CAPÍTULO XXXVII. La fiesta
CAPÍTULO XXXVII. La fiesta
Pasaron los años, como pasan siempre, y el concejo de Llanera, con las campanas sonando de nuevo cada domingo como si nunca hubieran callado, empezó a hacer con la memoria de aquellos cuatro años lo que toda comunidad acaba haciendo, tarde o temprano, con sus propias heridas cerradas: convertirlas, poco a poco, en celebración.
—No quiero que se nos olvide, con los años, lo que costó —le dijo Osenda a Elvira, ya mujeres ambas de cierta edad, mientras preparaban juntas la comida para la primera de aquellas reuniones—.
Los que vivimos el entredicho lo llevamos grabado.
Pero nuestros hijos, y los hijos de nuestros hijos, solo lo van a llevar grabado si alguien se lo sigue contando, año tras año, hasta que se convierta en parte de quiénes son, aunque ellos nunca hayan conocido un solo domingo sin campanas.
Pelayo, ya con el pelo entrecano y una segunda hija además de la primera, asistió a aquellas primeras reuniones con una mezcla de orgullo y de extrañeza: ver a los niños del concejo correr y jugar por el mismo prado donde él, joven todavía, había alzado la voz por primera vez ante toda la asamblea, mientras los mayores contaban la historia entre risas y algún silencio respetuoso, le producía la sensación extraña de estar asistiendo, en vida, a la conversión de su propia juventud en leyenda del concejo.
—Algún día —le dijo a Elvira, viendo a un grupo de niños representar, entre risas, una versión simplificada y ya un poco deformada de la asamblea de Posada, con un mozo haciendo de comendero humillado entre las carcajadas de los demás— van a contar esta historia sin que quede en ella ni rastro de lo que de verdad nos costó.
—Puede ser —respondió Elvira, sin ninguna amargura en la voz—.
Pero mejor que la cuenten deformada y con alegría, a que dejen de contarla del todo.
Una historia que se cuenta, aunque se deforme con los años, sigue viva.
Una historia que se calla, se muere entera, y con ella se muere también lo que aprendimos.
Xuan Fernández, ya muy anciano para entonces, acudió a las dos primeras reuniones apoyado en un bastón y en el brazo de uno de sus nietos, y se negó, ambas veces, a que nadie le preparara un asiento de honor o le pidiera un discurso formal.
—Ya hablé bastante por este concejo en su día —decía, cuando alguien insistía—. Ahora me toca escuchar cómo lo cuentan otros, y comprobar si se acuerdan de lo importante o solo de lo pintoresco.
Se sentaba, en cambio, en un rincón discreto del prado, entre los vecinos más jóvenes, y escuchaba con atención silenciosa cómo unos y otros iban narrando, cada cual a su manera, los episodios que él había vivido en primera persona: la asamblea que él mismo había convocado, la negociación que él mismo había conducido.
Le divertía, más que le molestaba, encontrar en esos relatos pequeñas inexactitudes —una fecha adelantada, un nombre confundido con otro— y solo corregía, con suavidad y sin reproche, aquellas que le parecían de verdad importantes: nunca las que embellecían la historia, siempre las que, a su juicio, podían hacer inconscientemente menos justicia a algún vecino concreto cuyo sacrificio merecía recordarse con precisión.
Con el paso de las generaciones, aquella reunión de verano en el prado de Posada se convirtió en fiesta fija del concejo, con su propio nombre —distinto ya, para entonces, del nombre documental de «los Perxuraos» que solo algún archivero recordaría con precisión—, y con su propia manera, cada vez más festiva y cada vez más alejada del dolor original, de recordar cuatro años en los que once parroquias enteras habían aprendido, a un precio muy alto, lo que era capaz de sostener un concejo que decide sostenerse unido.
«Una historia que se cuenta, aunque se deforme con los años, sigue viva»