El silencio de las campanas: Los Exconxuraos de Llanera CAPÍTULO XXXVI. El personero
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CAPÍTULO XXXVI. El personero

CAPÍTULO XXXVI. El personero

De todos los hombres y mujeres que sostuvieron la resistencia de Llanera durante el entredicho, ninguno cargó con un peso tan constante, tan poco vistoso y tan necesario como Xuan Fernández, y sin embargo esta historia, centrada como ha estado en Pelayo y en Elvira, apenas se ha detenido a mirar de cerca la vida propia del hombre que habló en nombre de todo el concejo ante tres delegados episcopales y, después, ante el obispo mismo.

Xuan tenía, cuando empezó todo, una mujer, Aldara, y tres hijos ya crecidos que trabajaban con él las tierras de Villardeveyo; una familia modesta pero holgada, ajena por completo a la vida pública hasta que la asamblea de Posada, casi sin que él lo buscara, lo convirtió en la voz del concejo entero.

Aldara, que había visto a su marido pasar de labrador respetado a blanco constante de las represalias de Martín —el embargo de su hacienda, las amenazas veladas, las noches enteras que Xuan pasaba fuera de casa resolviendo disputas ajenas en vez de las suyas propias—, nunca se quejó en público, pero confesó una vez a Elvira, en una de las pocas conversaciones que las dos mujeres tuvieron a solas, el precio real de aquella responsabilidad.

—Le he visto envejecer diez años en cuatro, Elvira —le dijo—.

No por el trabajo, que trabajo ha tenido siempre y nunca le ha pesado.

Por la carga de saber que, si algo de esto sale mal, no será solo su vida la que se juegue, sino la de once parroquias enteras que confían en que él escoja bien las palabras.

Eso envejece a un hombre más que cualquier invierno.

Fue esa misma carga la que Xuan llevó, casi sin descanso, desde la primera asamblea hasta la firma del documento notarial de reconocimiento de agravios, y la que, una vez resuelto todo, le pasó factura de una manera que él mismo reconoció sin aspavientos.

—Ya no tengo la cabeza que tenía hace cinco años —le confesó a Pelayo, meses después de la absolución, mientras revisaban juntos las últimas cuentas de la reserva común, ya a punto de disolverse—.

Cinco años pensando cada palabra dos veces antes de decirla, calculando cada consecuencia antes de cada asamblea.

Un hombre no sale de eso igual que entró, aunque salga vivo y con el pleito ganado.

Fue por esa razón, más que por la edad, por lo que Xuan Fernández cedió el cargo de personero, apenas un año después de la absolución, a un vecino más joven de Bonielles en quien había ido depositando, sin decirlo, buena parte de la confianza que antes reservaba solo para sí mismo.

No se retiró de la vida pública del concejo —seguía siendo, como se ha dicho ya, la voz que todos consultaban antes de cualquier decisión importante—, pero sí se retiró, con alivio confesado, de la responsabilidad última de hablar en nombre de todos.

—Que hable él ahora —le dijo a Pelayo, señalando a su joven sucesor con un gesto de la barbilla, el día en que se hizo pública la cesión del cargo—.

Yo ya he hablado bastante por esta vida.

Prefiero, de aquí en adelante, ser solo un vecino más de Villardeveyo, con opinión, eso sí, pero sin la obligación de que mi opinión sea la última palabra.

Pelayo, que le debía a aquel hombre más de lo que ninguna palabra de agradecimiento podría pagar del todo, le respondió lo único que le pareció digno de la ocasión.

—El concejo no olvidará quién habló por él cuando hacía falta hablar, Xuan, tengas o no el cargo. Eso no se cede con ningún nombramiento.

«Yo ya he hablado bastante por esta vida»