El silencio de las campanas: Los Exconxuraos de Llanera CAPÍTULO XX. Don Rodrigo
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CAPÍTULO XX. Don Rodrigo

CAPÍTULO XX. Don Rodrigo

El regreso de Pelayo coincidió, casi al mismo tiempo, con una crisis distinta, más callada, que llevaba fraguándose en el interior de don Rodrigo desde la boda secreta de Bras y Sancha, tres inviernos atrás.

Aquellos meses, don Rodrigo había empezado además una costumbre que no confiaba a nadie: escribir, en un cuaderno modesto que guardaba bajo llave en su propia celda, una suerte de examen de conciencia diario, no muy distinto en la forma del que cualquier sacerdote de su tiempo hacía cada noche antes de dormir, pero distinto por completo en el fondo, porque lo que en él anotaba no eran los pecados propios de la carne o de la pereza, sino las decisiones concretas —confesar sin las formas debidas, rezar junto a un muerto sin sepultura consagrada— que iba tomando cada semana contra la letra, si no contra el espíritu, de la orden episcopal.

Releía a veces esas páginas, buscando en ellas un patrón que le indicara si se estaba deslizando, poco a poco, hacia una desobediencia mayor de la que era capaz de sostener con la conciencia tranquila, o si, por el contrario, estaba simplemente aprendiendo, tarde en la vida, a distinguir entre la letra de una norma y el propósito que esa norma debía servir.

Fue Pelayo, recién llegado de su viaje y todavía con la cabeza llena de las conversaciones mantenidas con clérigos y con hidalgos de otras tierras, quien encontró a don Rodrigo una tarde sentado a solas junto a la iglesia cerrada de San Julián, con un aire de derrota que a Pelayo le sorprendió en un hombre que, a su manera silenciosa, había sostenido tanto como cualquier otro durante aquellos años.

—Me pregunto a veces, Pelayo —le confesó el cura, sin que Pelayo le hubiera preguntado nada—, si no habré fallado a los dos: a mi obispo, por las bodas y las confesiones que le he escondido, y a mi gente, por todo lo que no me he atrevido a hacer por miedo a ir más lejos todavía.

Un hombre no puede servir bien a dos amos que le piden cosas contrarias, y yo llevo cuatro años intentándolo sin conseguirlo del todo con ninguno de los dos.

Pelayo se sentó junto a él, sin prisa, dejando que el silencio del atardecer hiciera su parte antes de que las palabras tuvieran que hacer la suya.

Había aprendido, en sus dos años de camino, que los hombres de fe atormentada no siempre necesitaban una respuesta rápida, sino sobre todo la certeza de que alguien estaba dispuesto a escuchar hasta el final antes de opinar.

—Durante el viaje —dijo, al cabo de un rato—, conocí a un canónigo de Oviedo que me confesó, sin saber quién era yo, que en el propio cabildo había dudas sobre si nuestro castigo era del todo justo.

Un hombre de Iglesia, don Rodrigo, dudando de su propia Iglesia.

Si él puede vivir con esa duda sin perder la fe, quizá vos también podáis vivir con la vuestra.

Pelayo, que no era hombre de teología ni pretendía serlo, le respondió, sin embargo, con la misma franqueza que había aprendido a valorar en Elvira durante tantos años de conocerla.

—En todo este tiempo, don Rodrigo, no he conocido a nadie en este concejo que no haya tenido que elegir, alguna vez, entre lo que se le mandaba y lo que su conciencia le decía que era justo.

Vos también habéis elegido, cada vez que habéis rezado con una familia en duelo, cada vez que habéis casado a Bras y a Sancha contra la orden expresa de vuestro obispo.

Puede que no hayáis elegido tan fuerte como algunos hubiéramos querido, pero habéis elegido, y el concejo lo sabe, y os lo agradece, aunque nadie os lo diga cada día.

Don Rodrigo no respondió enseguida, pero algo en su rostro, cuando por fin habló, sonaba más ligero que antes.

—Cuando esto termine, si es que termina —dijo—, quiero ser yo quien case a Elvira y a ti, Pelayo, con todas las formas debidas, con las campanas sonando como Dios manda. Me lo debo a mí mismo, después de tantos años de bodas a medias y de sacramentos escondidos.

—Contad con ello, don Rodrigo —respondió Pelayo—. Nadie más que vos debería hacerlo.

«Cuando esto termine, si es que termina, quiero ser yo quien case a Elvira y a ti»