CAPÍTULO XI. El segundo invierno
CAPÍTULO XI. El segundo invierno
Nadie cedió. El entredicho cumplió su primer año, y el concejo de Llanera entró en un segundo invierno que resultó, para casi todos, más duro que el primero: la novedad ya se había gastado, y lo que quedaba era la simple, larga costumbre de vivir sin lo que antes se daba por descontado.
Las bodas, sobre todo, se acumulaban sin celebrarse.
Media docena de parejas de distintas parroquias esperaban, como Pelayo y Elvira, un sacramento que nadie podía darles, y algunas, hartas de esperar, empezaron a hacer lo que Elvira había propuesto meses atrás para las oraciones dominicales: comprometerse ante el concejo reunido, sin cura, con la sola palabra empeñada delante de testigos, a falta de otra ceremonia posible.
Don Rodrigo, que oía hablar de estos compromisos laicos con un nudo de tristeza que no sabía si era por la forma o por el fondo, se preguntaba cada vez con más insistencia si Dios, en su infinita comprensión, no vería con mejores ojos la fidelidad sincera de dos personas que se prometían fuera de la Iglesia que la obediencia ciega de un obispo que las condenaba a la clandestinidad por un pleito de rentas.
Fue esa misma pregunta, rumiada durante meses, la que lo llevó a cometer, aquel segundo invierno, el primer acto de desobediencia consciente de toda su vida como sacerdote.
Sucedió con Bras de Villardeveyo y Sancha de Ables, prometidos desde antes del entredicho, cuyas familias llevaban meses presionando para que la boda se celebrara de una vez, aunque fuese fuera de las formas debidas.
Eran los dos apenas mayores de edad, y se conocían desde niños de acompañar a sus padres al mismo mercado de Posada; no había en ellos nada extraordinario salvo la simple urgencia de dos jóvenes que llevaban tres años prometidos y no querían esperar un cuarto.
Don Rodrigo, tras muchas noches sin dormir, decidió casarlos él mismo, en secreto, de noche, dentro de la iglesia cerrada de San Julián, a la luz de una sola vela, sin campana que lo anunciara, sin más testigos que Xuan Fernández y Osenda, la hermana de Pelayo, para que el acto tuviera, al menos, el peso de la memoria del concejo si algún día alguien lo ponía en duda [19] .
—Esto que hago, lo hago contra la orden expresa de mi obispo —les dijo a los novios, con la voz baja y la mano temblando sobre el breviario—.
Si el obispo llega a saberlo, mi propia alma corre el riesgo que corre la vuestra.
Pero he decidido que hay pecados de obediencia que pesan más que los pecados de desobediencia, y este es uno de ellos.
La boda se mantuvo en secreto durante meses, conocida solo por un puñado de vecinos de confianza, y cuando finalmente trascendió —como trascienden siempre estas cosas en un concejo pequeño— nadie la denunció ante Oviedo, ni siquiera los vecinos menos convencidos de la rebeldía; fue, sin que nadie lo proclamara en voz alta, el primer acuerdo tácito y unánime de todo el concejo de guardar un secreto compartido.
Sancha, meses después, le confesó a Osenda —con quien había trabado amistad precisamente por aquel secreto compartido— que la noche de la boda había tenido más miedo que alegría, no por lo que arriesgaba don Rodrigo, sino por la extrañeza de casarse sin las cosas que toda su vida había dado por seguras en una boda: sin el vestido nuevo que su madre llevaba años prometiéndole, sin el baile posterior en la plaza de Villardeveyo, sin más testigos que dos personas y una sola vela.
—Me casé de verdad, sé que me casé de verdad —le dijo a Osenda—, pero durante mucho tiempo no lo sentí como una boda de verdad, sino como un secreto que compartía con Bras, nada más.
Hasta que un día, no sé bien cuándo, dejó de importarme la falta de vestido y de baile.
Lo que teníamos era más de lo que muchos matrimonios con boda entera tienen jamás: la certeza de habernos jugado algo por estar juntos.
Bras, por su parte, no hablaba mucho del asunto, ni con Osenda ni con nadie; era hombre de pocas palabras y de trabajo constante, y guardaba su parte de aquel secreto con la misma discreción con que guardaba cualquier otra cosa importante de su vida.
Pero quienes lo conocían bien notaban, aquellos meses, un orgullo callado en su forma de mirar a Sancha en el mercado, el orgullo de un hombre que sabe que ha hecho algo arriesgado y correcto a la vez, aunque nadie más que un puñado de vecinos pueda todavía reconocérselo en voz alta.
Pelayo se enteró por Xuan, semanas después de la ceremonia, y sintió, al oírlo, una punzada de envidia que le costó reconocer incluso ante sí mismo.
—¿Y si se lo pidiéramos también a nosotros? —le preguntó a Xuan, casi sin pensarlo—. A Elvira y a mí.
Xuan lo miró con una mezcla de cariño y de advertencia que Pelayo empezaba a reconocer en los hombres mayores del concejo cuando hablaban con los más jóvenes.
—Podrías pedírselo. Pero antes tendrías que volver a hablar con ella, y por lo que sé, lleváis meses sin veros más que de lejos, en el mercado.
Era cierto. Pelayo no había vuelto a buscar a Elvira desde la tarde de la despedida bajo el roble, respetando, con un esfuerzo que le costaba cada día un poco menos de sobrellevar y cada noche un poco más de digerir, la decisión que ella había tomado por los dos.
La veía, sí, de lejos, en el mercado de Posada, sirviendo sidra en la taberna cuando algún asunto del concejo lo llevaba hasta San Cucao; cruzaban, a veces, una mirada que duraba más de lo prudente, pero ninguno de los dos daba el paso de acortar la distancia que ella misma había impuesto.
Fue el propio invierno, con su dureza, quien terminaría por acortarla, aunque de la manera más dolorosa que ninguno de los dos hubiera podido imaginar.
«He decidido que hay pecados de obediencia que pesan más que los pecados de desobediencia»