CAPÍTULO XXXIX. La boda de Osenda
CAPÍTULO XXXIX. La boda de Osenda
De todas las bodas que Llanera celebró en los meses que siguieron a la absolución —y fueron muchas, entre las parejas que habían esperado años enteros por un sacramento que nadie podía darles—, ninguna llenó a Pelayo de una satisfacción tan sencilla y tan completa como la de su propia hermana.
Osenda se casó a finales de aquel mismo verano con un mozo de Cayés llamado Diego, hijo de una familia forera de tierras vecinas a las de Bermudo, a quien había conocido, como tantas parejas del concejo, en una de aquellas oraciones dominicales bajo el roble viejo que ella misma había ayudado a sostener con su voz insegura del primer domingo, convertida ya, con los años, en una de las voces más firmes del pequeño coro improvisado.
Diego era hombre tranquilo, de manos grandes y pocas palabras, que había esperado con paciencia casi tres años a que Osenda se sintiera lista para comprometerse, sin presionarla nunca, sabiendo, como sabía todo el concejo, cuánto había cargado ella con el peso de la casa de su hermano durante la larga ausencia de este.
—No te apresures por mí, Osenda —le había dicho Diego, en más de una ocasión, cuando ella misma dudaba si tenía derecho a pensar en su propia boda mientras el concejo entero seguía sin campanas—. Yo ya sé lo que quiero. Puedo esperar a que tú también lo sepas del todo, sin que nadie te apure.
La boda, celebrada también por don Rodrigo en la iglesia de San Julián apenas unas semanas después de la de Pelayo y Elvira, fue, como la propia Osenda había predicho entre risas, «mucho menos memorable» que la de su hermano, sin la carga simbólica de cerrar un compromiso sostenido durante cinco años de resistencia, pero no por ello menos sentida por quienes la vivieron.
—Toda mi vida he cuidado de otros —le confesó Osenda a Elvira, la víspera de la boda, mientras esta última la ayudaba a coser el vestido—.
De mi madre, cuando enfermó. De mi hermano, cuando se fue de viaje.
De todo el concejo, en cierto modo, cada domingo bajo el roble.
Ahora, por primera vez, alguien va a cuidar de mí, y no sé bien cómo se hace eso.
—Se aprende rápido —respondió Elvira, sin dejar de coser—. Yo tardé más de lo que me gusta admitir en dejar que Pelayo cuidara de mí tanto como yo cuidaba de él. Tú tienes la ventaja de haberlo visto de cerca en tu propio hermano. Aprovéchala.
El día de la boda, Pelayo entregó a su hermana ante el altar con una emoción que le costó disimular incluso ante los propios novios, pensando, mientras lo hacía, en su madre Tarasia, que no había llegado a ver a ninguno de sus dos hijos casados como Dios manda, y en lo mucho que Osenda se merecía, después de tantos años de sostener casas y penas ajenas, una boda que fuera, por una vez, enteramente suya.
«Ahora, por primera vez, alguien va a cuidar de mí»