CAPÍTULO XLIII. El fin del Cisma
CAPÍTULO XLIII. El fin del Cisma
Fue don Rodrigo, siempre atento a las nuevas que llegaban de la Iglesia universal, quien explicó a Pelayo y a Elvira, una tarde de invierno junto al fuego, la importancia de lo ocurrido.
—Guillén de Monteverde, que en paz descanse, se formó siendo joven en la corte de Aviñón, sirviendo a un papa que la propia Iglesia, décadas después, ha terminado por no reconocer como legítimo —les dijo—.
Cuarenta años de cristiandad dividida, cada obediencia acusando a la otra de herejía, cada rincón de Europa con que preguntarse a qué papa debía obedecer.
Ahora, por fin, ese pleito mayor también se ha cerrado.
—¿Y eso cambia algo para nosotros, aquí en Llanera? —preguntó Pelayo, con la curiosidad práctica que nunca lo había abandonado del todo.
—Directamente, poco —admitió don Rodrigo—.
Pero me hace pensar, y quizá debería haceros pensar también a vosotros, en algo que llevo años masticando: que el mismo siglo que castigó a este concejo con cuatro años de silencio es también el siglo que ha sabido, por fin, sanar una división que llevaba dividiendo a toda la cristiandad desde antes de que ninguno de nosotros naciera.
Si la Iglesia entera puede sanar una herida de cuarenta años, quizá no haya herida, ni siquiera la nuestra, que esté condenada a no cerrarse nunca del todo.
Elvira, que escuchaba en silencio mientras cosía junto al fuego, levantó la vista con una media sonrisa.
—Habláis como si el mundo entero se ordenara solo para darnos lecciones a nosotros, don Rodrigo —dijo—. Pero os concedo que la lección, venga de donde venga, no está de más recordarla de vez en cuando.
—Lo que sí cambia, aunque sea poco —añadió don Rodrigo, tras pensarlo un momento más—, es que el nuevo papa reconocido por toda la cristiandad ya no carga con las sospechas ni las lealtades divididas que pesaban sobre los pontífices de una sola obediencia.
Guillén de Monteverde sirvió a un papa que media Europa no reconocía como legítimo, y eso, aunque nunca se dijera en voz alta, debió de pesar en la firmeza con que algunos obispos formados en esa misma corte imponían su autoridad, como si tuvieran algo que demostrar.
El obispo que os sucedió a él ya no cargará con esa sombra.
Puede que gobierne distinto, simplemente por no tener que demostrar nada.
—Entonces hasta la testarudez de Guillén de Monteverde tenía su explicación en algo que ni él mismo eligió —comentó Pelayo, pensativo—. No lo disculpa. Pero ayuda a entenderlo un poco mejor, si es que a estas alturas todavía nos hace falta entenderlo.
—A mí, después de tantos años, ya no me hace falta —dijo don Rodrigo—.
Pero a quien venga después de nosotros, y solo conozca esta historia de oídas, entenderlo bien puede evitarle simplificarla en un cuento de un mal obispo contra un concejo bueno.
Las cosas casi nunca fueron tan simples, ni siquiera entonces.
«Si la Iglesia entera puede sanar una herida de cuarenta años, quizá no haya herida condenada a no cerrarse nunca del todo»