El silencio de las campanas: Los Exconxuraos de Llanera CAPÍTULO XXIII. Diecisiete de febrero
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CAPÍTULO XXIII. Diecisiete de febrero

CAPÍTULO XXIII. Diecisiete de febrero

Fue Xuan Fernández quien recibió la noticia primero, de boca de un arriero que la traía ya como comidilla corriente en todo el camino entre Oviedo y Posada, y quien se encargó, con la misma prudencia con que había gestionado cada paso de la resistencia del concejo durante cuatro años, de que la noticia no se recibiera con festejos que pudieran interpretarse, si llegaban a oídos de Oviedo antes de tiempo, como una provocación innecesaria en un momento tan delicado.

—Ni una campana repicará hoy por nuestra parte, aunque tengamos ganas de hacerla repicar —advirtió a los vecinos reunidos apresuradamente en Posada, en cuanto la noticia se confirmó—.

Las campanas de Llanera no van a sonar hasta que alguien con autoridad para hacerlo nos diga que pueden volver a sonar, y ese día, cuando llegue, lo celebraremos como merece.

Hoy, solo nos toca guardar luto cristiano por un hombre que ha muerto, sea cual sea la cuenta que tengamos pendiente con él, y esperar, con toda la paciencia que nos quede, a ver qué manos recogen ahora el báculo de Oviedo.

Don Rodrigo, avisado casi al mismo tiempo que Xuan, se encerró un largo rato en la sacristía vacía de San Julián antes de salir a hablar con nadie, y cuando por fin salió, tenía los ojos enrojecidos de un llanto que nadie le preguntó si era de pena o de alivio, porque él mismo, según confesó después a Pelayo, no habría sabido responder con certeza.

—He rezado por su alma, como manda mi oficio —dijo a quien quiso escucharlo esa tarde—, y he rezado también, que Dios me perdone si es pecado, por la nuestra, porque cuatro años esperando la muerte de un hombre para poder vivir en paz no es una carga liviana de llevar en la conciencia, gánelo uno o no.

Bermudo de Cayés, ya repuesto de la enfermedad que años atrás había estado a punto de quebrar su fe en la resistencia, recibió la noticia trabajando su tierra, igual que Pelayo, y se santiguó despacio, sin decir palabra, antes de volver al arado con una calma nueva que sus vecinos no le habían visto desde el día en que Elvira había ido a visitarlo a su lecho de enfermo.

—Cuatro años esperando este día —le dijo más tarde a su mujer, Marina—, y ahora que ha llegado, lo único que siento es cansancio. Un cansancio bueno, eso sí. El de quien por fin puede dejar de sostener algo que llevaba demasiado tiempo sosteniendo.

Pelayo, que recibió la noticia trabajando su tierra —en el mismo prado, casi en el mismo lugar, donde cuatro años atrás Martín le había hablado por primera vez de rentas—, sintió que las piernas le temblaban un instante, no de pena ni de alegría, sino de la pura magnitud del momento: cuatro años de su vida, los años en que había pasado de mozo impulsivo a hombre curtido por la rebeldía y por el viaje, habían estado gobernados, de una manera u otra, por la voluntad de aquel obispo lejano al que nunca había visto el rostro.

Y ahora ese obispo estaba muerto, y el concejo entero se enfrentaba, por primera vez en cuatro años, a una pregunta que nadie sabía todavía cómo responder: ¿qué pasaría ahora?

Corrió a buscar a Elvira, y la encontró ya de camino hacia Lugo, avisada también ella por el mismo rumor imparable, de modo que se cruzaron a medio camino, en el mismo cruce donde tantas veces se habían encontrado los domingos de su noviazgo.

—Ha muerto —dijo ella, sin aliento, en cuanto lo tuvo cerca.

—Ha muerto —confirmó Pelayo.

Se quedaron un momento así, frente a frente, sin abrazarse todavía, como si ambos necesitaran un instante más para permitirse sentir lo que fuera que aquello significaba para sus propias vidas, antes de dejarlo significar algo también para el concejo entero.

—Cuatro años, Pelayo —dijo por fin Elvira, con la voz quebrada de una emoción que llevaba mucho tiempo conteniendo—. Cuatro años enteros. Y ahora, no sé si debo alegrarme o si debo temer lo que venga después.

—Alegrémonos con cautela, entonces —respondió él, atrayéndola por fin hacia sí—, y temamos con esperanza. Es lo único que sabemos hacer bien desde hace cuatro años, y no se nos ha dado mal del todo.

«Alegrémonos con cautela, entonces, y temamos con esperanza»