CAPÍTULO XXVI. Los tres delegados
CAPÍTULO XXVI. Los tres delegados
La noticia de la comisión llegó a Llanera al día siguiente, con una celeridad que contrastaba, dolorosamente para quien se parara a pensarlo, con la lentitud de cuatro años de espera: bastaron apenas unas semanas de nuevo obispo para que lo que Guillén de Monteverde nunca había considerado siquiera necesario —negociar, escuchar, delegar en hombres capaces de resolver en vez de castigar— se pusiera en marcha con una diligencia casi vertiginosa.
Xuan Fernández convocó de inmediato a los hombres buenos de las once parroquias para preparar la que todos intuían sería la asamblea decisiva, aquella en la que, por fin, se podría hablar de poner fin al entredicho.
—Tenemos que decidir, entre todos, qué le vamos a pedir a estos delegados, y qué estamos dispuestos a ofrecer a cambio —planteó Xuan ante la reunión, celebrada esta vez con una solemnidad distinta de la de cualquier asamblea anterior—.
Lo que pidamos, lo pediremos con la misma firmeza con que hemos resistido estos cuatro años.
Lo que ofrezcamos, lo ofreceremos con la misma dignidad, sin humillarnos más de lo que la propia reconciliación exija.
Pelayo, que había pasado media vida reciente entre negociaciones y testimonios ajenos, fue de los primeros en tomar la palabra.
—Pidamos, sobre todo, dos cosas —dijo—. Que se reconozca que los agravios de los comenderos fueron reales, no invención nuestra, y que se garantice, de aquí en adelante, que ningún comendero futuro pueda actuar con la misma mano dura sin que el concejo tenga manera de hacerse oír antes de que el asunto llegue a excomunión.
No pidamos venganza contra Martín; pidamos que lo que nos ha pasado a nosotros no le vuelva a pasar a nadie después de nosotros.
Elvira, a su lado, añadió lo que su cabeza calculadora llevaba días perfilando.
—Y ofrezcamos, a cambio, lo que la propia dignidad del concejo pueda sostener sin quebrarse —dijo—.
Estemos dispuestos a aceptar una penitencia, si la piden, que reconozca ante Dios y ante los hombres que hemos roto un juramento de vasallaje, aunque ese juramento se rompiera por causa justa.
No es lo mismo humillarse por debilidad que aceptar, con la cabeza alta, el precio pactado de una reconciliación.
Lo primero nos deshonraría. Lo segundo, si se hace bien, puede honrarnos tanto como toda la resistencia que lo ha precedido.
Aquella noche, de vuelta en Lugo, Pelayo y Elvira caminaron juntos bajo un cielo de junio ya despejado de la lluvia habitual, conscientes ambos de que estaban, por fin, a las puertas de algo que llevaban cuatro años esperando sin atreverse a nombrarlo del todo.
—Sea lo que sea lo que pidan esos delegados —dijo Elvira—, prometo que lo aceptaré sin bajar la mirada, si con ello las campanas vuelven a sonar.
—Y yo prometo estar a tu lado cuando suenen —respondió Pelayo—, sea cual sea el precio que haya que pagar por oírlas de nuevo.
Xuan Fernández, aquella misma noche, no durmió apenas.
Aldara lo encontró de madrugada sentado a la mesa de su cocina, con una vela casi consumida y varias tablillas de cera cubiertas de anotaciones que llevaba días revisando: los nombres de cada agravio, cada casería afectada, cada vecino que había sufrido a manos de Martín o de sus predecesores, ordenados con el mismo cuidado meticuloso que Elvira aplicaba a las cuentas de la reserva común.
—Todavía a estas horas, Xuan —le dijo ella, no como reproche, sino como quien ya conoce de sobra la respuesta—. ¿Qué te quita el sueño esta noche, más que cualquier otra de estos cuatro años?
—El miedo a que, delante de esos tres delegados, se me olvide nombrar a alguien —confesó él, sin levantar la vista de las tablillas—.
Cuatro años defendiendo a un concejo entero, Aldara, y lo que más temo esta noche no es fracasar en la negociación.
Es que, en el fragor de hablar, se me quede en el tintero el nombre de una sola familia que sufrió, y que ese silencio mío se sume, sin que yo lo quiera, al silencio que ya les ha impuesto la Iglesia estos cuatro años.
Aldara se sentó junto a él, tomó una de las tablillas y empezó, sin decir nada más, a repasar los nombres con él, casería por casería, hasta que las primeras luces del amanecer del 27 de junio encontraron a los dos despiertos, seguros por fin de que ningún nombre se había quedado fuera.
«Prometo estar a tu lado cuando suenen, sea cual sea el precio que haya que pagar por oírlas de nuevo»