CAPÍTULO XXXII. La boda
CAPÍTULO XXXII. La boda
El regreso a Llanera, cinco días después de la absolución, fue tan distinto de la ida como puede serlo un mismo camino recorrido dos veces: donde a la ida habían caminado descalzos y en silencio, cargados de una gravedad casi litúrgica, a la vuelta caminaron cantando, con los pies ya vendados o simplemente doloridos sin más remedio que la paciencia, pero con un ánimo que ninguna herida podía apagar.
Llegaron a Lugo de Llanera un domingo por la tarde, y esa misma noche, por primera vez en cuatro años, las campanas de San Julián —reparado a toda prisa el mecanismo que el abandono había dejado oxidado— repicaron sobre el concejo entero, y aquel sonido, esperado durante tanto tiempo, hizo salir a la gente de sus casas como si fuera fiesta mayor, aunque nadie hubiera convocado nada.
La boda se celebró un sábado de finales de julio, con la iglesia de San Julián llena hasta la puerta y buena parte del concejo apiñado fuera, en la plaza, para ver salir a los novios.
Elvira llevaba un vestido sencillo, cosido por Osenda con la misma dedicación con que había cosido los sacos penitenciales semanas antes, y Pelayo, por primera vez en años, unas botas nuevas que había comprado con lo ahorrado de la última cosecha, como si después de tanto caminar descalzo quisiera entrar en su nueva vida con los pies bien calzados.
—Pelayo de Lugo y Elvira de San Cucao —dijo don Rodrigo, con la voz que Pelayo recordaba de los sermones de su infancia, antes de que el silencio se lo llevara todo—, os habéis sostenido el uno al otro durante los cuatro años más duros que este concejo recuerda, sin más sacramento que vuestra propia palabra empeñada.
Hoy, por fin, la Iglesia puede poner su bendición donde ya estaba, desde hace tiempo, vuestro compromiso verdadero.
Entre los presentes, apretujado cerca de la puerta para poder ver la salida de los novios, estaba también el arriero que meses atrás había intentado espiar a Elvira para Martín, y a quien esta había convertido, con la misma frialdad calculadora con que resolvía todo, en un vecino más útil que peligroso.
Nadie salvo Elvira, Osenda y Xuan Fernández sabía ya de aquel episodio, y el hombre, con los ojos húmedos como tantos otros aquel día, aplaudió a los novios con un entusiasmo que no tenía nada de fingido.
—Hasta él ha venido a alegrarse por vos —le comentó Osenda a Elvira, en voz baja, señalando con la barbilla al arriero—. ¿No os hace gracia?
—Me hace pensar que este concejo tiene una capacidad de perdonar que no siempre se ha ganado del todo, y que yo misma no siempre merezco tanto como él —respondió Elvira, observando al hombre con algo parecido al afecto—. Pero no, Osenda. No me hace gracia. Me hace bien.
Tras la ceremonia, el concejo entero de Lugo y buena parte de San Cucao se trasladó al prado junto al roble viejo —el mismo donde Pelayo y Elvira se habían visto cada domingo de su noviazgo, el mismo donde reposaba, desde años atrás, el cuerpo de Tarasia— para celebrar con comida compartida, sidra de la mejor cosecha en años y música de gaita y pandereta que Llanera no había vuelto a oír en una fiesta pública desde antes del entredicho.
Xuan Fernández, Bermudo y su familia, Bras y Sancha, y hasta el vecino de Ferroñes que había estado a punto de rechazar la penitencia, se sentaron todos a la misma mesa larga dispuesta al aire libre, y por unas horas, el concejo entero pareció haber olvidado que apenas unas semanas atrás caminaba descalzo y penitente por el mismo camino que ahora recorría bailando.
Cuando las campanas de San Julián repicaron de nuevo al final de la ceremonia, esta vez por una boda y no por una absolución, Pelayo pensó en su madre, Tarasia, enterrada sin cura bajo el roble donde tantas veces se habían visto con Elvira de novios, y supo, sin necesidad de decírselo a nadie, que aquel repique era también, en parte, para ella.
—Tu padre decía que un concejo aguanta hasta que deja de aguantar —le susurró Elvira, como si le hubiera leído el pensamiento, apretándole la mano mientras salían de la iglesia entre vítores—. Tu madre lo vio aguantar. Ojalá pudiera verlo también celebrar.
—Lo ve —respondió Pelayo—. De la manera en que puede verlo ahora.
«Hoy, por fin, la Iglesia puede poner su bendición donde ya estaba, desde hace tiempo, vuestro compromiso verdadero»