El silencio de las campanas: Los Exconxuraos de Llanera CAPÍTULO XXXIII. Lo que quedó de las campanas
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CAPÍTULO XXXIII. Lo que quedó de las campanas

CAPÍTULO XXXIII. Lo que quedó de las campanas

Todo, y a la vez nada, había cambiado.

Las campanas de las once parroquias sonaban de nuevo cada domingo, cada bautizo, cada entierro, cada hora canónica, como si nunca hubieran callado; los niños nacidos durante el entredicho, ya crecidos, escuchaban con extrañeza las historias de sus padres sobre años sin campanas, como quien oye contar un tiempo de hambre que ya no puede imaginarse del todo.

Martín, el comendero, había sido sustituido pocos meses después de la absolución por un hombre de trato más templado, y de la vieja tiranía apenas quedaba, en la memoria del concejo, algo más que un nombre que ya empezaba a pronunciarse con más lástima que con odio.

Xuan Fernández, ya mayor, había cedido el cargo de personero a un vecino de Bonielles más joven, pero seguía siendo, para todo Llanera, la voz que se consultaba antes de cualquier decisión importante.

Don Rodrigo continuaba al frente de la parroquia de San Julián, y se le veía, los domingos, predicar con una autoridad tranquila que los años de clandestinidad le habían dado y que ningún seminario le habría podido enseñar.

Osenda, la hermana de Pelayo, se había casado también aquel mismo año, con un mozo de Cayés, en una ceremonia mucho menos memorable que la de su hermano, y por eso mismo, decía ella riendo, mucho más fácil de disfrutar.

Y sin embargo, algo sí había cambiado, algo que Pelayo no habría sabido nombrar del todo si Elvira no se lo hubiera puesto en palabras, meses atrás, una noche de invierno junto al fuego.

—Ya no somos el mismo concejo que era antes de 1408 —había dicho ella—.

No porque hayamos ganado nada que no tuviéramos ya, sino porque ahora sabemos, todos, lo que somos capaces de aguantar juntos cuando hace falta.

Eso no se olvida. Eso se queda, aunque las campanas suenen todos los días como si nunca hubieran callado.

Con el tiempo, en las tabernas y en las cocinas de Llanera, la historia de aquellos cuatro años empezó a contarse y recontarse, y como ocurre siempre con lo que se cuenta de boca en boca durante generaciones, los detalles se fueron desgastando, confundiendo, embelleciendo, hasta que el nombre mismo con el que los vecinos de la época se habían referido a sí mismos —los Perxuraos, los perjuros, por haber roto el juramento debido— se fue deformando en boca de los nietos y los bisnietos hasta convertirse en «los Exconxuraos», nombre que ya nadie sabría explicar del todo, pero que todo Llanera seguiría reconociendo, siglos después, como suyo. [41]

Pelayo, aquella tarde de verano de 1413, con su hija dormida y las campanas de San Julián marcando a lo lejos la hora del ángelus, pensó que quizá fuera eso, después de todo, lo que quedaba de cuatro años de silencio: no el silencio mismo, que ya casi nadie recordaba con precisión, sino la certeza tranquila, transmitida de padres a hijos, de que un concejo que se sostiene unido puede aguantar hasta que deja de aguantar, y de que, cuando por fin deja de aguantar, las campanas siempre, tarde o temprano, vuelven a sonar.

—¿En qué piensas? —le preguntó Elvira, viéndolo callado.

—En las campanas —respondió él—. En que ya no me paro a escucharlas como antes. Y en que eso, quizá, sea la mejor señal de que de verdad se acabó.

Elvira sonrió, y no dijo nada más. No hacía falta.

«Un concejo que se sostiene unido puede aguantar hasta que deja de aguantar, y las campanas siempre, tarde o temprano, vuelven a sonar»