El silencio de las campanas: Los Exconxuraos de Llanera CAPÍTULO XXI. La cosecha de 1411
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CAPÍTULO XXI. La cosecha de 1411

Pelayo, reincorporado del todo a la vida de Lugo tras su largo viaje, vivió aquella cosecha con una intensidad renovada: trabajó su tierra de sol a sol, junto a Osenda y a los pocos jornaleros que podía permitirse, y sintió, por primera vez en años, que el esfuerzo de sus manos rendía un fruto que no tenía que dividir entre la subsistencia propia y la ayuda a los vecinos más débiles, porque aquel año la abundancia alcanzaba para las dos cosas sin estrechez.

La abundancia se notó en cada parroquia del concejo, no solo en Lugo y en San Cucao.

En Cayés, Bermudo, ya repuesto del todo de su enfermedad, pudo por fin devolver a la reserva común buena parte de lo que había recibido en sus peores momentos, y lo hizo, según contaron después quienes lo vieron, con una satisfacción que no cabía en su rostro curtido.

En Ferroñes, la familia de Pero, el mismo forero al que Martín había embargado el ganado años atrás desencadenando la primera asamblea, celebró la mejor cosecha desde antes del entredicho, y el propio Pero, hombre de pocas palabras, encontró en aquella abundancia una suerte de justicia tardía que nadie le había prometido pero que, a su manera, sentía merecida.

La reserva común del concejo, la que Elvira había organizado tres años atrás para sostener a quien flaqueara, se llenó aquel otoño más de lo que jamás había estado, y Xuan Fernández, reunido con Pelayo y con Elvira una tarde de vendimia para hacer cuentas del año, no pudo evitar un comentario que sonaba, en su boca prudente, casi a asombro.

—Empiezo a pensar que este concejo ha aprendido, en estos años de castigo, algo que quizá no habría aprendido nunca en la abundancia —dijo, mirando los sacos de grano y los odres de sidra recién llenados—.

A sostenerse los unos a los otros sin que nadie se lo mande desde fuera.

Eso, pase lo que pase con el obispo y con su entredicho, ya no nos lo va a quitar nadie.

Elvira, que llevaba las cuentas de la reserva con el mismo cuidado meticuloso con que llevaba las de su propia taberna, asintió sin levantar la vista de la tablilla encerada.

—Es verdad, y es lo único bueno que le voy a agradecer a estos cuatro años cuando todo esto termine —dijo—.

Pero no quiero que se me olvide, ni a nadie, lo que ha costado aprenderlo.

Cuatro cosechas sin campanas. Cuatro años sin poder enterrar, casar ni bautizar como es debido.

No cambiaría lo aprendido por el precio que hemos pagado en aprenderlo, si me dieran a elegir de nuevo.

Fue también aquel otoño cuando Pelayo y Elvira, con la bendición discreta de sus respectivas familias, decidieron unir de forma más visible sus dos haciendas —la tierra de Pelayo en Lugo, la taberna y la tierra de Elvira en San Cucao— sin esperar ya a una boda que ninguno de los dos sabía cuándo podría celebrarse.

No fue un gesto legal ni sacramental, sino puramente práctico y, a su manera, profundamente simbólico: empezaron a trabajar ambas propiedades como una sola economía, compartiendo cosecha, reserva y decisiones, de modo que cuando por fin llegara el día de la boda formal, esta no hiciera sino confirmar ante Dios y ante la Iglesia lo que la vida cotidiana ya llevaba meses demostrando.

—Parecemos casados sin estarlo —bromeó Pelayo una noche, contando juntos el grano de ambas cosechas a la luz del fuego de la taberna.

—Llevamos casados en todo menos en el nombre desde hace más tiempo del que ninguno de los dos se atreve a admitir —respondió Elvira, sin dejar de contar—. El nombre es lo único que nos falta, y ese nombre se lo debemos a don Rodrigo, no a nosotros mismos.

Bermudo, cuando se enteró de aquel arreglo entre las dos haciendas, fue de los primeros en presentarse en San Cucao con un cesto de manzanas de su propia cosecha, insistiendo en que Elvira lo aceptara como adelanto de lo que todavía sentía que le debía.

—No me debéis nada, Bermudo —le dijo ella, intentando devolverle el cesto—. La reserva no es un préstamo que haya que devolver con intereses. Es de todos, y vos ya habéis devuelto de sobra lo que en su día recibisteis.

—Dejadme devolverlo de todos modos —insistió él, sin ceder el cesto—.

No por lo que os debo a vos, que ya está saldado.

Sino porque quiero que cuando Pelayo y vos os caséis por fin, mi cosecha esté también en esa mesa, aunque sea en forma de unas manzanas.

Un hombre necesita poder decir que estuvo presente, de alguna manera, en la felicidad de quien lo sostuvo cuando él no tenía nada que ofrecer.

«Llevamos casados en todo menos en el nombre desde hace más tiempo del que ninguno de los dos se atreve a admitir»