Lo que ninguna de aquellas narraciones lograba transmitirle del todo, sin embargo, era el silencio mismo: Tarasia había nacido después de la absolución, había crecido oyendo campanas cada domingo de su vida, y por más que se esforzara, no conseguía imaginar de verdad lo que significaba un domingo sin ellas.

—¿Cómo era, de verdad, no oírlas? —le preguntó a su madre una tarde, ya mocita, mientras la ayudaba a llevar las cuentas de la taberna que algún día heredaría—. No la historia que contáis todos. Cómo era de verdad, por dentro.

Elvira dejó la pluma un momento, pensando la respuesta con el mismo cuidado con que pensaba cualquier cosa importante.

—Era como si el mundo entero contuviera la respiración durante cuatro años, hija —dijo, al fin—.

No te lo puedo explicar mejor que eso. Uno se acostumbra a todo, incluso a un mundo sin campanas, pero la costumbre no es lo mismo que la paz.

Cada domingo, durante cuatro años, una parte de mí esperaba oírlas, aunque supiera que no iban a sonar.

Esa espera nunca se apagó del todo, ni siquiera cuando ya la habíamos convertido en costumbre.

—¿Y ahora? ¿Sigues esperándolas cada domingo?

Elvira sonrió, con una ternura que Tarasia solo le había visto dedicar a su padre y a sus hermanos.

—Ahora ya no espero, hija. Ahora simplemente las oigo, como cualquier otra cosa buena que ya no hace falta esperar porque siempre está ahí.

Eso es, quizá, lo más difícil de explicarte del silencio: que su verdadero final no fue el día que volvieron a sonar las campanas de San Salvador, sino el día, mucho después, en que dejé de contar los domingos por si volvían a callar.

Tarasia, que con los años llegaría a contar ella misma la historia a sus propios hijos, guardó aquella respuesta de su madre con más cuidado que cualquiera de los hitos que se sabía de memoria, porque entendió, incluso siendo todavía joven, que en ella había algo que ninguna crónica del concejo, por detallada que fuera, podría llegar a capturar del todo.

—Prométeme una cosa, madre —le dijo aquella misma tarde, ya casi al terminar las cuentas—.

Cuando yo tenga edad de contarle esto a mis propios hijos, no dejes que lo cuente solo con los hitos, como hacemos todos cada verano en la fiesta.

Ayúdame a que sepa contar también la espera, aunque nunca la haya vivido yo misma.

—Eso no puedo enseñártelo del todo, hija, porque algunas cosas solo se aprenden viviéndolas —respondió Elvira, volviendo a coger la pluma—.

Pero puedo enseñarte a escuchar de verdad cuando los que sí la vivieron te la cuenten, en vez de conformarte con la versión ya gastada de tantas repeticiones.

Esa escucha, si la practicas bien, es lo más parecido a haber esperado tú misma que vas a poder tener nunca.

Se lo contó, esa misma noche, a su padre, mientras cenaban los tres juntos a la luz del fuego, y Pelayo, que había escuchado en silencio el relato de la conversación, añadió algo que Elvira no le había dicho a su hija, quizá por no encontrar cómo decirlo, quizá por dejárselo a él, que siempre había tenido más facilidad para las palabras sencillas que ella para las suyas, más medidas.

—Tu madre no te ha contado una cosa, Tarasia, y es que ella fue quien más costó que dejara de contar los domingos —dijo Pelayo—.

Yo lo hice antes, creo, aunque nunca se lo dije con esas palabras.

Tu madre necesitaba estar segura del todo, hasta el último domingo, de que el silencio no iba a volver.

Así era ella durante el entredicho, y así siguió siendo después: la que llevaba las cuentas, la que no daba nada por hecho hasta comprobarlo dos veces.

Eso, hija, tampoco lo vas a encontrar en ninguna crónica, pero es tan parte de esta historia como cualquier fecha que te sepas de memoria.

Elvira, al oírlo, no lo desmintió, y se limitó a apretarle la mano a su marido bajo la mesa, un gesto pequeño que Tarasia, ya acostumbrada a interpretar los silencios de sus padres casi tan bien como sus palabras, entendió sin necesidad de que nadie se lo explicara.

«Dejé de contar los domingos por si volvían a callar»