El silencio de las campanas: Los Exconxuraos de Llanera CAPÍTULO XXXI. Las campanas de San Salvador
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CAPÍTULO XXXI. Las campanas de San Salvador

CAPÍTULO XXXI. Las campanas de San Salvador

La mañana del día señalado, el concejo de Llanera entero se congregó ante las puertas de la iglesia de San Salvador de Oviedo, descalzos los hombres, descubierto el pecho de las mujeres casadas, todos vestidos de saco y ceñidos con cuerdas, las velas encendidas de nuevo con la luz del alba.

—Concejo de Llanera —dijo el obispo, con una voz que Pelayo encontró, contra todo pronóstico, más cansada que severa—, venís a esta puerta a reconocer, ante Dios y ante esta Iglesia, el juramento de vasallaje que en su día quebrantasteis.

La Iglesia, por mi mano, reconoce también que los agravios que motivaron aquel quebranto merecen ser oídos y corregidos, como ya se os ha prometido por escrito.

Xuan Fernández, al frente del cortejo, dio un paso adelante.

—Venimos, señor obispo, a cumplir la penitencia acordada, con la misma dignidad con que hemos resistido estos cuatro años —dijo—. Venimos también a pediros, en nombre de todo el concejo, que las campanas de nuestras iglesias vuelvan a sonar.

El obispo asintió, y con un gesto indicó al canónigo bachiller en decretos que leyera la fórmula de absolución que ponía fin, formalmente, al entredicho y a la excomunión que había pesado sobre Llanera desde 1408.

El pergamino, leído en latín primero y después explicado en romance para que todos lo entendieran, declaraba levantado el castigo, restituido el concejo a la comunión plena de la Iglesia, y abiertas de nuevo, desde aquel mismo día, las puertas de todas las parroquias de Llanera.

Pelayo, arrodillado junto a Elvira entre el resto del concejo, sintió que el tiempo se detenía en el instante que siguió a la última palabra del canónigo, como si los cuatro años enteros se hubieran concentrado en aquel segundo de silencio antes de que ocurriera lo que todos, sin decirlo, estaban esperando.

Entonces sonaron las campanas de San Salvador.

No fue un tañido cualquiera: el propio cabildo había dispuesto que, en el instante mismo de la absolución, todas las campanas de la catedral repicaran a la vez, en señal de la reconciliación, y el sonido —el primer sonido de campanas que muchos de los presentes, sobre todo los más jóvenes, apenas recordaban con claridad— cayó sobre el concejo de Llanera arrodillado como una ola de agua fría y caliente a la vez.

Elvira, que llevaba cuatro años sin permitirse llorar en público, lloró entonces sin ningún disimulo, y Pelayo, a su lado, hizo lo mismo, y a su alrededor todo el concejo —hombres que no habían derramado una lágrima ni en el entierro de sus propios padres sin cura, mujeres que habían sostenido casas enteras en soledad, niños que nunca habían oído una campana repicar de alegría— lloró también, mezclado, indistinguible ya quién lloraba de pena vieja y quién de alegría nueva, porque probablemente eran, para todos ellos, la misma cosa.

—Se acabó —dijo Xuan Fernández, con la voz rota, cuando pudo hablar—. Cuatro años, y se acabó.

Bermudo, arrodillado entre su familia, apretó la mano de Marina con una fuerza que ella no le conocía desde antes de su enfermedad, y no dijo nada, porque no encontró nada que decir que estuviera a la altura de lo que sentía.

Bras y Sancha, arrodillados uno junto al otro como el resto de los matrimonios del concejo, se miraron un instante con la misma expresión callada que se habían dedicado la noche de su boda secreta, tres inviernos atrás, salvo que esta vez no había necesidad de disimularla ante nadie.

Don Rodrigo, arrodillado también entre su gente, alzó la vista hacia las torres de donde venía el sonido, y por primera vez en cuatro años sintió que podía, sin miedo ni clandestinidad, dar gracias a Dios en voz alta.

Osenda, unos pasos detrás de su hermano, fue quizá la única del concejo que, en aquel instante, no lloró: se quedó de pie, muy quieta, con los ojos secos y fijos en las torres de la catedral, pensando en su madre, que no había vivido para oír aquel repique, y en todas las madres, hermanas e hijas de Llanera que tampoco lo habían vivido.

No fue hasta esa misma noche, ya de vuelta en la posada donde el concejo hacía noche antes de emprender el camino de regreso, cuando por fin se permitió llorar, a solas, sentada en un rincón, con la misma discreción con que había sostenido, durante cuatro años, la tierra de su hermano y la memoria de su madre a la vez.

Fue Pelayo quien la encontró así, y quien, sin decir nada, se sentó a su lado y la dejó llorar en silencio hasta que no le quedaron más lágrimas que dar.

Xuan Fernández, cuando por fin logró recomponerse lo suficiente para volver a hablar, se giró hacia el obispo Diego Ramírez de Guzmán con una reverencia más profunda que la protocolaria, y le dijo algo que ni el propio obispo pareció esperar.

—Excelencia, permitidme una última petición, ya cumplida la absolución —dijo el anciano personero, con la voz todavía quebrada—.

No pedimos nada para nosotros, que ya hemos recibido cuanto vinimos a pedir.

Pedimos solo que este día, y lo que costó llegar hasta él, quede escrito no como una derrota de Llanera ni como una victoria del obispado, sino como lo que de verdad fue: un concejo que aprendió, a fuerza de sufrirlo, que la obediencia debida y la justicia debida no siempre caminan de la mano, y una Iglesia que, tarde pero a tiempo, supo reconocerlo.

El obispo, que había escuchado la súplica con una atención que sorprendió a más de uno de sus propios canónigos, asintió despacio.

—Así se hará constar, personero de Llanera —respondió—.

Y si algún día, dentro de cien años, alguien pregunta qué ocurrió aquí, que la respuesta no sea solo el nombre de un castigo ni el nombre de un obispo, sino el de un concejo entero que supo aguantar sin perder, en el camino, ni su fe ni su dignidad.

Eso, si Dios quiere, será lo único que de verdad merezca recordarse.

Aquellas palabras, repetidas después de boca en boca por quienes las habían escuchado de cerca, se convirtieron con los años en una de las frases más citadas de toda la historia de los Exconxuraos de Llanera, y Pelayo, que las oyó de pie junto a Elvira con el pecho todavía agitado por el llanto reciente, sintió que en ellas se resumía, mejor que en cualquier discurso que él mismo hubiera podido componer, todo lo que aquellos cuatro años habían significado.

«Se acabó. Cuatro años, y se acabó»