El silencio de las campanas: Los Exconxuraos de Llanera CAPÍTULO XXIV. El interregno
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CAPÍTULO XXIV. El interregno

CAPÍTULO XXIV. El interregno

Las semanas que siguieron a la muerte de Guillén de Monteverde transcurrieron para Llanera en una suerte de suspensión incómoda, ni de guerra abierta ni de paz, mientras la sede de Oviedo quedaba, según es costumbre de la Iglesia en estos casos, gobernada de forma interina por el propio cabildo catedralicio hasta que se proveyera un nuevo titular.

—No queremos parecer que aprovechamos la muerte de un hombre para atacar su memoria —explicó Xuan a la asamblea informal reunida para discutir el documento—, pero tampoco queremos que, cuando llegue el momento, nos falte una relación clara y serena de lo que hemos sufrido y de por qué actuamos como actuamos.

Que quede escrito con la misma firmeza con que lo hemos vivido, pero sin rencor que pueda volverse en nuestra contra.

Pelayo, que había pasado más de dos años escuchando agravios ajenos por media Asturias, aportó a aquel documento una precisión que sorprendió a más de uno: sabía, por experiencia propia, qué argumentos convencían a un clérigo prudente y cuáles solo servían para reafirmar a un adversario en su postura, y guio la redacción con mano firme hacia lo primero.

Elvira, por su parte, se ocupó de algo igual de necesario y menos vistoso: calcular, con la reserva común del concejo todavía bien nutrida gracias a la buena cosecha del año anterior, cómo sostener económicamente los meses de incertidumbre que sin duda quedaban por delante, fuera cual fuera el desenlace del interregno.

No quería que el concejo, tan cerca ya quizá del final de su prueba, flaqueara en el último tramo por no haber sabido administrar bien la espera.

Fue también durante aquel interregno cuando Elvira, por primera vez en cinco años, se permitió hablar en voz alta de algo que llevaba tiempo callando: el miedo, no ya a Martín ni al obispo, sino a que el fin del entredicho, cuando llegara, la dejara sin el propósito que había dado forma a su vida durante tanto tiempo.

—Llevo cinco años siendo la que lleva las cuentas de la resistencia, la que organiza la reserva, la que resuelve lo que hace falta resolver —le confesó a Pelayo una noche, mientras revisaban juntos las cuentas—. Cuando todo esto termine, ¿qué queda de mí que no sea eso?

—Queda la misma mujer que llevaba las cuentas de una taberna antes de que nada de esto empezara —respondió Pelayo—, solo que ahora sabe, además, que es capaz de sostener mucho más que una taberna, si hace falta. Eso no desaparece con el entredicho, Elvira. Se queda contigo el resto de tu vida.

Elvira no respondió enseguida, pero algo en su rostro, a la luz del fuego, se distendió como no se distendía desde hacía meses.

—Hemos aguantado cuatro años —le dijo a Pelayo una noche, revisando juntos las cuentas de la reserva—. No pienso dejar que nos hundamos en los últimos meses por falta de previsión.

La espera, sin embargo, resultó más corta de lo que muchos temían.

A finales de la primavera empezaron a llegar noticias, primero vagas y después cada vez más concretas, de que el cabildo de Oviedo había fijado ya su elección para la sede vacante: un clérigo leonés, pariente de la casa de los Guzmanes, de nombre Diego Ramírez de Guzmán, cuya fama, según contaban los mismos mercaderes y arrieros que llevaban cuatro años trayendo a Llanera noticias de la ciudad, era la de un hombre más inclinado a la conciliación que a la mano dura.

—Que Dios lo confirme, y que la fama no le haga a él más justicia de la que merece —dijo don Rodrigo, cuando la noticia llegó por fin a Lugo—, pero si es verdad la mitad de lo que se cuenta, puede que hayamos encontrado, por fin, un pastor dispuesto a escuchar antes de castigar.

Xuan Fernández, por su parte, empleó aquellas semanas de suspensión en algo que no confió a nadie hasta mucho después: repasar, noche tras noche, a solas, cada una de las decisiones que había tomado como personero desde el primer día del entredicho, buscando en ellas los errores que, con el desenlace ya tan cerca, todavía podía corregir a tiempo.

No encontró grandes errores —eso se lo confesaría más tarde a Pelayo, ya con el entredicho superado, casi como quien confiesa un pecado menor— pero sí un puñado de decisiones pequeñas, gestos de prudencia excesiva o de firmeza insuficiente, que le pesaban más de lo que había esperado.

Era, pensaba entonces, la carga silenciosa de quien ha llevado la voz de todo un concejo durante cuatro años: no el peso de los grandes fracasos, que no los había habido, sino el de los mil pequeños momentos en que uno se pregunta si habría podido hacerlo, simplemente, un poco mejor.

Pelayo se cruzó con Martín una sola vez durante aquel interregno, en el mercado de Posada, y la escena se le quedó grabada más que ninguna otra de aquellas semanas de espera.

El comendero, sin obispo al que responder ni cabildo firme que respaldara su autoridad, caminaba entre los puestos con un aire que Pelayo no le había visto nunca: no el porte de quien manda, sino el de quien aguarda a saber si todavía va a mandar algo.

Se cruzaron las miradas un instante. Martín no dijo nada, y Pelayo tampoco. No hizo falta.

«Que quede escrito con la misma firmeza con que lo hemos vivido, pero sin rencor que pueda volverse en nuestra contra»