CAPÍTULO XXXV. Martín
CAPÍTULO XXXV. Martín
De Martín, el comendero cuya humillación en Villardeveyo había desencadenado, cinco años atrás, la excomunión de todo un concejo, se supo poco durante los meses que siguieron a la absolución, y lo poco que se supo llegó siempre de segunda mano, por boca de arrieros o de algún vecino que lo había visto de lejos en el mercado de Oviedo.
Fue el propio Pelayo quien, casi por casualidad, tuvo con él el último encuentro que esta historia puede contar con algo de certeza.
Ocurrió a finales de aquel mismo verano, en una venta del camino entre Posada y Oviedo, adonde Pelayo había ido a hacer una gestión para Xuan Fernández.
Martín estaba allí, sentado solo a una mesa junto a la ventana, vestido con menos ostentación de la que Pelayo le había visto nunca, y por un momento ninguno de los dos supo si el otro iba a fingir no haberlo reconocido.
Fue Martín quien, para sorpresa de Pelayo, le hizo un gesto para que se sentara.
—No voy a pediros perdón, Pelayo de Lugo —dijo, sin preámbulo, cuando Pelayo, con más cautela que confianza, tomó asiento frente a él—.
No sería sincero, y a estas alturas de mi vida ya no tengo ganas de fingir sinceridades que no siento del todo.
Pero sí voy a deciros algo que quizá no esperéis oír de mi boca: cobré lo que se me ordenó cobrar, del modo en que se me enseñó a cobrarlo, y durante años pensé que eso me hacía un hombre cumplidor de su deber. Ya no estoy tan seguro.
Pelayo, que había imaginado aquel encuentro de mil maneras distintas a lo largo de los años, ninguna de ellas parecida a esta, no supo al principio qué responder.
—El nuevo obispo os sustituyó —dijo, al fin, sin acritud, solo constatando un hecho.
—Me sustituyó, sí. Y con razón, probablemente, aunque no crea que eso me resulte fácil de admitir en voz alta —respondió Martín, con una media sonrisa amarga que a Pelayo le pareció, por primera vez, la de un hombre y no la de un cargo—.
Vivo ahora de una pequeña hacienda que tenía ya antes de ser comendero, en tierras de mi propia familia.
No es la vida que había planeado, pero es, quizá, más vida de la que otros hombres en mi posición han tenido derecho a conservar, después de lo que se vivió en Villardeveyo.
—No fue idea mía, lo de Villardeveyo —dijo Pelayo, sin saber muy bien por qué sentía la necesidad de aclararlo—. Se nos fue de las manos a todos.
—Lo sé. Xuan Fernández me lo gritó aquel mismo día, si mal no recuerdo, y le creí entonces, aunque no lo dijera en voz alta —respondió Martín—.
Un concejo entero no planea humillar a un hombre.
Un concejo entero, cuando ya no aguanta más, simplemente deja de aguantar, y lo que pasa después pasa solo, sin que nadie lo dirija del todo.
Debería haberlo entendido antes de que costara cuatro años de campanas calladas. No lo entendí.
Se quedaron un rato en silencio, cada uno con su jarra, sin que ninguno de los dos buscara alargar la conversación más de lo necesario. Fue Martín quien, al levantarse para marcharse, dijo la última frase que Pelayo habría de recordar de aquel encuentro.
—Decidle a vuestra mujer, si os parece oportuno, que la tabernera de San Cucao tenía razón en algo que una vez me dijeron que había dicho de mí, aunque en su momento me llegó como insulto: que yo sabía sangrar a un concejo despacio, para que no se notara.
Tenía razón. No me di cuenta de que se notaba de todos modos, tarde o temprano.
Ojalá el próximo hombre que ocupe mi antiguo cargo lo aprenda sin tener que pagarlo tan caro como yo.
Pelayo no volvió a ver a Martín después de aquella tarde, ni buscó ocasión de hacerlo. Pero cuando, esa misma noche, le contó a Elvira palabra por palabra lo que Martín le había dicho, ella escuchó en silencio, y al final, sin ninguna satisfacción visible en el rostro, dijo solamente:
—No sé si eso es arrepentimiento de verdad o solo el cansancio de un hombre que ha perdido lo que tenía.
Pero prefiero que un hombre que nos hizo tanto daño se marche entendiendo, aunque sea tarde, por qué se lo hicimos pagar, a que se marche sin entenderlo nunca.
Eso también es parte de lo que ganamos estos cuatro años, aunque no lo pidiéramos en ninguna asamblea.
«Un concejo entero, cuando ya no aguanta más, simplemente deja de aguantar»