El silencio de las campanas: Los Exconxuraos de Llanera CAPÍTULO XII. La represalia
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CAPÍTULO XII. La represalia

CAPÍTULO XII. La represalia

Martín tardó casi dos años en encontrar la manera de devolver, con intereses, la humillación de Villardeveyo, pero cuando la encontró, la dirigió exactamente adonde más podía doler.

Corría ya el segundo invierno del entredicho cuando empezaron a circular, primero como rumor y después como certeza, noticias de que el comendero había puesto sus ojos en la taberna de San Cucao.

No era casualidad: aquella taberna, cruce de caminos y de noticias, se había convertido con el tiempo en algo parecido a un centro no oficial de la resistencia del concejo —allí se cambiaban recados entre parroquias, allí se avisaba de los movimientos de los hombres de Martín, allí, más de una vez, se había reunido de noche algún grupo de vecinos para tratar asuntos que no convenía tratar a la vista de todos—.

Y detrás de todo ello, siempre, la misma mujer serena y calculadora que Martín no había olvidado ver, dos inviernos atrás, apretando el brazo de Pelayo en el prado de Posada antes de que este tomara la palabra.

La represalia llegó una noche de tormenta. El frío y la lluvia habían encerrado a la mayoría de los vecinos en sus casas, y las rondas del concejo, organizadas para avisar de cualquier movimiento sospechoso de los hombres del comendero, se relajaron por primera vez en semanas.

Cuatro hombres a caballo, enviados por Martín aunque él mismo no se dejó ver, llegaron a San Cucao pasada la medianoche.

Forzaron la puerta de la taberna. No pusieron las manos sobre Elvira ni sobre su madre —Martín, escarmentado, había sido explícito en esa orden—, pero destrozaron cuanto pudieron: rompieron los odres de sidra, volcaron los sacos de harina sobre el barro del suelo, astillaron el mostrador de tabla gruesa que el padre de Elvira había hecho construir con sus propias manos.

Se marcharon dejando, clavada en la puerta con un cuchillo, una nota sin firma que decía, con letra tosca, que así acababan quienes daban cobijo a rebeldes.

Elvira y su madre, despertadas por el estrépito, se habían refugiado en la despensa trasera y salieron ilesas, pero temblando, cuando los jinetes ya se habían ido.

Fue Osenda —que llevaba, desde la muerte de Tarasia, cultivando con Elvira una amistad propia, al margen de la de Pelayo, hecha de visitas y de una comprensión que solo dos mujeres que han enterrado a los suyos sin cura saben compartir— quien llegó primero a la mañana siguiente, y quien mandó recado urgente a su hermano en cuanto vio el destrozo.

Osenda, que en dos años de amistad con Elvira había aprendido a reconocer cuándo su serenidad era genuina y cuándo era, simplemente, la única defensa que le quedaba, no perdió tiempo en preguntas aquella mañana: abrazó a Elvira una sola vez, breve y fuerte, y después se puso a recoger harina del suelo con las manos desnudas, en silencio, dejando que fuera el propio trabajo, y no las palabras, el que hiciera de consuelo mientras llegaba quien de verdad podía consolarla del todo.

—No hace falta que digas nada —le dijo, al fin, cuando Elvira intentó explicarle por qué no había avisado antes a nadie del peligro que corría—.

Sé exactamente por qué callaste. Es la misma razón por la que mi hermano calló durante dos años lo mucho que te echaba de menos.

Los dos os parecéis más de lo que ninguno de los dos querría admitir.

Pelayo llegó a San Cucao antes del mediodía, habiendo recorrido a caballo, casi sin detenerse, la distancia que separaba Lugo del cruce de caminos donde tantos domingos se habían visto.

Encontró la taberna con la puerta todavía astillada, el suelo cubierto de harina y de sidra derramada, y a Elvira, en mitad de aquel desastre, recogiendo con las manos desnudas los pedazos más grandes del mostrador roto, con un silencio en el rostro que a Pelayo le dolió más que si la hubiera encontrado llorando.

—Elvira —dijo, y fue lo único que consiguió decir al principio.

Ella levantó la vista, y durante un instante ninguno de los dos supo qué hacer con la distancia que los dos años de alejamiento habían ido construyendo, ladrillo a ladrillo, entre dos personas que, pese a todo, jamás habían dejado de quererse.

—Dijeron que así acababan quienes daban cobijo a rebeldes —dijo ella, con la voz rota de un modo que Pelayo nunca le había oído—. Dos años apartándote de mí para que no te usaran contra mí, Pelayo. Dos años. Y ha dado exactamente igual.

«Dos años apartándote de mí para que no te usaran contra mí. Y ha dado exactamente igual»