El silencio de las campanas: Los Exconxuraos de Llanera CAPÍTULO XIII. El reencuentro
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CAPÍTULO XIII. El reencuentro

CAPÍTULO XIII. El reencuentro

Pasaron el resto de aquel día limpiando juntos, en silencio la mayor parte del tiempo, con Osenda y con dos vecinas de San Cucao que se habían acercado en cuanto corrió la noticia, y con la madre de Elvira dirigiendo desde una silla, todavía temblorosa, la tarea de salvar lo que se pudiera salvar de la harina y de la sidra.

Fue ya de noche, con la taberna medio recompuesta y las vecinas retiradas a sus casas, cuando Pelayo y Elvira se quedaron por fin a solas, sentados en el suelo junto al fuego, demasiado cansados para las palabras de reproche que ambos habían llevado dentro todo el día.

—Tenías razón en tener miedo —dijo Pelayo, al fin, mirando las llamas en vez de mirarla a ella—. Y yo tenía razón en no querer que ese miedo nos separara. Los dos teníamos razón, Elvira, y mira dónde nos ha dejado eso.

—No fue el miedo el que nos separó. Fue mi cálculo —respondió ella, con una amargura nueva en la voz, dirigida más contra sí misma que contra él—.

Pensé que si me apartaba lo suficiente, Martín dejaría de verme como un arma contra ti.

Calculé mal. Por primera vez en mi vida, calculé mal algo que de verdad importaba, y el precio lo ha pagado esta taberna, y lo podríamos haber pagado mi madre y yo.

Pelayo se giró hacia ella, y por primera vez en dos años le cogió él la mano a ella, no al revés.

—Entonces dejemos de calcular por separado —dijo—.

Tú calculando cómo protegerme a mí apartándote, yo conteniéndome para no darte motivos de miedo.

Los dos hemos estado luchando la misma guerra en direcciones contrarias, Elvira, y lo único que hemos conseguido es pelear solos cuando podríamos haber peleado juntos.

—¿Y si juntos es peor? ¿Y si juntos les damos un blanco más fácil todavía?

—Juntos o separados, Martín ya nos ha enseñado esta noche que va a golpear donde le parezca, calculemos lo que calculemos.

Prefiero que, si golpea, nos encuentre juntos y no solos.

Prefiero pelear a tu lado a pelear protegiéndote desde lejos, porque desde lejos, ya lo has visto, no te he protegido de nada.

Elvira no respondió enseguida. Miró el fuego, después las manos entrelazadas de los dos, y por fin, con una decisión que a Pelayo le pareció más genuina que cualquier cálculo de los que la había visto hacer en cinco años de conocerla, apoyó la cabeza en su hombro, como no hacía desde antes del entredicho.

—Juntos, entonces —dijo—. Pero esta vez decidido entre los dos, no por uno de los dos para proteger al otro. Eso es lo único que te voy a pedir.

—Eso es lo único que te voy a dar —respondió él.

No hicieron promesa de boda esa noche —la boda seguía siendo, para los dos, algo que solo tendría el peso debido cuando pudiera celebrarse como Dios manda, con las campanas sonando de nuevo—, pero sellaron, ante el fuego y sin más testigo que la madre de Elvira, que dormitaba ya en su silla, un compromiso distinto y, a su manera, igual de solemne [21] : el de no volver a alejarse el uno del otro por miedo, viniera ese miedo de donde viniera.

La noticia de que Pelayo y Elvira habían vuelto a estar juntos corrió por el concejo con la misma rapidez con que había corrido, dos años antes, la noticia contraria, y produjo, entre los vecinos que los conocían, una satisfacción que muchos no se molestaron en disimular.

—Ya era hora —le dijo Osenda a su hermano, la primera vez que lo vio de nuevo camino de San Cucao con un paso que ella no le veía desde hacía dos años—. Toda esta parroquia lleva meses preguntándose cuándo ibais a dejar de haceros los tontos el uno con el otro.

—No nos hacíamos los tontos, Osenda. Elvira tenía sus razones.

—Lo sé. Y también sé que tú tenías las tuyas para respetarlas sin discutirlas, cosa que no te pega nada, hermano, y que por eso mismo demuestra lo mucho que la quieres.

Anda, ve a verla otra vez, que la taberna reconstruida a medias necesita más manos que las tuyas de labriego, pero sobre todo necesita verte llegar cada tarde, que buena falta le hace después de todo lo pasado.

«Juntos, entonces. Pero esta vez decidido entre los dos, no por uno de los dos para proteger al otro»