CAPÍTULO XL. Las once parroquias
CAPÍTULO XL. Las once parroquias
Es fácil, al contar una historia, dejar que dos o tres nombres carguen con el peso de todo un concejo, y esta misma novela no ha sido una excepción: Lugo y San Cucao, las parroquias de Pelayo y de Elvira, han ocupado la mayor parte de estas páginas, mientras que las otras nueve parroquias de Llanera —Ables, Bonielles, Cayés, Ferroñes, Villardeveyo, Rondiella, Santa Cruz, Lugones y las demás que componían el concejo entero— apenas han aparecido salvo como nombres de vecinos citados de paso.
Conviene, antes de cerrar del todo esta historia, dedicar siquiera un capítulo a recordar que el entredicho, y la resistencia que le siguió, no fueron solo cosa de dos parroquias con nombre y apellido, sino de once comunidades enteras que sufrieron, cada una a su manera, el mismo silencio.
En Ables, la parroquia de Bras y Sancha, el retorno de las campanas coincidió con la recolección de la mejor cosecha de manzana que se recordaba, y el párroco local, un hombre mayor que había pasado los cuatro años del entredicho más callado que don Rodrigo pero no menos fiel a su gente, celebró su primera misa pública con una congregación tan numerosa que hubo que dejar la puerta abierta para que cupieran cuantos querían asistir desde fuera.
En Bonielles, de donde procedía el hidalgo de barba blanca que había exigido en la primera asamblea que la resistencia se hiciera «con una condición», la noticia de la absolución llegó un día antes que a otras parroquias, gracias a un vecino que había hecho el viaje expresamente hasta Oviedo para presenciar la ceremonia, y que volvió corriendo, literalmente, los últimos tramos del camino para ser el primero en anunciarlo.
En Villardeveyo, tierra de Xuan Fernández, la celebración tuvo un carácter distinto, más sobrio, más consciente del peso que su propio vecino había cargado durante cinco años en nombre de todos; fue, según se contó después, la única parroquia donde, además de repicar las campanas, se guardó un instante de silencio deliberado, a petición del propio Xuan, «por los que no llegaron a oírlas volver a sonar».
En Ferroñes, donde Pero había perdido su ganado en el episodio que precipitó la primera asamblea, y donde el hidalgo que estuvo a punto de rechazar la penitencia entera había vivido su propio duelo sin sepultura cristiana para sus hijos, la celebración se mezcló, más que en ninguna otra parroquia, con lágrimas que no eran solo de alegría.
En Santa Cruz, la parroquia más pequeña de las once, con apenas una docena de caserías dispersas por una ladera empinada, la ausencia de campanas se había notado de una manera distinta a las demás: no había campanario propio, sino que sus vecinos oían, en los días de viento favorable, el repique lejano de Posada, y durante cuatro años aquel silencio distante había sido, para ellos, una prueba constante de que el resto del concejo tampoco tenía nada que ofrecerles.
Cuando por fin volvió el sonido, contaron después los más viejos, se corrió la voz de caserío en caserío antes incluso de que nadie lo hubiera anunciado formalmente, como si el aire mismo hubiera decidido llevar la noticia sin esperar a un mensajero.
Pelayo, que en los meses siguientes a la absolución tuvo ocasión de visitar, junto con Xuan Fernández, casi todas las parroquias del concejo para dar cuenta del documento notarial que se estaba redactando, volvió de aquellas visitas con una comprensión mucho más completa de lo que Llanera, en su conjunto, había vivido y sostenido.
—Cada parroquia tiene su propia versión de estos cuatro años, Elvira —le dijo, una noche, tras volver de Rondiella—. La nuestra es solo una entre once. Deberíamos recordarlo siempre, para no acabar creyendo que el concejo entero fue, sin más, la historia de nosotros dos.
—Lo sé —respondió Elvira—. Y por eso mismo, cuando llegue el día de contar esta historia, habrá que contarla también con espacio para las otras nueve.
«Cada parroquia tiene su propia versión de estos cuatro años»