CAPÍTULO XV. Elvira sola
CAPÍTULO XV. Elvira sola
La ausencia de Pelayo, esta vez, no se pareció en nada a la del primer alejamiento.
Aquella había sido una ausencia de cercanía forzada, dos personas que se veían de lejos en el mismo mercado sin acercarse; esta era una ausencia real, medida en semanas sin carta y en la incertidumbre de no saber si el hombre que amaba dormía esa noche bajo techo o a la intemperie, en tierra de señores que bien podían no mirar con buenos ojos a un mensajero de un concejo rebelde.
Elvira aprendió, en esos meses, una soledad distinta de la que había conocido tras la muerte de su padre: aquella había sido una soledad que se ocupaba trabajando; esta era una soledad que, por más que trabajara, la acompañaba de todos modos.
No por ello dejó de sostener lo que tenía que sostener.
La prueba mayor le llegó a mediados de aquel mismo año, cuando Bermudo, el vecino de Cayés cuya vaca embargada había desencadenado la asamblea de Posada tres años atrás, empezó a flaquear.
La enfermedad que lo había llevado al borde de la muerte en su día no lo mató entonces, pero lo dejó débil, y con la debilidad le llegó también el miedo: miedo a seguir sosteniendo una rebeldía que ya duraba más de lo que nadie había imaginado, miedo a morir, si volvía a enfermar, sin más sepultura que la de un prado, miedo, sobre todo, a que su familia pagara con hambre lo que él pagaba con principios.
Empezó a hablar, en voz baja primero y después con menos disimulo, de negociar por su cuenta con Martín: pagar lo que se le pidiera, romper el juramento colectivo de no pagar renta que no fuera justa, a cambio de que el comendero le dejara en paz a él y a los suyos.
Y lo que hacía peligroso aquel gesto no era solo la traición al juramento, sino el precedente: si Bermudo cedía, ¿por qué no habría de ceder también Fulano, o Zutano, cada uno con su propio miedo, hasta que la unidad que había sostenido al concejo durante tres años se deshiciera desde dentro, sin que Martín tuviera siquiera que mover un dedo?
Fue Elvira quien, al enterarse por un vecino de San Cucao que pasaba camino de Cayés, decidió actuar antes de que Xuan Fernández —ausente aquella semana en Posada, atendiendo otros asuntos del concejo— pudiera enterarse siquiera de lo que se cocía.
Fue a ver a Bermudo ella misma, sin avisar, con un cesto de provisiones de la taberna a modo de excusa y, sobre todo, con la cabeza ya hecha respecto a lo que iba a decirle.
—Sé lo que estás pensando hacer, Bermudo, y no he venido a reprochártelo —le dijo, sentada junto a su lecho, con la voz firme pero sin dureza—.
Tienes miedo, y el miedo no es una vergüenza.
Pero antes de que hagas nada, quiero que sepas dos cosas.
La primera: si negocias solo, Martín no va a dejarte en paz por generosidad suya.
Va a dejarte en paz mientras le sirvas de ejemplo ante los demás, y en el momento en que ya no le sirvas, volverá a por ti, y entonces estarás solo, sin el concejo detrás para sostenerte, porque un concejo no sostiene a quien lo traicionó primero.
Bermudo, pálido y débil, no respondió, pero tampoco apartó la mirada.
—La segunda —continuó Elvira— es que tu familia no va a pasar hambre por seguir en el juramento.
Esa es la parte que a ti te corresponde temer menos, porque de esa parte nos ocupamos los demás.
Mi taberna, la casa de Xuan, media docena de familias más: todos aportamos lo que podemos para que ningún vecino tenga que elegir entre el hambre de los suyos y la palabra dada.
Deberías haberlo sabido ya. Si no lo sabías, es que hemos fallado en decírtelo, y eso lo arreglamos hoy mismo.
Fue, en efecto, un fallo que Elvira se propuso corregir enseguida: organizó, en las semanas siguientes, con la ayuda de Osenda y de un par de mujeres más de distintas parroquias, algo parecido a una reserva común del concejo [23] —grano, sidra, algo de dinero— destinada expresamente a sostener a las familias más débiles frente a la tentación de ceder por necesidad, no por convicción.
No lo hizo a escondidas, aunque bien podría haberlo hecho: convocó, con la ayuda de Osenda, una reunión abierta en el mercado de Posada, un día de mercado como cualquier otro, y expuso allí mismo, delante de quien quiso escuchar, la idea entera, sin adornos.
—No es caridad lo que os pido —dijo, subida a un poyete de piedra para que la voz le llegara a todos—.
Es cálculo. Cada familia que cede por hambre es una grieta en el muro que hemos levantado entre todos estos años.
Tapar esa grieta antes de que se abra nos cuesta hoy un saco de grano.
Dejar que se abra nos puede costar mañana el concejo entero.
Quien pueda aportar, que aporte lo que pueda.
Quien no pueda hoy, que sepa que mañana, si le hace falta, esto estará aquí para él, sin preguntas y sin vergüenza.
No todos aportaron de igual grado ni de igual buena gana —hubo quien murmuró que aquello olía más a gobierno propio que a ayuda vecinal, y no le faltaba razón—, pero para el final de aquella misma jornada de mercado, la reserva contaba ya con más grano, más sidra y más voluntades comprometidas de las que Elvira misma había esperado reunir en un solo día.
Xuan Fernández, cuando volvió y se enteró, no supo si sorprenderse más de la idea o de que se le hubiera ocurrido a Elvira antes que a él.
—Deberíamos haber pensado en esto desde el primer año —le dijo.
—Deberíais —respondió ella, sin acritud pero sin ceder tampoco un ápice—. Pero no lo pensasteis, así que lo he pensado yo. Cuando Pelayo vuelva, dile que en su ausencia el concejo no se ha deshecho. Se ha hecho más fuerte.
Marina, que había acudido aquella jornada de mercado sin saber muy bien qué esperar, fue de las primeras en acercarse al poyete de piedra cuando Elvira terminó de hablar, no para aportar grano —apenas les quedaba a ella y a Bermudo para pasar el invierno— sino para ofrecerse a llevar, ella misma, las cuentas de lo recogido en cada parroquia, tarea para la que, según dijo, «una mujer que ha aprendido a contar cada grano de su propio granero durante tres años de estrechez sabe mejor que nadie no dejar que se pierda ni uno ajeno».
Elvira aceptó de inmediato, y aquella colaboración, nacida de una necesidad tan concreta, se convertiría con el tiempo en una amistad que ninguna de las dos habría previsto el día en que se conocieron, años atrás, por boca de un arriero que traía la noticia de una vaca embargada.
«Cuando Pelayo vuelva, dile que en su ausencia el concejo no se ha deshecho. Se ha hecho más fuerte»