CAPÍTULO XXII. El cuarto invierno
CAPÍTULO XXII. El cuarto invierno
Llegó un cuarto invierno. Distinto de los tres anteriores, no por su dureza, sino por su quietud: no la quietud de la resignación, sino la de un concejo que, tras años de aprender a vivir dentro del silencio, había encontrado en él una suerte de ritmo propio, doloroso pero sostenible, como una herida vieja que ya no sangra pero tampoco cierra del todo.
Don Rodrigo, más sereno desde su conversación con Pelayo, seguía sosteniendo en privado lo que no podía sostener en público, y las oraciones dominicales bajo el roble viejo —que ya no eran solo cosa de Lugo y San Cucao, sino costumbre extendida por buena parte de las once parroquias del concejo— se habían convertido, con los años, en una liturgia propia, no oficial pero profundamente sentida, que muchos vecinos confesaban, en voz baja, que quizá echarían de menos, a su manera, cuando las campanas volvieran a sonar y la costumbre dejara de ser necesaria.
—Contadnos cómo era antes —les pedían, sentados en el suelo de la taberna, casi en corro—. Cómo era un domingo con misa. Cómo sonaban las campanas de verdad, no como las contáis vosotros, sino como sonaban.
Elvira, que no siempre tenía paciencia para explicar dos veces la misma cosa, encontraba sin embargo, con aquellos jóvenes, una paciencia distinta, casi maternal, que a Pelayo le sorprendía descubrir en ella.
—Sonaban como algo que no sabíais que ibais a echar de menos hasta que dejaron de sonar —les decía—. Eso es lo único que puedo deciros que de verdad sirva. El resto tendréis que oírlo vosotros mismos, el día que vuelvan a sonar, para saber si me habéis creído o no.
Fue en una de esas tardes, con media docena de jóvenes sentados alrededor del fuego de la taberna, cuando Pelayo entendió, con una claridad que no había tenido hasta entonces, la dimensión exacta de lo que el concejo llevaba viviendo: una generación entera estaba creciendo dentro del silencio, dándolo por costumbre normal de la vida, y solo los mayores, los que sí recordaban el repique de antes, sabían de verdad lo que se había perdido y lo que, si Dios quería, algún día se recuperaría.
Una de aquellas mozas, hija de un labrador de Rondiella que apenas tenía memoria de nada anterior al entredicho, le preguntó a Pelayo, con la franqueza que solo tienen los muy jóvenes, si no le daba miedo que las campanas, cuando por fin volvieran a sonar, ya no significaran lo mismo para quienes habían crecido sin ellas.
—Puede que no signifiquen exactamente lo mismo, no —admitió Pelayo, tras pensarlo un momento—.
Para vosotros no será recuperar algo perdido, sino descubrir algo nuevo.
Pero eso no tiene por qué ser peor, muchacha.
Solo distinto. Y quizá, en cierto modo, más difícil de arrebatar la segunda vez, porque lo habréis elegido con los ojos abiertos, sabiendo lo que cuesta no tenerlo, en vez de darlo simplemente por hecho como lo dábamos nosotros antes de todo esto.
Fue en enero, en pleno rigor del invierno, cuando llegó a Llanera la noticia que Pelayo llevaba meses esperando y temiendo a la vez: un mercader de paso, procedente de Oviedo, contó en el mercado de Posada, sin darle mayor trascendencia entre otras muchas noticias de la ciudad, que el obispo Guillén de Monteverde llevaba semanas guardando cama, incapaz ya de levantarse, y que en la catedral se rezaba por su alma con la misma frecuencia con que antes se rezaba por su salud.
La noticia corrió por el concejo con la velocidad de siempre, y produjo, en esta ocasión, un sentimiento que ni Xuan Fernández ni don Rodrigo supieron nombrar del todo: no era alegría, porque ningún cristiano, ni siquiera los que más habían sufrido su mano dura, deseaba de corazón la muerte de otro hombre; pero tampoco era pena, porque aquel hombre concreto, con su nombre y su sello, era quien firmaba, año tras año, la prórroga silenciosa de su propio castigo colectivo.
Era, quizá, algo más parecido a la expectación contenida de quien ve acercarse, tras una larga tormenta, el primer resquicio de cielo despejado, sin atreverse todavía a guardar el paraguas.
—Sea lo que sea lo que sintamos —dijo Xuan Fernández, en la última asamblea informal de aquel invierno, celebrada, como tantas otras, en el prado de Posada—, recemos, cada uno a su manera, sin campanas que nos lo recuerden, para que lo que venga después de Guillén de Monteverde venga con más piedad de la que él tuvo para con nosotros.
Y sigamos, mientras tanto, exactamente como hemos seguido hasta hoy: sosteniéndonos los unos a los otros, sin ceder ni un palmo de lo que hemos defendido durante cuatro años.
Elvira, que escuchaba de pie junto a Pelayo, con la mano entrelazada en la suya como ya era costumbre desde el regreso de él, sintió que aquel invierno, más que ningún otro de los anteriores, se le hacía a la vez interminable y fugaz: interminable en cada día concreto, fugaz cuando pensaba en lo cerca que podía estar, por fin, el final de todo lo que llevaban aguantando.
—¿Y si se recupera? —le preguntó a Pelayo esa misma noche, en la taberna, ya a solas—. ¿Y si el obispo sana y todo sigue igual otros cuatro años más, u ocho, o los que Dios quiera darle de vida?
—Entonces aguantaremos otros cuatro, u ocho, o los que hagan falta —respondió Pelayo, sin dudarlo—. Pero no lo creo, Elvira. Algo me dice que este invierno es distinto a los otros tres. No sé explicarlo mejor que eso.
No se equivocaba, aunque ni él ni nadie en Llanera podía saber todavía, aquella noche de enero, cuán cerca estaba ya el día en que su presentimiento se confirmaría.
«Recemos para que lo que venga después venga con más piedad de la que él tuvo para con nosotros»