El silencio de las campanas: Los Exconxuraos de Llanera CAPÍTULO XLII. El pergamino
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CAPÍTULO XLII. El pergamino

CAPÍTULO XLII. El pergamino

Xuan Fernández, ya muy anciano, insistió en estar presente cuando el escribano desplegó el pergamino sobre la mesa de su propia casa, y pidió, con una voz que ya no era la firme voz de personero de antaño pero que conservaba intacta la misma atención meticulosa, que se leyera en voz alta, una vez más, cada uno de los agravios recogidos: la vaca de Pero en Ferroñes, la deuda cobrada dos veces a Bermudo, la renta indebida de Aldonza de Arlós, y tantos otros nombres que el propio Xuan, con los años, había ido olvidando en los detalles pero no en la sustancia.

—Cópielo bien, joven —le dijo al escribano, cuando este terminó de leer—, y no cambie ni una palabra de las que allí están escritas, aunque le parezcan torpes o mal puestas.

Las escribimos así porque así las dijeron quienes las sufrieron, y una verdad mal escrita sigue siendo más verdad que una mentira bien redactada.

—Es que no lo escribimos como un simple inventario de agravios, joven —le explicó Xuan—.

Lo escribimos para que quien lo leyera dentro de cien años entendiera no solo lo que se nos hizo, sino lo que sentimos al sufrirlo.

Un papel que solo dice cifras se olvida deprisa.

Un papel que guarda también algo de la voz de quien habla, se queda.

El escribano, que no había nacido cuando ocurrieron los hechos que estaba copiando, preguntó, con la curiosidad propia de su oficio, si era cierto lo que había oído contar en Oviedo: que el concejo de Llanera guardaba, cada verano, una fiesta en memoria de aquellos años.

—Es cierto —respondió Xuan, con una sonrisa que le arrugó todavía más el rostro ya surcado—.

Cada verano, en el mismo prado donde votamos resistir y donde, después, negociamos la paz.

Vaya usted un día, si puede, y pregunte por Pelayo de Lugo o por su mujer Elvira.

Ellos le contarán la historia mejor que yo, que ya empiezo a mezclar los años.

Pelayo, avisado de la visita del escribano, acudió esa misma tarde a la casa de Xuan, y encontró al anciano personero sentado junto al pergamino recién copiado, con una expresión de paz que Pelayo no le había visto desde hacía años.

—Cuando yo ya no esté, Pelayo —le dijo Xuan—, este papel seguirá diciendo la verdad. Eso es lo único que de verdad me importa dejar atrás, más que ninguna otra cosa que haya hecho en mi vida.

—Dejáis mucho más que un papel, Xuan Fernández —respondió Pelayo—. Dejáis un concejo entero que sabe, gracias a vos, lo que es capaz de sostener cuando decide sostenerse unido. Eso tampoco se borra con la humedad de ninguna arca.

«Una verdad mal escrita sigue siendo más verdad que una mentira bien redactada»