El silencio de las campanas: Los Exconxuraos de Llanera CAPÍTULO XXX. El camino del Nora
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CAPÍTULO XXX. El camino del Nora

CAPÍTULO XXX. El camino del Nora

Partieron de Llanera al amanecer del día señalado, en un cortejo que se fue formando parroquia a parroquia, como un río que recoge afluentes: primero los de Lugo, luego los de San Cucao, después Ables, Bonielles, Cayés, Ferroñes, Villardeveyo, y así hasta que las once parroquias del concejo caminaban juntas por primera vez desde la asamblea que había votado resistir, cuatro años antes, aunque esta vez no caminaban hacia la resistencia, sino hacia su reverso.

Pelayo caminaba descalzo desde la primera legua, sintiendo bajo los pies el barro todavía fresco del rocío y, más tarde, cuando el sol subió, las piedras del camino que le fueron marcando la planta con un dolor que no intentó disimular, porque entendía, como le había explicado don Rodrigo, que aquel dolor era parte del propio sentido del gesto.

A su lado, Elvira caminaba con el mismo saco de arpillera que había cosido, el pecho descubierto como exigía la penitencia, la vista al frente, sin buscar ni evitar las miradas de quienes se asomaban a los caminos para ver pasar a los penitentes de Llanera.

—¿Te duele? —le preguntó Pelayo en un alto del camino, mirándole los pies.

—Menos de lo que dolieron estos cuatro años —respondió ella—. Esto se cura en dos semanas. Lo otro llevaba mil cuatrocientos días sin curarse, y no había ungüento que valiera para eso. [38]

Cruzaron el río Nora hacia el mediodía, por el vado que los más viejos del concejo recordaban de otros tiempos de peregrinación, y el vadeo, con el agua fría subiendo hasta la rodilla y las velas que muchos llevaban ya encendidas protegidas con la mano libre para que no se apagaran, se convirtió, sin que nadie lo hubiera planeado así, en el momento en que el cortejo entero pareció comprender del todo, con el cuerpo antes que con la cabeza, la magnitud de lo que estaban haciendo.

Osenda, que caminaba cerca de Elvira, rompió a llorar al pisar la otra orilla, y no fue la única: un rumor de llanto contenido, mezclado con algunas voces que empezaron, tímidamente al principio y luego con más fuerza, a entonar una salmodia que don Rodrigo había enseñado en los días previos, recorrió el cortejo entero como una ola.

Bermudo, que había insistido en hacer el camino pese a que su salud, aún no del todo recuperada, hacía dudar a más de uno de si debía intentarlo, cruzó el vado apoyado en su hijo mayor, con Marina a su otro lado sosteniéndole el brazo, y al llegar a la otra orilla se detuvo un instante, sin aliento, para mirar atrás el río que acababa de cruzar.

—Cinco años, y ahora este río —dijo, más para sí mismo que para quien pudiera oírlo—. Que alguien me lo recuerde el día que me queje de cualquier otra cosa en lo que me quede de vida.

El propio hidalgo de Ferroñes que días antes había estado a punto de rechazar la penitencia entera caminaba también, descalzo como los demás, con el rostro más sereno de lo que Pelayo le había visto desde la asamblea; algo en el esfuerzo físico del camino, en el peso compartido de la misma agua fría subiendo por las piernas de todo el concejo a la vez, parecía haber hecho por su ánimo lo que ningún argumento de Xuan Fernández había logrado del todo.

Don Rodrigo, que caminaba al frente junto a Xuan Fernández, se detuvo un momento en la otra orilla para esperar a que pasara el último rezagado, y desde allí, viendo a todo el concejo de Llanera cruzando el río descalzo y con las velas encendidas, sintió que se le hacía un nudo en la garganta que no intentó disimular ante nadie.

—Cuatro años de silencio —le dijo a Xuan Fernández— para llegar a este río de esta manera. Espero no olvidarlo nunca, suceda lo que suceda después.

Llegaron a las puertas de Oviedo al caer la tarde, y allí, según lo acordado, se detuvieron a pasar la noche en el arrabal, para presentarse ante la iglesia de San Salvador con la luz del día siguiente, descansados lo suficiente como para que el gesto final tuviera la dignidad que el concejo entero quería darle.

Xuan Fernández, que había cargado sobre sus hombros más responsabilidad que ningún otro vecino de Llanera durante aquellos cuatro años, se permitió aquella noche, por primera vez en mucho tiempo, un instante de descanso real: sentado aparte, con Aldara —que había insistido en hacer también el camino, pese a la distancia— a su lado, no habló de asambleas ni de estrategias ni de lo que quedaba por negociar al día siguiente.

Se limitó a mirar las murallas de Oviedo, iluminadas a lo lejos por las últimas luces del atardecer, con una expresión que Pelayo, al pasar cerca, no había visto nunca en él: no la del personero calculador de cada palabra, sino la de un hombre simplemente cansado y, por una vez, en paz con ese cansancio.

—Mañana volveréis a ser el personero que hable por todos nosotros —le dijo Pelayo, deteniéndose un momento—. Esta noche, al menos, dejad que sea solo Xuan Fernández quien descanse.

—Esta noche ya lo soy, Pelayo —respondió el anciano, sin apartar la vista de las murallas—. Mañana volveré a serlo todo. Pero esta noche, por primera vez en cuatro años, no tengo que decidir nada. Dejadme disfrutarlo.

Aquella noche, acampados junto a los muros de la ciudad, Pelayo y Elvira se sentaron algo apartados del resto, envueltos en la misma manta, los pies doloridos y las velas apagadas para la noche junto a ellos.

—Mañana —dijo Pelayo— entramos en Oviedo.

—Mañana —respondió Elvira— dejamos de ser los Perxuraos.

«Cuatro años de silencio para llegar a este río de esta manera»