CAPÍTULO XXXIV. El resto del concejo
CAPÍTULO XXXIV. El resto del concejo
Bermudo de Cayés, el mismo vecino cuya vaca embargada había encendido, cinco años atrás, la primera chispa de la asamblea de Posada, y que había estado a punto de romper el juramento colectivo por miedo y por enfermedad, vivió para ver las campanas volver a sonar.
La misma noche en que San Julián de Lugo repicó por primera vez, un vecino de Cayés cabalgó hasta su casa solo para contárselo, y Marina, su mujer, lloró de alivio con una intensidad que sorprendió a sus propios hijos, ya crecidos, que no habían visto llorar así a su madre ni en los peores inviernos del entredicho.
—Elvira me dijo, hace años, que mi familia no pasaría hambre por seguir en el juramento —le confesó Bermudo a Pelayo, semanas después, en el mercado de Posada, ya repuesto y con una vaca nueva pastando en su prado, comprada con lo ahorrado de la reserva común—.
Cumplió su palabra entonces. Ahora que todo ha terminado bien, quiero que sepa que la mía, la que estuve a punto de romper, se la debo también a ella.
Dígaselo, si no le importa, que yo nunca he sido hombre de encontrar las palabras a tiempo.
Pelayo se lo dijo, y Elvira, al oírlo, no dijo nada durante un rato largo, y cuando por fin habló, fue solo para pedirle a Pelayo que no volviera a repetir aquella historia delante de ella, porque las lágrimas de gratitud, según decía, se le daban peor que las de pena.
Hubo también, aquellas semanas, una ceremonia más pequeña que la boda de Pelayo y Elvira, pero no menos esperada por quienes la vivieron: don Rodrigo, con el mismo derecho que había reclamado para casar a los protagonistas de esta historia, quiso además dar su bendición pública, ante todo Lugo, al matrimonio de Bras de Villardeveyo y Sancha de Ables, casados en secreto por él mismo tres inviernos atrás, en la misma iglesia y a la misma luz de una sola vela que ahora, por fin, podía multiplicarse en todos los cirios del altar.
—Os casé entonces contra la orden de mi obispo, porque me pareció que había pecados de obediencia que pesaban más que los de desobediencia —les dijo don Rodrigo, ante la iglesia llena—.
Hoy os bendigo de nuevo, esta vez con la obediencia y la conciencia por fin de acuerdo, y os pido perdón por haberos hecho esperar tanto tiempo esta luz, aunque no fuera culpa mía ni vuestra que tardara en llegar.
Bras, que nunca había sido hombre de muchas palabras, se limitó a estrecharle la mano al cura con una fuerza que decía más que cualquier discurso; Sancha, en cambio, lloró, como habían llorado tantas mujeres del concejo aquellas semanas, sin que ya nadie necesitara disimularlo ni pedir perdón por ello.
Quedaba, además, un asunto menos festivo pero igual de necesario: la constancia notarial del reconocimiento de los agravios, la condición que el propio concejo había impuesto a cambio de aceptar la penitencia.
Xuan Fernández, acompañado de un escribano llegado expresamente de Oviedo, pasó buena parte de un mes recorriendo las once parroquias para recoger, de boca de cada familia afectada, un relato ordenado de lo sufrido —la vaca de Pero en Ferroñes, la deuda cobrada dos veces a Bermudo, la renta exigida a la viuda de Arlós por una tierra que su marido, enfermo, ya no trabajaba—, y todo ello quedó recogido, con fecha y firma, en un documento que el propio cabildo de Oviedo aceptó guardar en su archivo como reconocimiento formal de que el concejo no se había rebelado por capricho.
No todo el registro resultó igual de sencillo.
Pero de la Portiella, el forero de Ferroñes a quien el embargo de su ganado había sido, cinco años atrás, uno de los primeros agravios recitados por Xuan en el mercado de Posada, se mostró reacio, cuando le llegó el turno, a que su caso quedara escrito con todo detalle.
—¿Para qué remover ahora lo que ya está pasado? —le dijo al escribano, incómodo—. El comendero se ha ido, el obispo nuevo parece hombre justo. Bastante tenemos con haber salido adelante.
Fue Xuan quien, con paciencia, le hizo ver que aquel papel no se escribía para reabrir viejas heridas, sino precisamente para que, si algún día un comendero futuro intentaba repetir los mismos abusos, el concejo pudiera señalar, con fecha y firma, que aquello ya había ocurrido antes y que la Iglesia misma lo había reconocido como agravio.
Pero, convencido a medias pero convencido al fin, accedió, y su testimonio quedó recogido junto al del resto de las once parroquias.
—Dentro de cien años —le dijo Xuan a Pelayo, mientras sellaban el último pliego—, cuando ya no quede nadie que recuerde nuestras caras, este papel seguirá diciendo la verdad de lo que pasó aquí. Eso, más que la propia absolución, es lo que a mí más satisfacción me da de todo este año.
Pelayo, que había pasado media vida reciente recogiendo testimonios ajenos por los caminos de Asturias, no pudo sino darle la razón: había aprendido, en aquellos años de viaje, que las palabras dichas se las lleva el viento, pero las palabras escritas y guardadas se quedan, para quien sepa buscarlas, mucho después de que se apague la última vela de quien las pronunció.
«Hoy os bendigo de nuevo, esta vez con la obediencia y la conciencia por fin de acuerdo»