El silencio de las campanas: Los Exconxuraos de Llanera CAPÍTULO XXV. El nuevo obispo
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CAPÍTULO XXV. El nuevo obispo

CAPÍTULO XXV. El nuevo obispo

La noticia coincidió, además, con otro acontecimiento que corría de boca en boca por todos los mercados de Asturias aquel mismo año: el tío del rey niño Juan II, don Fernando de Antequera, había sido elegido rey de Aragón en el llamado Compromiso de Caspe, dejando definitivamente Castilla bajo la sola regencia de la reina doña Catalina de Lancaster.

Pelayo, al enterarse, no pudo evitar un comentario amargo dirigido a Xuan Fernández.

—Mientras nosotros negociábamos con nuestro propio obispo durante cuatro años sin que la Corona moviera un dedo, los grandes de este reino se repartían tronos enteros —dijo—. Da qué pensar sobre a quién le importa de verdad la suerte de un concejo como el nuestro.

—Da qué pensar, sí —respondió Xuan—, pero también nos confirma lo que ya sabíamos: que este pleito lo hemos ganado, o lo vamos a ganar, nosotros solos, con nuestra propia terquedad, no porque nadie desde arriba haya venido a hacernos justicia.

Eso, cuando todo esto termine, deberíamos recordarlo siempre.

El concejo, tras discutirlo en una nueva asamblea convocada con más esperanza que cautela por primera vez en años, decidió enviar a Oviedo, en cuanto se confirmara la toma de posesión efectiva del nuevo obispo, el documento que Xuan y Pelayo habían redactado durante el interregno, junto con una petición formal y respetuosa de audiencia para tratar el fin del entredicho.

Fue el propio Xuan Fernández quien, acompañado de dos hombres buenos de otras tantas parroquias, hizo el viaje hasta Oviedo para entregar el documento en mano, sin saber muy bien qué esperar de un obispo al que nadie en el concejo había visto todavía ni de lejos.

Volvió, días después, con noticias que superaban con mucho lo que el concejo se había atrevido a esperar.

—Nos ha recibido —contó Xuan, ante una asamblea que lo escuchaba con el aliento contenido—.

No con la sequedad que me temía, sino con una atención que no recuerdo haber visto nunca en un hombre de tanto poder.

Ha leído nuestro documento delante de nosotros, despacio, sin prisa, y cuando ha terminado, ha dicho unas palabras que quiero repetiros tal como las dijo: que un pastor que no escucha las quejas justas de su grey antes de castigarla no merece llamarse pastor, y que él pensaba tratar este asunto con la justicia que, según sus propias palabras, llevaba demasiado tiempo esperando.

Un murmullo de esperanza contenida recorrió el prado de Posada, la misma esperanza cautelosa que llevaba meses creciendo en el ánimo del concejo, pero esta vez con un fundamento más sólido que cualquier rumor de mercado.

Don Rodrigo, presente entre la multitud, sintió que las palabras de Xuan le devolvían algo que llevaba años sin permitirse sentir del todo: la posibilidad de que la propia Iglesia, la misma institución que le había impuesto el silencio, pudiera también ser quien se lo devolviera con la misma autoridad.

Se santiguó despacio, sin ostentación, y musitó una oración de gracias que solo Pelayo, que estaba cerca, alcanzó a oír.

—Que Dios oiga a este nuevo obispo mejor de lo que oyó al anterior —murmuró el cura—, y que yo viva para agradecérselo desde mi propio púlpito, con las campanas sonando como es debido.

Pelayo, a su lado, no dijo nada, pero sintió una emoción extraña, mezcla de alivio y de algo parecido a la incredulidad: llevaba tantos años acostumbrado a medir cada gesto de la autoridad episcopal como una amenaza más que evitar, que le costaba, en ese momento, permitirse creer que un hombre con el poder de Guillén de Monteverde pudiera, simplemente, escuchar.

Buscó con la mirada a Elvira, unos pasos más allá, y la encontró ya mirándolo a él, con la misma pregunta silenciosa que llevaban compartiendo desde hacía años sin necesidad de palabras: ¿nos atrevemos, esta vez, a creer que de verdad se acerca el final?

—¿Y qué más dijo? —preguntó alguien desde el fondo—. ¿Cuándo se levanta el entredicho?

Antes de que Xuan pudiera responder, otra voz, la de una mujer mayor de Rondiella que había perdido a su marido durante el segundo invierno del entredicho, se alzó con una urgencia que a nadie sorprendió del todo.

—¿Y dijo algo del perdón para quienes murieron sin sacramentos? —preguntó, con la voz temblando—. ¿O ese perdón ya no llega nunca, aunque llegue el nuestro?

Xuan, visiblemente conmovido por la pregunta, tardó un instante en responder.

—El propio obispo, cuando le planteamos ese mismo temor, nos aseguró que Dios no niega su misericordia a quienes mueren sin culpa propia por un castigo que no eligieron —dijo—.

No sé si esas palabras consuelan del todo una pérdida como la vuestra, buena mujer.

Pero se las traigo tal como me las dijeron, porque merecéis oírlas tanto como merecéis, algún día, la absolución que estamos negociando para los vivos.

—Eso, todavía no lo sé —respondió Xuan, con la honestidad que lo caracterizaba—.

Pero dijo que iba a comisionar a hombres de su confianza para tratar el asunto con nosotros directamente, aquí, en Llanera.

Y eso, vecinos, después de cuatro años de silencio, ya es más de lo que ninguno de nosotros se había atrevido a esperar hace tan solo un año.

«Después de cuatro años de silencio, ya es más de lo que ninguno de nosotros se había atrevido a esperar»