CAPÍTULO XIV. Los mensajeros del concejo
CAPÍTULO XIV. Los mensajeros del concejo
La represalia contra la taberna no amedrentó al concejo. Lo convenció de otra cosa: que resistir puertas adentro —negarse a pagar rentas injustas, sostener las oraciones dominicales sin cura— ya no bastaba, y que hacía falta buscar apoyo más allá de las fronteras de Llanera.
—Llanera no es el único territorio de Asturias sometido a un señorío eclesiástico que aprieta más de lo debido —expuso Xuan ante una nueva asamblea, convocada con discreción en Villardeveyo, lejos de oídos indiscretos—.
Si otros concejos vecinos han sufrido agravios parecidos de sus propios señores, puede que estén dispuestos a sumar su voz a la nuestra, o al menos a hacer llegar noticia de lo que aquí ocurre a quien pueda, algún día, interceder por nosotros ante el propio obispo o ante la Corona.
La propuesta, discutida largamente, cristalizó en una decisión concreta: enviar mensajeros de confianza a los concejos limítrofes y, si el camino y la prudencia lo permitían, hasta la propia corte, entonces itinerante, de la regencia de Castilla, para dejar constancia por escrito de los agravios sufridos por Llanera, con la esperanza —modesta, todos lo sabían— de que algún día, cuando cambiaran las circunstancias, aquel testimonio pudiera pesar en favor del concejo.
—Hace falta alguien que sepa leer y escribir lo bastante para llevar la palabra del concejo sin que se la tuerzan por el camino —dijo Xuan—, y que conozca ya, por haber andado fuera, cómo se trata con hidalgos y con clérigos de otras tierras.
No hizo falta que nadie pronunciara el nombre de Pelayo en voz alta para que todos los presentes, y el propio Pelayo, entendieran a quién se estaba describiendo. Aun así, no faltó quien objetara.
—Es arriesgar mucho en un solo hombre —dijo un labrador de Bonielles, de los más veteranos de la asamblea, con más prudencia que desconfianza en la voz—.
Si le ocurre algo por el camino, o si lo prenden como enviado de un concejo excomulgado, no solo perdemos al mensajero.
Perdemos también la carta, y con ella, el único testimonio escrito que tenemos de todo lo sufrido.
—Por eso mismo se harán dos copias de la carta antes de que parta —respondió Xuan, que ya había previsto la objeción—, una que lleve él y otra que quede guardada aquí, en lugar seguro, para que ningún percance del camino borre de golpe cuatro años de memoria.
Y en cuanto al riesgo, no voy a fingir que no existe.
Pero llevamos cuatro años arriesgando algo en cada decisión que hemos tomado, y hasta hoy ha sido siempre el riesgo correcto.
Nadie más objetó después de aquello, y la asamblea, con el asentimiento silencioso de las cabezas más que con una votación formal, dio por decidido lo que ya todos sabían desde el principio de la reunión.
Se lo comunicó a Elvira esa misma noche, con el mismo cuidado con que un mes atrás, sentados frente al fuego reparado de la taberna, se habían prometido no volver a alejarse el uno del otro por miedo.
—No es por miedo, esta vez —le dijo, casi disculpándose de antemano—. Es porque hace falta, y porque soy yo quien puede hacerlo.
Elvira lo escuchó con la misma atención de siempre, y cuando él terminó, no hubo en su rostro ni sorpresa ni el reproche que Pelayo, en el fondo, había temido encontrar.
—Prometimos no alejarnos por miedo —dijo ella—.
No prometimos no alejarnos nunca. Hay alejamientos que sirven a algo más grande que nosotros dos, y este es uno de ellos.
Ve, Pelayo. Pero esta vez, a diferencia de la última, quiero saber cada semana dónde estás, y quiero que sepas que, allá donde vayas, esta taberna y esta mujer te esperan de vuelta con la puerta abierta, no cerrada por miedo.
La mañana de la partida, Osenda insistió en acompañar a su hermano hasta el cruce donde el camino de Lugo se juntaba con el de Villardeveyo, aunque solo fuera para caminar a su lado un último tramo.
No dijo gran cosa por el camino —Osenda nunca había sido de muchas palabras cuando de verdad importaban— pero, al despedirse, le metió en el zurrón un pequeño paño bordado con las iniciales de su madre, Tarasia, que había guardado desde su muerte sin saber bien para qué.
—Para que lleves algo de ella contigo —le dijo, simplemente—, ya que ella no pudo acompañarte a ningún sitio después de que las campanas callaran.
Pelayo se guardó el paño junto al pecho, bajo la camisa, y no volvió a sacarlo durante todo el viaje salvo en los momentos en que la fatiga o el desánimo amenazaban con vencerlo; entonces, a solas en alguna posada del camino o al raso bajo un cielo desconocido, lo tocaba un instante, como quien toca una reliquia, y encontraba en ese gesto sencillo la fuerza que ya no le quedaba en las piernas.
Pelayo partió de Llanera a los pocos días, con una carta sellada por Xuan Fernández y por media docena de hombres buenos del concejo, dispuesto a recorrer, primero, las tierras vecinas de Las Regueras y de Siero [22] , y después, si el camino se lo permitía, a buscar la manera de hacer llegar noticia de Llanera hasta donde la Corona, ocupada como estaba en sus propios asuntos de regencia, pudiera todavía prestarle oído.
No sabía, al partir, que aquella ausencia se prolongaría mucho más de lo que él mismo había imaginado, ni que el concejo que dejaba atrás tendría que sostener, sin él, algunas de las pruebas más duras de los cuatro años de silencio.
«Esta taberna y esta mujer te esperan de vuelta con la puerta abierta, no cerrada por miedo»