CAPÍTULO XXVIII. La aceptación de la penitencia
CAPÍTULO XXVIII. La aceptación de la penitencia
Los tres días de plazo se hicieron, para todo Llanera, más largos que muchos de los meses del entredicho.
En cada parroquia, los hombres buenos discutían entre ellos lo oído en Posada, y en cada casa se comentaba, con la mezcla de esperanza y de aprensión que solo entiende quien ha esperado algo durante demasiado tiempo, qué forma tomaría exactamente la penitencia prometida.
Xuan convocó de inmediato a los hombres buenos para comunicarlo, y aquella noche, en la casa donde se reunían, el silencio que siguió a la lectura de las condiciones fue distinto de todos los silencios anteriores: no de sorpresa, porque en el fondo todos habían intuido que la penitencia sería dura, sino de la clase de silencio que precede a una decisión que ya no admite vuelta atrás.
—Es humillante —dijo un vecino de Bonielles, rompiendo por fin el silencio—. Que nuestras mujeres tengan que ir así, delante de toda una ciudad que nos mira como a rebeldes vencidos.
—Es humillante, sí —respondió Elvira, que había pedido, no sin resistencia de algunos, estar presente en aquella reunión por derecho propio, como la mujer que más había hecho por sostener al concejo estos años—.
Pero recordad lo que yo misma dije la noche en que decidimos qué pedir: no es lo mismo humillarse por debilidad que aceptar, con la cabeza alta, el precio pactado de una reconciliación.
Yo misma iré descalza y con el pecho descubierto si hace falta, y no bajaré la mirada ante nadie, porque sabré, y todos los que me vean sabrán también, por qué lo hago.
—Yo iré a tu lado —dijo Pelayo, sin que nadie se lo pidiera—, descalzo como cualquier hombre del concejo, y sin bajar la vista ante nadie.
Don Rodrigo, presente también en la reunión por ser el único sacerdote de Llanera capaz de explicar el sentido religioso de lo que se pedía, tomó entonces la palabra.
—Conozco estas penitencias, aunque nunca había tenido que administrar una tan dura —dijo—.
No son un capricho cruel del cabildo, aunque lo parezcan.
Son la forma tradicional en que la Iglesia hace visible, ante los ojos de todos, la gravedad de un juramento roto y la sinceridad de su reparación.
Duelen porque están hechas para doler; solo lo que cuesta de verdad puede, en la lógica de la penitencia, borrar de verdad la falta.
Pero quiero deciros algo más, como hombre que os ha visto sufrir estos cuatro años sin campanas ni sacramentos: el concejo de Llanera no tiene nada de qué avergonzarse.
Los agravios que motivaron esta rebelión fueron reales.
Que la Iglesia exija ahora un precio duro no cambia esa verdad, y espero vivir para predicarlo, algún día, desde el púlpito de San Julián, sin miedo a que nadie me lo impida.
Hubo, antes de llegar a esa votación final, un momento de tensión que a punto estuvo de dividir al concejo por primera vez en cinco años de resistencia unida: un grupo reducido de vecinos de Ferroñes, encabezados por un hidalgo mayor que había perdido dos hijos durante el entredicho sin poder darles sepultura cristiana, propuso rechazar la penitencia y exigir la absolución sin condiciones, alegando que el concejo ya había sufrido más que suficiente.
—¿Más penitencia todavía, después de cinco años de la nuestra propia? —preguntó el hidalgo, con una amargura que muchos entendieron, aunque no todos compartieran—. Que sea el obispo quien haga penitencia por habernos castigado sin motivo, no nosotros por habernos defendido.
Fue Xuan Fernández, con el tacto que lo había caracterizado durante toda la resistencia, quien logró templar los ánimos sin desautorizar el dolor legítimo de aquel hombre.
—Comparto vuestro dolor, y no hay palabra mía que pueda devolveros a vuestros hijos —dijo—.
Pero rechazar ahora la penitencia no nos devuelve nada tampoco, y sí puede alargar otros cinco años un sufrimiento que ya hemos demostrado saber sostener, pero que no tenemos por qué prolongar si no hace falta.
Aceptar la penitencia no es darle la razón al obispo.
Es cerrar, de la manera menos costosa posible, una herida que ya está abierta de sobra.
El hidalgo de Ferroñes no votó a favor de la aceptación, pero tampoco insistió en su rechazo cuando llegó el momento de la votación general, y tras horas de discusión, la asamblea, reunida de nuevo tres días después en Posada como se había acordado, votó aceptar las condiciones, con una condición propia añadida por insistencia de Pelayo y respaldada por Xuan Fernández: que quedara constancia escrita, ante notario, de que la Iglesia reconocía el fundamento de los agravios que habían motivado la rebelión.
Los delegados episcopales, tras consultar con el cabildo, aceptaron también esa condición.
El canónigo bachiller en decretos, el más joven de los tres y el que con más cuidado había redactado cada cláusula del acuerdo, se acercó a Pelayo antes de que la asamblea se disolviera, con una curiosidad que no parecía protocolaria.
—Decidme, buen hombre —le preguntó, en voz baja, casi confidencial—, ¿qué habríais hecho si hubiéramos vuelto a Oviedo sin traer ninguna condición que os satisficiera? ¿Habríais seguido resistiendo otros cuatro años, o cuarenta?
Pelayo, que no esperaba la pregunta, tardó un momento en responder con sinceridad.
—No lo sé, en confianza os lo digo —admitió—. Lo que sí sé es que este concejo llevaba cuatro años demostrando que sabía aguantar más de lo que cualquiera, incluido yo mismo, habría creído posible al principio. No me atrevo a poner límite a algo que ya nos ha sorprendido tantas veces.
El canónigo asintió, pensativo, y algo en su expresión le dijo a Pelayo que aquella respuesta, más que cualquier argumento formal esgrimido durante la negociación, era la que de verdad se llevaría de vuelta a Oviedo.
—Entonces —dijo Xuan Fernández ante la asamblea, con una voz que a Pelayo le pareció, por primera vez en cuatro años, aliviada del todo—, Llanera hará penitencia, y Llanera será absuelta. Fijemos fecha para la procesión.
«No es lo mismo humillarse por debilidad que aceptar el precio pactado de una reconciliación»