CAPÍTULO XXVII. La asamblea de Posada
CAPÍTULO XXVII. La asamblea de Posada
Pelayo y Elvira llegaron con el sol ya alto, entre Osenda y Xuan Fernández, y encontraron la explanada de Posada —el mismo lugar donde cuatro años antes se había votado resistir— convertida en un hervidero de gente vestida con lo mejor que cada casa guardaba, como si la propia ropa pudiera hablar por ellos ante los delegados del cabildo.
Marina, que llevaba desde el amanecer ayudando a Elvira a organizar el reparto de agua y sombra para los ancianos y los niños más pequeños entre la multitud congregada, se detuvo un momento a media mañana para contemplar la explanada entera: parroquia tras parroquia, generación tras generación, todos esperando juntos algo que ya no recordaban con exactitud cómo era esperar de otra manera.
—Nunca había visto tanta gente reunida en un mismo sitio, ni siquiera el día que votamos resistir —le comentó a Elvira, casi sin aliento por el trajín—. ¿Creéis que todos han venido con la misma esperanza?
—Han venido con la misma esperanza y con miedos distintos, cada uno el suyo —respondió Elvira, sin dejar de repartir cántaros de agua—.
Pero hoy, por primera vez en cuatro años, todos esos miedos distintos están mirando en la misma dirección.
Eso también es una forma de unidad, Marina, aunque no se parezca a la que tuvimos que sostener durante el entredicho.
Los tres hombres llegaron a media mañana, escoltados por un pequeño séquito de la catedral: Alvar Fernández, arcediano de Tineo, de porte grave y mirada cansada; Alvar Pérez, chantre, más joven y de gesto atento; y el segundo Alvar Fernández, canónigo y bachiller en decretos, que llevaba bajo el brazo un legajo de pergaminos que, según corrió enseguida el rumor entre la multitud, contenía las condiciones que el cabildo estaba dispuesto a ofrecer.
—Omes bonos, fillosdalgo e foreros de Llanera —comenzó el arcediano, tras un silencio que Pelayo sintió más largo de lo que probablemente fue—, venimos en nombre del cabildo y del nuevo obispo, don Diego Ramírez de Guzmán, a tratar el fin del entredicho que pesa sobre este concejo desde hace cuatro años. [35]
Un murmullo recorrió la explanada, contenido por la propia gravedad del momento. Xuan Fernández, como personero, dio un paso al frente.
—El concejo de Llanera lleva cuatro años esperando estas palabras —dijo, con la voz que Pelayo le había oído usar en tantas asambleas menores, pero ahora cargada de un peso distinto—.
Y las recibe con la misma dignidad con que ha esperado.
Hablad, y el concejo escuchará. Después, el concejo responderá.
El canónigo bachiller en decretos leyó entonces, del legajo que llevaba, las condiciones del cabildo: reconocimiento por parte del concejo de haber quebrantado el juramento de vasallaje debido al señorío episcopal; restitución de las rentas que se demostrara adeudadas desde el inicio del conflicto; y una penitencia pública, en forma de procesión hasta la iglesia de San Salvador de Oviedo, cuyos términos precisos —dijo, sin entrar todavía en detalle— se comunicarían por separado al personero y a los hombres buenos del concejo.
—A cambio —añadió el arcediano—, el nuevo obispo está dispuesto a examinar, con ánimo distinto al de su predecesor, las quejas que el concejo tenga contra la actuación de sus comenderos, presentes y futuros.
Pelayo sintió que Elvira, a su lado, se tensaba levemente al oír aquello: era, casi palabra por palabra, lo que ella misma había planteado la noche en que discutieron qué pedir.
Que se les concediera sin apenas tener que insistir resultaba, a la vez, un alivio y una prueba incómoda de cuánto había cambiado, con la sola muerte de un hombre, lo que durante cuatro años había parecido inamovible.
—El concejo necesita tiempo para deliberar sobre lo oído —respondió Xuan Fernández—, como corresponde a un asunto de esta gravedad.
Pero adelanto, en nombre de cuantos aquí me han dado su confianza estos años, que Llanera no ha resistido por capricho ni por soberbia, sino porque los agravios que motivaron esta rebelión fueron reales, y el concejo espera que quede constancia de ello en cualquier acuerdo que se selle.
—Quedará constancia —dijo el arcediano, y algo en su tono, más cansado que solemne, convenció a Pelayo de que aquel hombre, al menos, no mentía.
La asamblea se prolongó hasta bien entrada la tarde, entre preguntas de los hombres buenos de cada parroquia y respuestas cada vez más precisas de los delegados.
Un vecino de Santa Cruz, de los pocos que aún no habían hablado en público en ninguna asamblea anterior, se atrevió a preguntar algo que muchos llevaban horas pensando sin decirlo.
—¿Y quién nos garantiza que, dentro de otros cuatro años, no volvamos a estar en las mismas, con otro comendero tan duro como Martín? —preguntó, con la voz algo temblorosa por la novedad de hablar ante tanta gente.
Fue el canónigo bachiller en decretos quien respondió, con la precisión legal que su formación le daba.
—Nada puede garantizar del todo que un hombre futuro actúe con justicia, vecino.
Eso escapa a cualquier pergamino que hoy firmemos.
Pero el documento que hemos prometido dejar constancia notarial de vuestros agravios servirá, si algún día hiciera falta, como precedente: la próxima vez que un comendero abuse de su cargo, el concejo no partirá de cero, sino de un papel que ya reconoce que esto puede ocurrir y que, cuando ocurre, tiene remedio.
La respuesta no disipó del todo la inquietud del vecino de Santa Cruz, pero pareció satisfacerlo lo suficiente como para que la asamblea pudiera continuar, hasta que se acordó que el concejo se reuniría de nuevo, en tres días, para deliberar en privado y dar una respuesta formal.
Aquella noche, de vuelta hacia Lugo, Pelayo caminó en silencio buena parte del trayecto, con la mano de Elvira firme en la suya.
—Cuatro años —dijo por fin— resumidos en una tarde de junio.
—Cuatro años que han hecho posible esta tarde de junio —respondió ella—. No lo olvides nunca, aunque todo se resuelva ahora deprisa. Sin la resistencia, no habría habido nada que negociar.
«Hablad, y el concejo escuchará. Después, el concejo responderá»