CAPÍTULO XLI. La viuda de Arlós
CAPÍTULO XLI. La viuda de Arlós
Entre los nombres que Xuan Fernández había recitado en la primera asamblea de Posada como ejemplo de los agravios sufridos por el concejo, uno quedó, durante buena parte de esta historia, como poco más que una mención de pasada: la viuda de Arlós, a quien Martín había cobrado renta por una tierra que su marido, enfermo, ya no podía trabajar.
Merece, antes de cerrar del todo este relato, algo más que esa mención.
Se llamaba Aldonza, y había enviudado dos años antes del inicio del entredicho, cuando su marido, forero de una pequeña heredad en Arlós, murió de una fiebre que se lo llevó en apenas una semana, dejándola sola con dos hijas todavía pequeñas y una tierra que ella misma tuvo que aprender a trabajar sin ayuda, a fuerza de terquedad y de la solidaridad intermitente de algunos vecinos.
Cuando Martín, alegando que la tierra «no producía lo que debía producir sin un hombre que la trabajara a jornada completa», le exigió una renta que no correspondía a lo pactado en el fuero original de su difunto marido, Aldonza no tuvo medios ni conocimiento para discutir el cobro, y pagó, como pudo, dos veces lo que en justicia debía pagar solo una.
Durante los primeros años del entredicho, Aldonza vivió su propia resistencia silenciosa, sin acudir apenas a las asambleas —el trabajo de sus dos hijas de tierra y las tareas de la casa apenas le dejaban tiempo para nada más—, hasta que Elvira, al organizar la reserva común del concejo, se aseguró personalmente de que la viuda de Arlós recibiera su parte sin tener que pedirla, sabiendo, como sabía de tantas otras familias sostenidas por mujeres solas, lo difícil que resultaba a veces pedir ayuda en voz alta.
—No me la ofrezcas como limosna, Elvira —le dijo Aldonza, la primera vez que esta se presentó en su casa con un saco de grano—, que limosna no he pedido nunca y no pienso empezar ahora.
—No es limosna. Es lo que te corresponde por haber sostenido tu tierra y tus hijas sola durante dos años de entredicho sin que nadie te lo reconociera —respondió Elvira—.
Si prefieres verlo como una deuda del concejo contigo, en vez de como una ayuda mía, prefiérelo así.
Pero acéptalo, porque tus hijas no tienen la culpa de que su madre sea más orgullosa que hambrienta.
Aldonza aceptó, con el tiempo, y se convirtió, sin buscarlo, en una de las voces más firmes de las reuniones dominicales de Arlós, la parroquia donde había vivido siempre; cuando llegó por fin la absolución, fue ella quien insistió en que su nombre, y el agravio concreto que había sufrido, quedara recogido con precisión en el documento notarial que Xuan Fernández hizo firmar al cabildo.
—Quiero que quede escrito con mi nombre, no solo como «la viuda de Arlós» —dijo, cuando Xuan fue a tomarle declaración—. He sido viuda de Arlós toda mi vida adulta, pero también soy Aldonza, y lo que me hicieron me lo hicieron a mí, con mi nombre, no a una viudedad sin cara.
Xuan, que había recitado su caso genéricamente en tantas asambleas sin conocer siquiera su nombre de pila, se lo prometió, y así quedó, en el documento que el cabildo de Oviedo aceptó guardar en su archivo: no «la viuda de Arlós», sino Aldonza de Arlós, forera, con el relato completo de lo que se le había cobrado de más y la fecha exacta en que había pagado.
«He sido viuda de Arlós toda mi vida adulta, pero también soy Aldonza»