CAPÍTULO XXIX. Los preparativos
CAPÍTULO XXIX. Los preparativos
Se fijó la procesión para la tercera semana de julio, y las dos semanas de espera que siguieron transcurrieron, en Llanera entero, en una mezcla extraña de duelo y de fiesta que Pelayo no supo nombrar hasta que Elvira le puso, una tarde, las palabras exactas.
—Es como preparar un entierro y una boda a la vez —dijo ella, mientras cosía a la luz de la ventana el saco de arpillera que le tocaría vestir—.
Enterramos cuatro años de silencio, y celebramos de antemano que las campanas van a volver a sonar.
No es extraño que la gente no sepa si llorar o si cantar.
Osenda, que había aprendido de su madre Tarasia el oficio de coser antes de que la peste del silencio se llevara también las bodas y los bautizos ordinarios, se ofreció a ayudar a las mujeres de Lugo y de San Cucao a preparar sus sacos, y en esas tardes de costura compartida, entre puntada y puntada, se contaron entre ellas lo que habían callado durante cuatro años: los hijos enterrados sin campana, los matrimonios celebrados a escondidas, el miedo constante a morir sin sacramentos que Elvira misma había sentido, en su día, junto al lecho de Tarasia.
Fue en una de esas tardes de costura cuando Marina, la mujer de Bermudo, contó por primera vez en voz alta, ante las demás, lo que había sentido la noche en que le arrebataron la vaca delante de sus hijos y del propio cura con los santos óleos en la mano.
—Pensé que Dios nos había abandonado esa noche —dijo, sin dejar de coser—. Ahora, mirando atrás, creo que fue al revés: fue esa noche cuando el concejo entero decidió no abandonarnos a nosotros. Eso también hay que agradecerlo, aunque cueste ver la diferencia cuando se está viviendo.
—Cuando lleguemos a Oviedo —dijo una tarde una vecina de Ables, con las manos ocupadas en la aguja pero los ojos fijos en un punto lejano—, y nos vean así, descubiertas, descalzas, ¿creéis que entenderán por qué lo hacemos, o solo verán a un puñado de rebeldes castigados?
—Entenderán lo que quieran entender —respondió Elvira, sin levantar la vista de su costura—. Nosotras sabremos lo que sabemos: que no vamos vencidas, sino reconciliadas, y que hay una diferencia entre esas dos palabras que solo nosotras, que hemos vivido estos cuatro años, podemos medir del todo.
Los niños del concejo, los que ya tenían edad de entender lo que se preparaba y los que apenas la tenían, vivieron aquellas dos semanas con una mezcla de curiosidad y de inquietud que los adultos, ocupados en coser sacos y ensayar el orden de la marcha, no siempre supieron atender.
Uno de ellos, un sobrino de Bermudo que apenas contaba siete inviernos, le preguntó una tarde a Marina, su tía, por qué tenía que ir descalzo hasta Oviedo si no había hecho nada malo.
—Nadie de nosotros ha hecho nada malo —le respondió ella, arrodillándose para quedar a su altura—.
Pero a veces, para que algo bueno vuelva de verdad, hace falta que todos, buenos y no tan buenos, carguemos juntos con el mismo peso.
Así nadie puede decir después que se libró de él a costa de los demás.
El niño no pareció del todo convencido, pero no volvió a preguntar, y los días siguientes se le vio ensayando por su cuenta, en el corral de su casa, a caminar descalzo sobre la tierra fría, como quien se entrena para una prueba que intuye importante aunque no la entienda del todo.
Don Rodrigo, por su parte, dedicó aquellas dos semanas a preparar, junto con los delegados episcopales, el orden exacto de la procesión: quién encabezaría la marcha, en qué orden irían las parroquias, qué oraciones se recitarían durante el trayecto, y sobre todo, el momento —que él mismo había pedido presidir, y que le había sido concedido como reconocimiento a los cuatro años en que había sostenido, en la clandestinidad, la fe de su parroquia— en que, ya frente a las puertas de San Salvador de Oviedo, se leería la fórmula de absolución que pondría fin al entredicho.
—Cuatro años esperando este momento —le dijo a Pelayo, la víspera de la partida, mientras revisaba por enésima vez el orden de la ceremonia—, y ahora que está tan cerca, confieso que me da casi tanto miedo como alivio. He oficiado pocas ceremonias tan importantes en toda mi vida como sacerdote.
—Estaréis a la altura, don Rodrigo —respondió Pelayo—. Lleváis cuatro años estándolo, aunque fuera sin campanas que lo anunciaran.
Aquella misma víspera, Pelayo y Elvira, ya con los sacos preparados y las velas guardadas junto a la puerta, se sentaron juntos ante el fuego de la casa que compartían desde la cosecha del año anterior, conscientes de que al día siguiente emprenderían, descalzos, un camino que llevaban cuatro años esperando poder recorrer.
—Mañana —dijo Elvira, apoyando la cabeza en el hombro de Pelayo— empieza el último tramo.
—Y al final del tramo —respondió él, apretándole la mano—, las campanas.
«Mañana empieza el último tramo»