CAPÍTULO XVII. Noticias de Oviedo
CAPÍTULO XVII. Noticias de Oviedo
Fue precisamente en aquella posada cercana a Oviedo, meses después de la carta de Elvira, donde Pelayo obtuvo la primera noticia que, sin que él pudiera saberlo entonces, anunciaba ya el principio del fin de los cuatro años de silencio.
Un canónigo joven, de los muchos que iban y venían de la catedral por asuntos de administración, se alojaba esa noche en la misma posada, y Pelayo, cuidándose de no revelar su procedencia, entabló con él una conversación cautelosa sobre las nuevas de la sede episcopal.
El canónigo, más locuaz de lo prudente después de un par de jarras de vino, comentó, sin darle mayor importancia, que el obispo Guillén de Monteverde llevaba meses de salud quebrantada, apenas capaz de oficiar las ceremonias mayores, y que en el cabildo empezaba a hablarse, todavía en voz baja, de quién podría sucederle si Dios decidía llamarlo pronto a su lado.
—Es un hombre ya mayor, y los años en la curia de Aviñón, dicen quienes lo conocieron entonces, le dejaron el cuerpo más cansado que la fe —comentó el canónigo, sin sospechar que su interlocutor procedía precisamente del concejo que aquel obispo llevaba años castigando—.
Cuando Dios se lo lleve, veremos qué manos recogen el báculo.
Ojalá sean manos más blandas que las suyas; no ha sido, para muchos, un pastor fácil.
—¿Tan duro ha sido, para tantos? —preguntó Pelayo, con el tono más neutro que pudo componer, sirviéndole al canónigo una tercera jarra que este no rechazó.
—Duro con quien se le resiste, más que con quien le obedece, que es lo que cabe esperar de cualquier señor, eclesiástico o laico —respondió el canónigo, ya sin mucho cuidado en las palabras—.
Hay un concejo, allá por el occidente, que lleva años bajo entredicho por negarse a pagar unas rentas que el propio cabildo, entre nosotros, no siempre tiene claro que fueran justas del todo.
Algunos, en la catedral, empezamos a pensar que el asunto se ha alargado más por orgullo del báculo que por necesidad de la mitra [25] .
Pero eso no se dice en voz alta, ni yo os lo he dicho a vos, buen hombre, que buena cara tenéis de no repetirlo por ahí.
Pelayo aseguró, con una tranquilidad que le costó fingir, que su boca era tan discreta como su interés por las nuevas de la ciudad, y el canónigo, satisfecho con la promesa, cambió pronto de tema hacia asuntos de mercado y de cosecha, sin volver a mencionar Llanera por su nombre.
Pero Pelayo guardó aquella confidencia, casi tanto como la de la enfermedad del obispo, con el mismo cuidado con que guardaba cada moneda del viaje: la prueba, dicha sin querer por boca de un hombre de la propia catedral, de que ni siquiera dentro de Oviedo el castigo de Llanera se sostenía ya sobre una convicción unánime.
Pelayo guardó aquella información con el mismo cuidado con que Elvira guardaba las noticias que llegaban a su taberna, sin decir nada, sin dejar traslucir la esperanza repentina que se le había encendido en el pecho.
Aquella misma noche, incapaz de dormir, escribió a Xuan Fernández y a Elvira la misma carta, con las mismas palabras exactas para los dos, como si escribir la noticia dos veces la hiciera más cierta:
«El obispo enferma. No sé cuánto tiempo le queda, ni si su sucesor será mejor o peor señor que él.
Pero un hombre que ha sostenido nuestro entredicho durante tantos años no puede sostenerlo para siempre.
Que el concejo aguante un poco más. Que aguantemos todos un poco más.
Puede que el silencio, después de todo, no sea eterno. »
No podía saber, mientras sellaba aquella carta, que todavía faltaban meses —no muchos, pero sí los suficientes para que el concejo tuviera que atravesar, antes del final, alguna de sus pruebas más duras— para que aquella esperanza contenida se convirtiera en la noticia que Llanera entera llevaba cuatro años esperando.
«Puede que el silencio, después de todo, no sea eterno»