El silencio de las campanas: Los Exconxuraos de Llanera CAPÍTULO XVIII. El tercer invierno
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CAPÍTULO XVIII. El tercer invierno

CAPÍTULO XVIII. El tercer invierno

La carta de Pelayo sobre la salud quebrantada del obispo llegó a Llanera en pleno tercer invierno del entredicho, y produjo en el concejo un efecto extraño: una esperanza que nadie se atrevía a nombrar en voz alta, por miedo a que decirla la deshiciera antes de tiempo.

Xuan Fernández, prudente como siempre, se cuidó de convertir aquella noticia en promesa.

—Un obispo enfermo puede sanar, o puede tardar años en morirse, o puede morirse mañana mismo —advirtió a los pocos vecinos con quienes compartió el contenido de la carta—.

No cambiemos nuestra manera de vivir por una esperanza que todavía no es más que un rumor recogido en una posada.

Sigamos aguantando exactamente como hemos aguantado hasta ahora, y que la noticia, si se confirma, nos encuentre firmes y no relajados.

El consejo era sabio, pero difícil de seguir del todo: algo, en el ánimo general del concejo, cambió a partir de aquel invierno, un cambio sutil pero real, como el que nota un caminante cuando, tras muchas horas de cuesta, empieza a intuir, aunque no vea todavía la cima, que el terreno ha comenzado a allanarse.

Elvira, que llevaba la carta de Pelayo guardada junto a las demás, releída tantas veces que el pliegue central empezaba a rasgarse, sintió aquel cambio de ánimo con una mezcla de esperanza y de cautela muy parecida a la de Xuan.

Había aprendido, en los años de rebeldía, a desconfiar de las noticias buenas tanto como de las malas, a no dejar que ni unas ni otras le nublaran el cálculo que la había mantenido, a ella y a cuantos dependían de su cabeza fría, con los pies en la tierra.

Fue precisamente esa cautela la que la salvó, meses después, de cometer un error que a punto estuvo de costarle caro.

Corrió por San Cucao, aquel invierno, el rumor de que Martín, escarmentado quizá por el fracaso de su represalia contra la taberna —que lejos de amedrentar al concejo lo había unido más—, buscaba ahora una vía distinta: sobornar a algún vecino de confianza para que espiara los movimientos de Elvira y de Xuan Fernández [26] , con la esperanza de descubrir algo que le sirviera para desprestigiarlos ante el propio concejo, ya que la fuerza abierta no le había dado resultado.

Elvira, alertada por Osenda de que un antiguo cliente de la taberna, un arriero al que siempre había tenido por hombre de fiar, había empezado a hacer preguntas extrañamente precisas sobre las reuniones nocturnas y sobre el paradero exacto de las cartas de Pelayo, no actuó con la rabia que quizá el propio Pelayo habría sentido en su lugar.

Se limitó a observar, a medir, a comprobar durante semanas si sus sospechas se confirmaban antes de decir una sola palabra a nadie, ni siquiera a Xuan.

Cuando por fin tuvo la certeza —una carta interceptada a tiempo, dirigida por el propio arriero a un hombre de confianza de Martín, con detalles que solo alguien cercano a la taberna podía conocer—, no organizó ningún ajuste de cuentas ni denuncia pública.

Convocó al arriero a solas, en la propia taberna, una noche que sabía vacía de otros clientes.

—Sé lo que has estado haciendo —le dijo, sin rodeos, dejando la carta interceptada sobre la mesa entre los dos—.

Y sé también, porque te conozco desde que eras mozo y venías aquí con tu padre, que no lo has hecho por maldad, sino por miedo, o por necesidad, o por ambas cosas a la vez.

No voy a denunciarte ante el concejo, porque un concejo que empieza a devorarse a sí mismo por dentro está más cerca de perder que el que resiste unido a un enemigo de fuera.

Pero desde hoy, tú también vas a servirnos a nosotros, no solo a Martín.

Le contarás lo que yo decida que le cuentes, ni una palabra más.

El arriero, pálido, aceptó sin apenas resistencia, más aliviado de no ser expuesto ante el concejo entero que resentido por el nuevo papel que Elvira le imponía, y durante los meses siguientes sirvió, sin saberlo casi el propio Martín, de vía involuntaria para hacer llegar al comendero justo la información que a Elvira le convenía que recibiera —ni más, ni menos—.

Hubo, además, una consecuencia que Elvira no había buscado pero que tampoco lamentó: el propio arriero, avergonzado de lo que había estado a punto de hacer, se convirtió, con el paso de los meses, en uno de los vecinos más discretamente útiles del concejo, siempre atento a cualquier movimiento de los hombres de Martín en los caminos que recorría con su oficio, y siempre el primero en avisar a Elvira, sin que ella tuviera que pedírselo dos veces.

—No sé si lo hace por lealtad o por miedo a que algún día cuente lo que hizo —le comentó una vez Osenda, que había llegado a apreciar al hombre sin dejar de vigilarlo—. ¿Te importa cuál de las dos cosas sea?

—No mucho, mientras el resultado sea el mismo —respondió Elvira—. He aprendido, estos años, que no todo el mundo puede permitirse el lujo de actuar solo por convicción. Algunos actúan bien por necesidad, y a este concejo, ahora mismo, le sirve igual de bien lo uno que lo otro.

Cuando Xuan Fernández se enteró de todo el episodio, semanas después, ya resuelto, no supo si reprocharle a Elvira el no haberlo consultado o admirar, una vez más, la frialdad con que había convertido una amenaza en una herramienta propia.

—Algún día vas a tener que enseñarme a pensar como tú piensas —le dijo, medio en broma, medio en serio.

—Algún día —respondió Elvira, con la misma frase que tantas veces le había dedicado a Pelayo— tendrás que confiar en que, si no os cuento las cosas al momento, es porque todavía las estoy calculando, no porque las esté ocultando.

«Todavía las estoy calculando, no porque las esté ocultando»