CAPÍTULO XXXVIII. Los otros concejos
CAPÍTULO XXXVIII. Los otros concejos
La resistencia de Llanera, contra lo que Xuan Fernández había temido en los primeros años, cuando enviaba mensajeros a tierras vecinas sin apenas esperanza de respuesta más allá de la simpatía verbal, acabó teniendo un eco más largo del que nadie en el concejo había podido prever mientras lo vivía.
El viejo hidalgo de Siero que había hospedado a Pelayo en su periplo, y que había predicho, entre jarras de vino, que «si los concejos de Asturias aprendiéramos a hablar entre nosotros con la misma firmeza con que Llanera ha hablado con su obispo, otro gallo cantaría para todos», vivió lo bastante para ver cumplida, siquiera en parte, su propia profecía.
En los años que siguieron a la absolución de Llanera, llegaron a Lugo, por boca de arrieros y de algún viajero curioso, noticias de que dos concejos vecinos, envalentonados por el ejemplo de lo ocurrido, habían plantado cara con éxito a exigencias de renta que antes habrían tragado sin más, invocando expresamente, según se contaba, «lo que hicieron los de Llanera».
—No sé si somos nosotros quienes hemos cambiado algo, o si simplemente hemos sido los primeros en decir en voz alta lo que ya todos pensaban —le comentó Pelayo a Elvira, la noche que llegó esa noticia—.
Pero si de verdad ha servido de algo a otros concejos, entonces estos cuatro años de silencio han valido más de lo que yo mismo me atrevía a esperar mientras los vivíamos.
—Sirvió de algo aquí, que ya es mucho —respondió Elvira—. Si sirve de algo más allá, mejor. Pero no midamos lo que hicimos por lo que otros hagan después con nuestro ejemplo. Lo hicimos porque hacía falta hacerlo aquí, no para dar lecciones a nadie más.
Un mercader de paño que recorría con regularidad la ruta entre Oviedo y la costa, y que había conocido a Elvira en sus años de tabernera, le trajo una vez, envuelta en una broma, una versión del episodio de Llanera tal y como ya empezaba a contarse en mercados de tierras vecinas: una versión abreviada, con los nombres ya confundidos, que hacía de Elvira una suerte de heroína legendaria capaz de plantar cara ella sola al obispo de Oviedo.
—Dicen que fuisteis vos quien encabezó la procesión hasta Oviedo, espada en mano —le dijo el mercader, entre risas, sabiendo bien que exageraba.
—Dile a quien te lo contó que fui descalza y con el pecho descubierto, como el resto de las mujeres del concejo, y que la única arma que llevé fue la vela encendida que me tocaba llevar como penitente —respondió Elvira, también riendo—.
La verdad, contada bien, ya es lo bastante extraordinaria como para no necesitar espadas que nunca existieron.
Xuan Fernández, cuando le llegaron a él mismo versiones parecidas —en una de ellas convertido en un viejo guerrero que había desafiado personalmente al obispo en su propio palacio, espada al cinto y todo—, reaccionó con más preocupación que diversión.
—Me inquieta más que a vosotros dos esto de las historias deformadas —le confesó a Pelayo, durante una de sus últimas rondas juntos por las parroquias vecinas—.
No porque me moleste que exageren, sino porque temo que, dentro de cien años, alguien cuente esta historia tan cambiada que ya no sirva para lo que de verdad debería servir: para que la gente entienda que no hicieron falta espadas ni héroes solitarios, sino un concejo entero sosteniéndose los unos a los otros.
Si eso se pierde en la leyenda, habremos ganado fama y perdido la lección.
—Entonces aseguraos de que alguien la escriba bien, algún día, antes de que sea demasiado tarde —respondió Pelayo—. Vos tenéis mejor memoria que nadie para los detalles. Empezad por ahí, si tanto os inquieta.
«La verdad, contada bien, ya es lo bastante extraordinaria como para no necesitar espadas que nunca existieron»