El silencio de las campanas: Los Exconxuraos de Llanera CAPÍTULO XIX. El regreso
37%

CAPÍTULO XIX. El regreso

CAPÍTULO XIX. El regreso

De todo aquel tiempo de camino, lo que más se le había quedado grabado no fue ningún hidalgo firmando un testimonio de apoyo, sino una noche en una posada de Siero, en pleno invierno, cuando un labrador anciano, al enterarse de que Pelayo venía de un concejo bajo entredicho, le contó sin que nadie se lo pidiera la historia de otra comunidad, dos generaciones atrás, castigada de forma parecida por un señorío distinto, y cómo aquella comunidad, tras años de resistencia, había terminado por doblegarse no ante la fuerza del señor sino ante el hambre y el cansancio de sus propios vecinos.

El anciano no lo dijo como advertencia ni como consuelo, sino como quien simplemente comparte lo que ha visto, pero Pelayo pasó el resto de aquel invierno dándole vueltas a la historia, preguntándose qué distinguiría, si es que algo lo distinguía, la resistencia de Llanera de aquella otra que había terminado por ceder.

No encontró una respuesta clara hasta mucho después, ya de vuelta, viendo con sus propios ojos cuánto había aprendido el concejo a sostenerse sin él: la diferencia, pensó entonces, no estaba en la fuerza de un solo hombre, sino en que Llanera, a diferencia de aquella otra comunidad lejana, nunca había dejado que la resistencia recayera del todo sobre los hombros de uno solo.

No avisó de su llegada con antelación suficiente para que nadie lo recibiera con ceremonia, y quizá fue mejor así: entró en San Cucao al atardecer, con el mismo paso cansado y decidido con que había entrado, años atrás, en la misma taberna por primera vez, y se encontró a Elvira detrás del mostrador reconstruido, sirviendo sidra a un par de arrieros, exactamente donde la había dejado tantas cartas y tantos meses antes.

Ella lo vio antes de que él llegara a hablar, y por un instante ninguno de los dos se movió, como si ambos necesitaran comprobar, con los ojos primero, que aquello era real y no una más de las escenas que cada uno había imaginado en la soledad de la espera.

—Has vuelto —dijo ella, al fin, con una voz que intentaba sonar serena y no lo conseguía del todo.

—He vuelto —respondió Pelayo—. Y he vuelto, como prometí, sabiendo que esta puerta estaría abierta.

No hicieron falta más palabras esa noche para lo esencial; las palabras vinieron después, muchas, a lo largo de las semanas siguientes, mientras Pelayo ponía al día a Xuan Fernández y a todo el concejo del fruto de su viaje, y mientras él y Elvira recuperaban, poco a poco, la costumbre de estar simplemente juntos, sin la urgencia de una despedida o de una crisis pendiente sobre sus cabezas.

Pelayo tardó más de lo que hubiera querido admitir en reacomodarse a la vida de Lugo.

Después de dos años y medio durmiendo en posadas ajenas y midiendo cada palabra ante desconocidos, la quietud de su propia tierra le resultaba, los primeros días, casi tan extraña como le había resultado en su día el camino.

Se sorprendía a sí mismo despertando de golpe en mitad de la noche, buscando con la mano un morral de viaje que ya no estaba junto a él, y tardando un instante en recordar que podía volver a dormirse sin preocuparse de qué posada o qué pajar tocaría la noche siguiente.

—Se te pasará —le dijo Osenda, que había cuidado la tierra de su hermano en su ausencia con la misma dedicación con que hubiera cuidado la suya propia—.

A mí también me costó, después de que muriera madre, volver a dormir tranquila en esta casa.

El cuerpo tarda más que la cabeza en creerse que el peligro ha pasado.

Fue precisamente Osenda quien, en aquellas primeras semanas, le hizo a Pelayo el relato más completo de todo lo ocurrido en su ausencia: el entierro de otros dos vecinos sin sacramentos, las oraciones dominicales que ya no eran solo cosa de Lugo y San Cucao sino costumbre extendida por medio concejo, el episodio del espía que Elvira había resuelto sin contárselo a casi nadie hasta que ya estaba zanjado.

Pelayo escuchó todo aquello con una mezcla de orgullo y de vértigo: el concejo que había dejado atrás y el que encontraba a su vuelta, sin dejar de ser el mismo, había aprendido a sostenerse de maneras que él mismo, de haber estado presente, quizá no habría sabido enseñarle.

—Me habéis hecho falta menos de lo que yo temía —le dijo a Elvira, una tarde, medio en broma medio en serio.

—Y tú nos has hecho falta más de lo que tú mismo crees —respondió ella—. Una cosa es que el concejo aprendiera a sostenerse sin ti. Otra muy distinta es que no te echáramos de menos cada día que duró tu ausencia.

Fue en una de esas semanas, sentados de nuevo bajo el roble viejo del cruce de caminos —testigo ya de tantas conversaciones entre los dos que Pelayo bromeaba diciendo que el árbol merecía su propio lugar en la memoria del concejo—, cuando hablaron por fin, sin miedo y sin cálculo de por medio, de lo que llevaban años posponiendo.

—Hemos consolidado lo nuestro, cada uno a su manera —dijo Pelayo—. Tú sosteniendo el concejo desde dentro, yo buscando apoyos fuera. Ninguno de los dos es ya el mismo que se despidió bajo este árbol hace tantos inviernos.

—No —convino Elvira—. Y creo que los dos sabemos ya, sin necesidad de decirlo más claro, que cuando esto termine, cuando las campanas vuelvan a sonar, no vamos a esperar ni un día más de lo necesario para casarnos.

—¿Y si el silencio no termina nunca?

—Terminará —dijo ella, con una convicción que no admitía réplica—. No sé cuándo, pero terminará. Y cuando termine, quiero que sea lo primero que celebremos, antes que ninguna otra cosa.

No fue una promesa formal, ni un compromiso ante testigos como el que otras parejas del concejo habían hecho por necesidad; fue, simplemente, la certeza compartida de dos personas que ya no necesitaban prometerse nada, porque llevaban años demostrándoselo el uno al otro de todas las formas que el silencio les había permitido.

«Cuando las campanas vuelvan a sonar, no vamos a esperar ni un día más de lo necesario»