El silencio de las campanas: Los Exconxuraos de Llanera CAPÍTULO XVI. El camino de Pelayo
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CAPÍTULO XVI. El camino de Pelayo

CAPÍTULO XVI. El camino de Pelayo

El viaje de Pelayo lo llevó, en los primeros meses, por tierras que le resultaban conocidas de sus años de andanzas juveniles: Las Regueras primero, después Siero, y más tarde, cuando la buena acogida de los primeros concejos le dio ánimo para ampliar el encargo, hasta las cercanías de Oviedo mismo, donde tuvo que extremar la cautela para no ser reconocido como enviado de un concejo excomulgado.

Lo que encontró, en cada parada, fue una misma historia contada con distintos nombres: en Las Regueras, un abad que apretaba las rentas de sus foreros casi con el mismo celo que Martín; en Siero, un pleito viejo entre el concejo y un señorío laico por el aprovechamiento de unos montes comunales; en las aldeas más próximas a Oviedo, un resentimiento contenido hacia el poder episcopal que, sin llegar a la rebeldía abierta de Llanera, se parecía lo suficiente como para que más de un hidalgo local escuchara con genuina simpatía el relato de Pelayo.

El hidalgo, hombre ya entrado en años y de conversación franca tras la segunda jarra de vino, quiso saber más de lo que Pelayo esperaba contar: cómo se sostenía un concejo entero sin sacramentos, qué comían quienes no podían pagar renta, si era cierto que una mujer llevaba, en la práctica, tanto peso en la resistencia como los propios hombres del concejo.

Pelayo, cauteloso al principio, fue soltando la lengua a medida que comprobaba que las preguntas nacían de curiosidad genuina y no de ánimo de sacar provecho a la información.

—Una tabernera —dijo el hidalgo, cuando Pelayo le habló de Elvira sin nombrarla del todo—. En mis tierras, a una mujer así la llamarían entrometida, o peor. Por lo que me contáis, en Llanera la llaman otra cosa.

—En Llanera la llamamos la que sostiene lo que otros solo prometemos sostener —respondió Pelayo, y el hidalgo rio de buena gana, con una risa franca que llevaba tiempo sin oír de labios de un desconocido.

—Guardaos bien esa mujer, muchacho, cuando volváis. No abundan.

Pelayo guardó aquella noche, junto con la posada y la comida caliente, algo que agradeció más todavía: la sensación, nueva para él después de meses de camino, de que el relato de Llanera no sonaba, contado en voz alta a un desconocido, a la exageración de un rebelde dolido, sino a una historia que otros, con sus propias cargas, podían reconocer como verosímil y hasta admirable.

Pelayo escuchaba estas conversaciones con una mezcla de esperanza y de frustración: esperanza, porque cada testimonio recogido reforzaba la carta que llevaba consigo, sumando firmas y respaldos que algún día, decía Xuan, podrían pesar en favor del concejo; frustración, porque ninguno de aquellos concejos vecinos estaba, por el momento, dispuesto a nada más que la simpatía verbal, ocupados como estaban en sus propios pleitos y sin ánimo de sumar el suyo al de Llanera de forma más comprometida.

Fue durante aquellos meses de camino, durmiendo en posadas de mala muerte y en algún pajar cuando la posada no alcanzaba, cuando Pelayo tuvo tiempo, por primera vez en años, de pensar despacio en la mujer que había dejado esperando en San Cucao.

Le escribía cuando podía —cartas breves, dictadas a algún escribano de pueblo cuando su propia letra, aprendida a medias de un fraile del Camino años atrás, no bastaba para lo que quería decir—, y esperaba las respuestas de Elvira con una impaciencia que le recordaba, con ironía, a la de un mozo enamorado por primera vez, no a la de un hombre que llevaba cinco años queriendo a la misma mujer.

Una de esas cartas, recibida ya entrado el segundo año de su ausencia, en una posada cercana a Oviedo, le cambió el ánimo de golpe: Elvira le contaba, con su prosa directa de siempre, lo ocurrido con Bermudo, la creación de la reserva común del concejo, y terminaba con una línea que Pelayo releyó varias veces esa noche, a la luz de una vela de sebo, antes de guardarse la carta junto al pecho:

«No me necesitas para sostener lo que hay que sostener aquí, Pelayo, y eso debería tranquilizarte, no dolerte.

Sostén tú lo que hay que sostener ahí fuera.

Cuando los dos hayamos terminado de sostener cada uno lo suyo, nos encontraremos en algún punto del camino que ya no necesite ni tu fuerza ni la mía por separado, sino las dos juntas. »

«Sostén tú lo que hay que sostener ahí fuera»